Opinión

De Rusia sin amor

Por: Jorge Fernández Menéndez

Ayer la Agencia Nacional de Seguridad de los Estados Unidos confirmó que hubo hackeo ruso de los sistemas electorales de ese país. Atacaron las redes electorales en 21 estados de la Unión Americana e incluso ingresaron en las listas de votantes. Es un agregado más a la información que ya habían dado las 17 instituciones de seguridad e inteligencia americanas (algo inédito que todas coincidan en un diagnóstico) sobre la ilegal intervención rusa en los comicios estadounidenses del 2016. Hubo hackeo, pero también utilización de redes establecidas, como Facebook y Twitter para, desde servidores y cuentas establecidas la mayoría de ellas en Europa del Este y Asia, bombardear a los usuarios con noticias falsas, las famosas fake news, en detrimento de Hillary Clinton y el gobierno de Barack Obama.

No es una versión, es un hecho confirmado por todas las agencias de seguridad de Estados Unidos. La comisión investigadora que encabezada Robert Müller, el exdirector del FBI, lo que quiere establecer no es si hubo intervención rusa en las elecciones, porque eso ya está comprobado, lo que quiere saber es si la campaña de Trump, sus funcionarios y él mismo, se coludieron o no con los rusos.

Esquemas similares al ocurrido en Estados Unidos se dieron en Holanda (donde el hackeo a los sistemas obligó al recuento voto por voto, manual, de los comicios); en el referéndum catalán; en las elecciones francesas apoyando a Marianne Le Pen; notoriamente en el Brexit; y fueron más o menos  graves en la medida en que las agencias de seguridad locales pudieron por lo menos identificarlos. ¿Qué buscan esas intervenciones? Romper los esquemas de globalización. En todos los casos en que se ha presentado fue para favorecer a quienes están en contra de la globalización: los anticomunitarios en Gran Bretaña, los separatistas catalanes, el Frente Nacional en Francia, las corrientes de ultraderecha en Holanda y evidentemente Donald Trump en Estados Unidos. 

¿Por qué podrían estar interesados en intervenir en México? Porque somos el principal socio comercial de Estados Unidos; somos parte del principal acuerdo comercial global, el del TLC (en su momento de mayor debilidad institucional), y porque tenemos tres mil kilómetros de frontera con el país más poderoso del mundo y millones de compatriotas viviendo dentro de ese país. La tentación de influir en nuestro proceso electoral debe ser muy grande y además se puede realizar con costos políticos y económicos bajísimos (según las agencias estadounidenses el mecanismo de intervención en sus propias elecciones no debe haber sobrepasado el millón de dólares). 

Andrés Manuel López Obrador ha tomado a chunga el tema, esperando en las costas veracruzanas el submarino que le traiga el oro de Moscú. No entiende que tendría que ser el principal interesado en que se investigara y se impidiera ese tipo de intervención, que lo tendría de principal beneficiario pero que lo convertiría también en el principal sospechoso: en este caso sí se debe mirar en el espejo de Trump, y comprobar cómo la trama rusa perseguirá, si es que no termina en un impechment, a toda su administración. 

Imaginemos por otra parte, que haya un hackeo en los sistemas electorales en la propia jornada electoral. Que se caiga el sistema. No es la primera vez que en comicios federales o locales se intenta interferir en los sistemas, pero siempre esas amenazas, provenientes de intentos locales, han sido bloqueadas. ¿Qué pasaría si un intento mayor, realizado desde distintos puntos del orbe, lo logra? No sólo para que gane un candidato determinado, sino también para desestabilizar la frontera sur de la Unión Americana. ¿Cuál fue la estrategia que según Vladimir Putin estableció Estados Unidos para debilitar a Rusia (y de ahí su odio a Hillary)? Desestabilizar y crear rupturas en las ex repúblicas soviéticas, desde Ucrania hasta Kazajistan. ¿Cuál sería la medida de reciprocidad que podría tomar Rusia? Hacer lo mismo en la frontera sur de Estados Unidos y en otras naciones de la región, en su “patio trasero”.

Hemos vuelto la mirada tan hacia adentro que nos hemos olvidado del peso que nuestro país tiene en el concierto internacional, del espacio geopolítico en el que vivimos, de la influencia que tenemos en la economía global, del tipo de relación que, con o sin Trump, tenemos con Estados Unidos, pero tampoco estamos viendo lo que está sucediendo en el mundo y las repercusiones sobre nuestra realidad. Nuestros políticos y partidos se han vuelto en la mayoría de los casos provincianos, hablen o no inglés. Por eso hay candidatos que pueden no tomarse en serio este tipo de amenazas o la ven como una repetición de las historias del oro de Moscú de la época de la guerra fría, quizás porque sus visiones de la realidad se quedaron en esa época, sin comprender que, paradójicamente, hay muchos intereses que preferirían que el mundo regresara a ella, lejos de una globalización que no les interesa ni conviene.

Por cierto, también hay otra intervención, de diferente tipo, que podemos tener en el proceso electoral, la de Estados Unidos, pero esa es otra historia. Ya la contaremos.

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