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En memoria de David Ojeda

Aunque jamás consiguió convertirse en vampiro, a David Ojeda le gustaba la noche. Tras su ventana, su ciudad cambiaba de nombre buscando sorprenderlo, pero él volaba en su temperamento de Dios y regalaba sombra y luz a los menesterosos del olvido. Aquí me siento a contar con cariño verdadero. Una ciudad, San Luis Potosí, por ejemplo, debe parte de su esplendor a sus artistas, a sus escritores que no le quitan la paella de la boca y le dejan botellas de mezcal para que disfrute la carne seca. Los mismos que elogian las faldas floreadas de las mujeres que guardan intrincados secretos y cocinan sonrisas. Tal es el origen de las enchiladas potosinas. David padecía un sueño sin nombre donde había mineros, autos desvencijados y un templo oscuro donde el mal y el bien bebían y hacían apuestas sobre asuntos que no querrán saber. Se divertían tanto que nunca repararon en ese joven moreno que taladraba las paredes con miradas de fuego, intentando entender sus voces sediciosas. Se instalaba en la Rotonda de los hombres cultos durante horas, hasta que se dejaba querer por las palabras que flotaban sobre su cabeza y que lo atravesaban como si fueran átomos divinos. Buen rollo ese David, dicen los de Juárez, y lo expresan con ese amor tan raro que dura siete vidas. Los de Zacatecas están de acuerdo y brindan desde sus caballos rosados. Los chilangos buscan sus sombreros para quitárselos. Los de Puebla tañen grandes campanas y leen a Hemingway. Los de Sinaloa hablan más de él que de Bob Dylan y los regios no saben qué callar y afinan acordeones. Ese día compramos una Harley y lo fuimos a buscar. Vivía en un pastel de tres leches. Había ganado el premio Casa de las Américas de cuento, con un libro lleno de voces nuevas, palabras revolventes y espacios inéditos; y ahí vamos el Barriga y yo. Angélica María estaba sola y entró a la primer función. Autopista a Querétaro. Pasamos por el punto donde atraparon a dos líderes del 68 que pretendían huir, estuvimos en el minuto exacto en que los Atlantes dan los buenos días, nos detuvimos en el cerro donde fusilaron a Maximiliano y aminoramos la velocidad en la curva, donde el campeón Salvador Sánchez se nos adelantó; a buena hora llegamos al comedero donde Jorge Satorre dibujó a una mesera de bucles nosferatu de la que todos los traileros se enamoraban. Sí, era una fonda chiquita que parecía restaurante. Carlos Barriga compró pilas para su grabadora y tocamos la puerta. La Harley Davidson FXS, 1978, era del mismo año en que David nos enseñó a escribir cuentos. Una chulada de moto y un misterio la estética del potosino que usaba barba negra. Nos contó de su libro premiado, Las condiciones de la guerra, y nos recomendó un restaurante en el centro donde atendía la misma mesera. Jorge Humberto Chávez tiene un celular con el que llama a sus amigos. “Oye, David se fue, pero dejó instrucciones a Laura para que hiciéramos una fiesta”. “Órale, yo hago el zarandeado”. “Ya vas, Miguel va a poner 500 quesadillas de huitlacoche y Joaquín el agua de las verdes matas, Rosi asará carne al mezquite y costillas y yo llevaré lo que haga falta”. Sí, David enseñó a una región a tener conciencia estética, a recuperarse a sí mismos, a compartir la noche y sus demonios. Los enseñó a ser escritores, no pedazos. Hay suficientes libros que lo constatan. Ser amigo es un arte y David tenía palabras y silencios para querer a todo el que lo mereciera. Era más cabrón que bonito y era un gusto auténtico encontrarlo silencioso o conversando. Carlos Barriga ha llamado de Bogotá para decir que no podrá llegar a la fiesta, pero que enviará su sombrero y, como él, otros mandarán sus zapatos, sus chamarras de cuero y sus peines de carey. Es una fiesta donde descaradamente reinventamos sus cuentos y anécdotas, bailamos de rodillas y disfrutamos a lo grande. Miguel Alonso y Ana trajeron sus tortugas, Emil y Lety cabalgaron su búho hasta el café Miró y Leonor regaló galletas de granos con aromas huastecos. Toda la noche estuvimos olvidando canciones, poemas y carreteras de 15 carriles. Al amanecer salió el Sol y era cuadrado, ¿lo vieron? No digan que no. 

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