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Un reportero en La Habana

Sabía que cubrir los funerales en Cuba iba a requerir paciencia. Un país famoso por su burocracia y cerrado a los periodistas extranjeros seguramente demoraría horas en trámites, credenciales, autorizaciones, permisos.
 Lo que no esperé fue verme obligado a demostrar a cuatro agentes de Migración que yo no era cubano.
 Con esa me recibió el régimen: dos horas de espera antes de poder acercarse a uno de los enfilados escritorios de Migración —como todos los reporteros foráneos— y una hora extra para tres interrogatorios, porque según sus computadoras Carlos Loret de Mola había nacido en La Habana.
 La carga de la prueba recayó en mí: yo tenía que demostrar que no era cubano. Hablé con pasión de mi Mérida, de mis padres y abuelos, de la trova. Los agentes parecían saberlo todo, incluso de mi bisabuelo ferrocarrilero, pero no se movían de la suya: “usted nació en Cuba”. No como pregunta. Como acusación.
 Les conté el día, la hora exacta en que vi la luz en la Clínica Mérida, el nombre del socorrido ginecólogo yucateco de mi madre, recorrí la gastronomía yucateca desde la sopa de lima hasta el mucbilpollo, desesperado les invité a que googlearan mi nombre.
 Iban y volvían. Primero uno. Luego dos. Luego los dos hombres y una mujer. Con identificaciones pero vestidos de fachas. Se sumó un tercero. Primero en la sala de espera de Migración, luego en “el cuartito”. Pensé que tenía la batalla perdida, que me deportarían, pero se convencieron.
 Mis colegas mal pensados dicen que fue la “calentadita” de bienvenida del régimen. Soy naive, así que deduzco que fue burocracia pura y dura, sobre todo por lo que vino después:
 Los reporteros fuimos advertidos de que, si bien nos dejarían entrar al país con una visa de turista, nos prohibían hacer cualquier tipo de trabajo informativo hasta no cambiar nuestro estatus migratorio: de turista a periodista. Para ello, debíamos hacer fila al día siguiente para obtener una credencial con la que no te dejan entrar a muchos lados, pero que sin ella no entras a ninguno.
 Fueron horas de espera y eso que a mí me fue muy bien. Para algunos fueron dos días. No sé cuánto por cerrazón o cuánto por lo rebasados que estaban ante el montón de periodistas que llegamos de golpe.
 Lo cierto es que en cualquier otro momento de la historia, entrar a Cuba sin visa de periodista para una cobertura era algo absolutamente impensable. En cualquier otro momento de la historia, si conseguíamos la mentada visa tras ceder a todos los requisitos castrofílicos, nos hubieran incrustado un “oreja” para “guiarnos” en nuestro trabajo. No sucedió esta vez.
 Fui a la casa de uno de los tres coordinadores generales del frente anticastrista más relevante, lo entrevisté y transmití, desde la Plaza de la Revolución con el memorial a Fidel de fondo, sus firmes críticas al régimen. Entrevisté en vivo desde La Habana a Juanita Castro, hermana del Comandante que se volvió su opositora, enlazada ella desde Miami. Me advirtieron algunos amigos que si me acercaba a los opositores seguro me negarían las entrevistas con los altos funcionarios del gobierno. No aceptaron nuestra solicitud, pero tampoco vi que hubieran concedido ninguna a ningún otro medio en los días que estuve ahí. Eso sí. También entrevisté al ex presidente uruguayo Pepe Mujica, entrañable de Fidel, a ex combatientes que lo idolatran y hasta al mexicano que le financió armas y barco para emprender la Revolución.
 Pude moverme con libertad y trabajar con fuentes de un lado y del otro. Sé que mis colegas en medios de Cuba no gozan de este privilegio. Así que sólo dejo registro de cómo fue mi experiencia.
 Termino esta columna a bordo del avión que me regresará a México. Y sí, adivinaron, a la salida los de Migración volvieron a detenerme en el cuartito porque para ellos soy “el periodista que no sabíamos si era cubano”.

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