Opinión

Entre porros, narcos y anarcos

Por: Jorge Fernández Menéndez

Ayer la Universidad Nacional fue paralizada como protesta por los hechos de violencia que se vivieron el lunes pasado, cuando un grupo de presuntos porros atacó a estudiantes que se manifestaban en la explanada de rectoría.

Por supuesto que el ataque, donde hubo cuatro jóvenes heridos, dos de ellos apuñalados, es a todas luces condenable. Todo nació en el CCH Azcapotzalco y provocó la renuncia de la directora del plantel ante distintas protestas de un grupo de estudiantes, los mismos que se manifestaban el lunes, cuando fueron agredidos. En realidad, lo sucedido parece mucho más una provocación para generar una movilización estudiantil que un conflicto real. Mucho menos se entiende que en la movilización de ayer algunos terminaran pidiendo la renuncia del rector o demandando “soluciones de fondo, no comunicados de prensa”, cuando acababa de ser denunciada por la propia rectoría la presencia de los porros y decretada su expulsión de la UNAM. Las autoridades capitalinas están investigando judicialmente el caso, con la dificultad, agregada por algunos de los grupos de manifestantes de ayer, de que rechazan cualquier tipo de presencia de la autoridad en CU. Así investigar es, por lo menos, difícil.

La Universidad Nacional es un minicosmos de la sociedad mexicana. Por supuesto que hay porros y grupos de ultraderecha que están insertos en la UNAM, que hacen uso de la violencia y de la intimidación, como hay grupos de anarcos que, como ayer, son proclives a generar todo tipo de provocaciones, bloquear calles, o como ya han hecho, quemar autobuses o agredir, igual que los porros, a maestros u otros estudiantes. Son los que tienen tomado, por ejemplo, desde 1999, el auditorio Justo Sierra, convertido en un centro de otra rentable actividad en el campus de CU, dada la virtual extraterritorialidad que allí se vive: el narcomenudeo.

La venta de drogas en la Universidad Nacional es una realidad y un negocio próspero que se protegiendo en la autonomía universitaria (nada tiene que ver la autonomía con ello, pero ese es otro tema) para impedir que sea combatido por las autoridades federales o de la ciudad, aunque se debe reconocer que la rectoría, con sus fuerzas limitadas, ha hecho un esfuerzo por controlar ese fenómeno. Los narcomenudistas, como los porros o los anarcos, también provocan, debilitan a la autoridad universitaria, amedrentan y violentan a estudiantes, maestros y trabajadores.

Detrás de lo que está sucediendo en la UNAM está la provocación y el intento, desde grupos antagónicos y con objetivos diferentes, de desestabilizar la máxima casa de estudios y agitar la movilización estudiantil de cara al aniversario del 2 de octubre. Este tipo de provocaciones se han sucedido antes de cada proceso electoral durante años. La diferencia fue que, ahora, la campaña electoral transcurrió sin incidentes, pero las provocaciones se dan ante el cambio de gobierno.

No hay nada nuevo. No estamos aprendiendo de nuestra propia historia. En marzo del 2006 escribíamos aquí que “en 1987, antes de las elecciones del año siguiente, en una Ciudad de México aún conmocionada por los terremotos del 85, en medio de una fuerte crisis económica, con la sucesión presidencial enfrente y con la creación del Frente Democrático Nacional encabezado por Cuauhtémoc Cárdenas como antecedente, se creó el CEU para oponerse a las reformas que proponía el entonces rector Jorge Carpizo a la UNAM... El movimiento estudiantil marcó el proceso electoral y sin él no se podría explicar ni la exitosa campaña de Cárdenas ni el flujo de cuadros que el mismo generó para el naciente PRD en los años posteriores” (de allí provienen, por cierto y entre muchos otros, Claudia Sheimbaum y Martí Batres).

“La historia se repitió, aunque fuera en forma caricaturesca, en el 99 con la huelga en la UNAM impulsada por el CGH, una fracción minoritaria de estudiantes que paralizó la universidad durante casi un año, también en el contexto del próximo proceso electoral, para oponerse, una vez más, a las reformas que impulsaba el entonces rector Francisco Barnés, similares, en la forma y el fondo, a las que en su momento había impulsado Carpizo. Los dos movimientos tuvieron éxito en un plano: impidieron cualquier reforma universitaria de fondo y terminaron truncando las gestiones de Carpizo y sobre todo la de Barnés. Pero hubo una diferencia importante, aunque ambos partían de la reivindicación de demandas en la letra “justas” como era la educación gratuita: en los hechos el movimiento del CEU tuvo popularidad y era un movimiento auténtico. Su repetición en el 99 por el muy ultra CGH no le proporcionó popularidad ni a su causa ni a sus dirigentes y terminó afectando la campaña de Cárdenas en el 2000 y paradójicamente fortaleciendo la de Fox”.

Hoy no queda claro en realidad lo que piden y reclaman ni los porros ni los anarcos, tampoco algunos de los grupos estudiantiles reales. Ni remotamente favorece a López Obrador. Y queda la hipótesis planteada ayer por el próximo secretario de seguridad, Alfonso Durazo, de que el impulso a la desestabilización provenga de los grupos de narcomenudistas, combatidos, en lo posible, por el rector Enrique Graue.

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