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La niña que se rió de la muerte de Fidel Castro

Una mujer narra como se topaba con Fidel en sus pesadillas de infancia

El Nuevo Herald, uno de los principales periódicos en español de la Florida, anunció la muerte de Fidel Castro en su primera página.

Miami.- No conocí a Fidel Castro en un libro de historia como la mayoría de los niños en Estados Unidos. Lo conocí en mi casa, rodeado de muebles “recién exiliados”, un término que prefería mi madre. Me lo encontraba en la mesa durante la comida o en la sala mientras los mayores bebían copas de whiskey, o en la playa cuando mi madre lo maldecía, con los pies enterrados en la arena, mientras recordaba las idílicas playas de Cuba. Peor aún, me topaba con Castro en mis pesadillas de infancia.

Era imposible escapar, incluso a 500 kilómetros de distancia.

Nací tres años después de que mis padres, mi hermana y mi hermano se vieran obligados a salir de La Habana en 1961. Yo, como tantos otros de mi generación, fui una niña forjada por la pérdida y la furia, pero criada en la perseverancia y la indomabilidad. Fuimos tan cubanos como nos lo permitieron las nostálgicas historias y tradiciones que nos enseñaron nuestros padres. Añoramos el imaginario, los parientes que nunca conocimos, las casas que nunca habitamos, los mangos que nunca probamos, el agua de mar en la que nunca nadamos y la idea de lo que debería haber sido.

Sin embargo, hubo un vínculo que Fidel Castro creó sin quererlo entre los exiliados, que yo nunca pude compartir, uno basado en la herida y la supervivencia. Ni una sola de las memorables historias que contaba mi familia me incluía a mí o al mundo en el que yo vivía. Con frecuencia me sentía como si pudiera salir de la habitación sin que nadie lo notara. En comparación con aquellas historias, mi vida parecía muy aburrida. Mí libertad no había sido ganada con ningún esfuerzo. 

La Cuba que yo conocía era Little Havana, justo aquí, en Miami

Incluso algo tan simple como una fotografía vieja y borrosa de Cuba, mis padres tenían solo algunas, traía una larga película de aventuras. La mayoría de los cubanos dejaron la isla con un poco de ropa, sus zapatos y, si tenían suerte, algo de dinero. Los recuerdos se quedaron en el pasado. En consecuencia, las cosas más simples inspiraban asombro.

Una vez, en su casa al sur de Miami, mi hermano —entonces ya adulto— recuperó una caja de cartón desgastada, más pequeña que una caja de zapatos. La Cruz Roja había entregado estas cajas a los refugiados cubanos cuando llegaron al aeropuerto en 1961. Contenían un cepillo de dientes, pasta de dientes, jabón y curitas. Mi madre y mi hermana hacía mucho que las habían olvidado. Para ellas, era un vestigio de una civilización perdida.

Cuando me enteré de que Castro había muerto, sonreí, después celebré sola en una habitación y me puse a trabajar en la cobertura de la reacción en Miami. Ya que su hermano Raúl Castro ha mantenido el control durante una década, la muerte de Castro traerá pocos cambios a Cuba, al menos a corto plazo.

Esta es una de las razones por las que las celebraciones en Miami duraron apenas más de un día y no colapsaron la ciudad.

Fidel se ha convertido en un símbolo, un vestigio de otro tipo, de un sistema fallido, nada más. Sin embargo, en medio de toda la catarsis reprimida que la muerte de Castro desató aquí, hubo, en la mayoría de nosotros, una súbita sensación de lamento: nuestros padres no vivieron lo suficiente para oír la noticia.

Así que, tal como mi hermano hizo el domingo por la noche rodeado de sus seres queridos, levantemos una copa en honor a aquellos que escaparon de un tirano que al fin se ha ido.

Con información de The New York Times en Español 

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