Opinión

El 11-S y la colaboración estratégica con EU

Por: Jorge Fernández Menéndez

El 11 de septiembre del 2001 el mundo cambió. Cambiaron nuestras vidas y nuestra perspectiva de futuro. El siglo XXI no se presentaba ya como una era de prosperidad y paz, sino como la antesala de una guerra entre civilizaciones y religiones. Dice Javal Noah Harari, el autor de Sapiens, que “nos hallamos en el umbral tanto del cielo como del infierno, moviéndonos nerviosamente entre el portal de uno y la antesala del otro. La historia todavía no ha decidido dónde terminaremos, y una serie de coincidencias todavía nos pueden enviar en cualquiera de las dos direcciones”. Y eso es lo que ocurrió con el 11S.

En ese cambio global, en ese tránsito entre el cielo y el infierno, la seguridad, la individual pero sobre todo la global, es la que ha sufrido mayores cambios. Hoy casi nadie recuerda un mundo con fronteras mucho más abiertas, sin el temor a atentados callejeros de todo tipo, sin controles exagerados en aeropuertos y eventos masivos, incluyendo la intercepción de miles de millones de comunicaciones que han vulnerdo, hasta dejarla irreconocible, la privacidad.

Pero la seguridad global, entre naciones, es la que ha sufrido cambios más radicales. Hoy, en medio de la desconfianza implícita, sería imposible controlar las amenazas del terrorismo internacional (y del crimen organizado en todas sus facetas) sin una colaboración muy estrecha. En nuestro caso, desde el 11-S la relación con Estados Unidos también cambió. Más allá de las vicisitudes políticas (desde el 11-S México ha tenido tres presidentes y está a punto de asumir un cuarto, mientras que Estados Unidos ha tenido desde entonces tres mandatarios, en todos los casos provenientes de antípodas políticas) si hay algo que no se ha modificado es la comunicación estratégica en términos de seguridad.

México ha establecido con la Unión Americana una red de comunicaciones en términos de seguridad realmente sofisticada y eficiente que ha permitido, incluso en medio de las batallas del narcotráfico y el tráfico de armas, que en estos 17 años no se haya presentado un solo atentado en la Unión Americana con origen en nuestro país. Y aunque no se han hecho en casi ningún caso del conocimiento público, son innumerables las operaciones que se han relizado para abortar cualquier intento o frenar el tránsito de sospechosos de terrorismo. Esa es una historia de la relación bilateral que la mayoría de los mexicanos o estadounidenses no conocen y que está en el corazón de la misma, más allá de que la Casa Blanca tenga como inquilino a Barack Obama o a Donald Trump.

Esa relación tiene muchos canales, pero sobre todo se maneja desde el ámbito militar, tanto de la Defensa como de la Marina, con una intensa participación de numerosas instituciones, financieras, migratorias, de comunicaciones. La relación bilateral en estos sentidos es tan estrecha y tan intensa que es precisamente lo que haría casi imposible una ruptura comercial o política como la que propone en ocasiones un personaje como Donald Trump. No hay márgenes para rupturas. Por supuesto que ha habido y hay ocasiones en que las dos naciones se han alejado o acercado en estos años, pero nunca se ha puesto en peligro esa comunicación. 

Inmediatamente después de los atentados del 11-S México tuvo una actitud dual, fruto de diferencias internas, durante algunas horas y días que provocó malestar en la administración Bush y que incluso llevó a la Casa Blanca a alejarse, por lo menos en el discurso, del gobierno de Fox. Con el paso del tiempo y la intensa participación mexicana en los nuevos esquemas de seguridad global que impuso Estados Unidos a la comunidad de naciones, esa relación fue reparándose y durante el gobierno de Felipe Calderón fue, probablemente, más intensa y con mayores canales bilaterales que nunca. Cuando comenzó la admnistración Peña, varios de esos canales se cerraron porque se decidió concentrar la comunicación en pocas manos. No fue una decisión del todo acertada, pero la relación estratégica se mantuvo y como ya había sucedido durante la admnistriación Fox, volvió a consolidarse, aunque la llegada de Trump al poder haya alterado muchas, demasiadas, cosas.

En realidad si hay algo que en Estados Unidos funciona como esa suerte de administración paralela de la que tanto se habla para evitar que los arrebatos e inconsistencias de Trump afecten demasiado las relaciones estratégicas, es precisamente en estos ámbitos. Y algo similar ocurre en México. Por eso es tan importante las decisiones que tomará la futura admnistración López Obrador en términos de seguridad, incluyendo los nombramientos de las áreas operativas del gobierno federal además de en la Defensa y la Marina. Ninguna de esas áreas admite rupturas o fallas en la continuidad. De alguna forma eso ocurrió al inicio de esta admnistración con el desmantelamiento de Plataforma México y de otras instancias, y se pagaron costos altos, en la relación bilateral e incluso en la seguridad interna del país.

Mantener afianzados y firmes esos lazos y esa comunicación es importante en términos globales, bilaterales e internos. Es uno de nuestros principales desafíos estratégicos.

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