El horror de cada día

En Chilapa corre la sangre y nadie puede detenerla 

En avenida Insurgentes, a un costado de la Catedral y a unos cuantos pasos del hotel en el que se hospedan varios elementos de la Policía Federal, un ciudadano descubre una hielera que contiene un six de Modelo heladas.

A un lado de las cervezas descansa la cabeza de una persona. En la tapa de la hielera está escrito un mensaje. Son las siete de la mañana del 1 de agosto de 2016.

Personal de diversas corporaciones se traslada al lugar. El mensaje afirma.

“esto les va a pasar a todos los que anden apoyando al sarco (sic) ja jajayyyy”. Se calcula que la víctima tendría al morir entre 25 y 30 años de edad.

Un funcionario asegura que la cabeza podría pertenecer a un cuerpo que la policía encontró desmembrado el día anterior en Los Ciruelos, sobre la carretera Chilapa-Acazacatla. También al lado de esos restos, diseminados a lo largo de varios metros, apareció un mensaje: “Esto le va a pasar a todos los que anden apoyando a la federal”.

Ambos mensajes habían sido firmados por “Los Jefes”.

A pesar de que a principios del año pasado 3 mil 500 miembros de las Fuerzas Armadas y 200 policías federales, estatales y ministeriales fueron desplegados en el municipio de Chilapa, prácticamente dos veces a la semana los habitantes de aquella zona peleada por Los Rojos y Los Ardillos despiertan con noticias de este tipo.

O se van a la cama con ellas. Como la noche del 25 de febrero de ese año, en el que se localizó el cadáver de una estudiante de 22 años, degollada, desmembrada y semienterrada.

En Chilapa, el año 2016 arrancó con el hallazgo de una fosa clandestina —el 4 de enero—, al norte de la cabecera municipal, en la que el cadáver de un hombre estaba siendo devorado por animales carroñeros.

Tres días más tarde varios sujetos armados irrumpieron en una comunidad y dispararon contra sus habitantes. La Secretaría de Seguridad Pública informó que al acudir al lugar, policías estatales y ministeriales, así como soldados del Ejército, “encontraron en el recorrido seis muertos y tres heridos”.

El amanecer del 9 de enero, en las proximidades del panteón de Chilapa, una llamada anónima reportó el incendio de un Volkswagen Derby. Adentró se encontró el cuerpo calcinado de un policía estatal al que habían levantado a las puertas de una pozolería.

Para marzo se habían cometido alrededor de 30 homicidios en la zona centro de Guerrero. El 8 de marzo otro hombre decapitado y semienterrado apareció en la carretera Agua Zarca-Ajacayan. Lo habían amarrado de pies y manos. A mediados de abril encontraron a un hombre calcinado en El Nanchal. El cuerpo no pudo ser identificado.

En mayo, el colectivo Siempre Vivos y los buscadores del comité Los Otros Desaparecidos encontraron en Tepehuixco una fosa clandestina de la que se desenterraron los restos de dos personas: una playera, una pelvis y el fragmento de una mandíbula, así como un cráneo envuelto en una cobija amarilla.

En julio de 2016 se cumplieron seis meses del arranque del “Operativo Chilapa”. El 30 de ese mes, policías federales y presuntos sicarios se enfrentaron a dos cuadras del Zócalo, alrededor de las ocho de la noche.

Los federales, según la Secretaría de Seguridad Pública, detectaron un auto en el que se desplazaban cinco sospechosos. Cuando les marcaron el alto, los hombres intentaron huir. El Tsuru en el que escapaban se detuvo en la avenida José María Andraca, los sospechosos descendieron. Hubo un tiroteo que duró 20 minutos. Los cinco hombres murieron.

Según periódico “El Sur”, la balacera se registró a dos calles del domicilio del alcadel, Jesús Parra García, “quien apenas el martes declaró que los medios y las redes sociales inventan hechos de violencia que afectan la imagen del municipio”.

A mediados de septiembre, un grupo de hombres armados entró al mercado de la cabecera municipal y le disparó a quemarropa a un comerciante. Eran las 12 del día. No hubo detenidos.

En noviembre aparecieron en Chilapa once cuerpos calcinados. En solo una semana de enero de este año, se cometieron once asesinatos más.

La sangre corre en las calles y en los parajes, y ni el Ejército, ni la Marina, ni la Policía Federal, no se diga los agentes estatales o municipales, nadie parece capaz de terminar con la impunidad con que actúan los grupos criminales, con el horror de cada día.

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