Actualizado: 21/10/2014 1:48:40
COLUMNAS(VIEJO)
Gaby Vargas
GENIO Y FIGURA UNA SÚPERMUJER
Conocer a Karla Wheelock, la alpinista mexicana, a través de sus libros es sentir un gran orgullo como mujer y como compatriota; es agradecer que mientras la negrura de las noticias nos inunda, una mujer nos da aliento y esperanza al abrirnos a la capacidad de conquista y engrandecimiento que tiene el ser humano cuando se lo propone.Decía Nietzsche que "un hombre es aquel que se arriesga a pruebas diferentes, mas un superhombre es aquel que se pone esas pruebas a sí mismo, se impone obstáculos y trata de salvarlos". Y agrega: "No hay obstáculo mayor que imponerse sobrevivir a uno mismo; soy el primer obstáculo con el que me encuentro todos los días". Cuando hemos comprobado esto que describe Nietzsche, podemos apreciar que Karla, oriunda de Saltillo, Coahuila, merece ser llamada supermujer.Al leer sobre sus experiencias en el libro Las siete cumbres, algo dentro de nosotros resuena. Quizá es atisbar en el alma la posibilidad de también realizar grandes sueños; es saber que con la pasión y la voluntad suficientes podemos hacer frente a nuestro peor enemigo, que es la seductora resistencia que nos hace quedarnos en la comodidad y el conformismo.Decía Walt Whitman que el reto que la tierra nos grita es: "A ver, si tan grande eres, conquístame". ¿Cuántos podríamos responder a ese reto de alguna manera? Creo que Karla puede hacerlo incluso con soberbia.Las preguntas que nos asaltan a quienes hemos seguido su trayectoria son: ¿qué la mueve a imponerse a sí misma esas duras pruebas? ¿Qué es esa fuerza que la lleva a alejarse por un tiempo de las comodidades, de su país, de sus seres queridos, con el riesgo de quizá no regresar?Si partimos de la afirmación de Albert Camus: "Vale la pena vivir por aquello que vale la pena morir y vale la pena morir por aquello que vale la pena vivir", encontramos que seguramente lo que mueve a Karla es algo muy grande.Como lectora que desde el papel y la tinta la acompaña al Everest, al Aconcagua, al Monte McKinley, el Ebrus, el Kilimanjaro, al Vison y el Carstenz, me atrevo a intuir que al caminar en el filo de la vida, todo se siente, se respira, se palpa y se saborea al máximo. Adivino que el ser humano necesita sentir que puede morir para que la vida adquiera sentido. Y tal vez desde ese asomo al abismo podemos apreciarla y valorarla como lo que es: un inmenso regalo que a veces, por transitar dormidos, damos por un hecho o pasamos por alto.Asimismo, asumo que transitar el borde del precipicio es apasionante. Sólo los superhombres y las supermujeres logran las grandes hazañas, porque se entregan con pasión a su pasión, crean historia, imponen nuevas realidades, abren puertas, inauguran ideas y marcan la diferencia. Pasión es la palabra cuya raíz viene del griego pathos, y que da origen también a la palabra patología, que significa dolor. Es decir que nadie se apasiona por algo, si ese algo no le duele. Y si bien el ego puede ser un gran motor para iniciar la aventura, es el 'ser interior' de donde surge la pasión y el que en realidad manda.La adrenalina de dar pasos y sentir que la vida pende de ellos tiene que implicar ser, existir, en el presente absoluto; entrar en el 'no tiempo' para sentir la eternidad y la unión con 'el todo'. Es contemplar y sentir la presencia de Dios que Karla menciona de manera constante, y que en el fondo mueve a los alpinistas a buscar obsesivamente una y otra cumbre.

Gracias Karla, por invitarnos a escalar contigo y enseñarnos de manera vivencial lo que es tener actitud.