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A siete años de la tragedia, las heridas no cierran

CULIACÁN

Culiacán, Sinaloa.- El recuerdo permanece a 'flor de piel', como si hubiera sido ayer.

En la comunidad de Yabavito, en Navolato, aún no cierra la herida que cambió la vida de la familia Ochoa Moreno y en especial, la de don Claudio Ochoa, quien perdió a toda su familia cuando, en un día normal llevaba a uno de hijos, César Alberto, a su graduación de fin de cursos.

Eran las 09:38 de la mañana del 5 de julio de 2007, cuando de pronto todo cambió. El avión Jet Sabreliner 1, matrícula XA-TFL, al cual se le reventó un neumático en el momento del despegue terminó abandonando la pista del Aeropuerto de Culiacán, y con la vida de nueve inocentes.

A siete años de la tragedia, en esta pequeña comunidad, quienes conocieron a la familia, aún recuerdan lúcidamente aquella fatídica mañana.

Triste recuerdos. Mientras don Alejandro Quiñones Beltrán, trabaja en aquel torno, donde se encontraba también aquel día, recuerda perfectamente cuando vio la aeronave Jet Sabreliner, cruzando la carretera Culiacán-Navolato y detrás de él una estela de fuego.

Asegura, que el choque del avión propiedad de la paquetería Jett Paq SA de CV, tuvo una primera colisión con el camión tipo Hummer que aguardaba la llegada del entonces presidente Felipe Calderón Hinojosa a Culiacán, quien encabezaría una gira por la Isla de Oraba.

Es este choque con el camión militar se desprendió una de las alas del jet, lo que al mismo tiempo, en su trayecto, la aeronave empezó arrojar cientos de litros de combustible, sobre el asfalto y aquel vehículo Cutllass, modelo 1996 que transitaba, y donde viajaban Juana Moreno Aguirre y sus hijos Claudio, Carlos Armando, y César Alberto Ochoa Moreno.

Alejandro, a quien le tocó ver cada instante del accidente, narra a esta reportero el infierno, en que se convirtió en segundos la zona.

La impresión fue indescriptible. Dice que en ese momento, era casi imposible, frente al intenso fuego y el banco intenso de humo que invadía toda la zona.

"Nosotros no pudimos hacer nada, porque cuando vimos, era el bolón de lumbre", revela.

"Cuando bañó todo el combustible, y una chispa, fue cuando todo se prendió todo", continúa.

Mientras los segundos transcurrían, el comerciante recuerda haber visto cómo algunas víctimas corrían cuando se quemaban.

Las llamas no cesaban, hasta que vio a un ciudadano que llegó con un extinguidor intentando ayudar.

A los minutos, un camión del aeropuerto apagaba las llamaradas y después se llenó de policías y de bomberos.

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Huellas que no se borran. A siete años de distancia, en las pláticas del pueblo sigue el tema. Los pobladores de Yabavito charlan sobre los trágico del accidente.

Don Márgaro López Soto, quien vio crecer a Claudio, mientras departe algunas cervezas, dice que platica del tema con amigos.

Ese día, recuerda, estaba descansando bajo el limón del patio de casa, cuando supo de la trágica noticia. "Nos vinieron a avisarnos que le había caído un avión. Estábamos sentados en la mata de limón", narra el señor de 67 años de edad.

"Son cosas que uno no puede creer, que de un momento a otro desaparece una familia", lamenta.

La señora María de Jesús Ruelas Berrelleza, que hoy vive a espaldas de aquella casa verde, donde departieron la vida la familia Ochoa, recuerda con lágrimas a los niños como muy bien portados.

Recuerda el momento en que le llegó la noticia, fue un shock. "Nos llevamos una muy grande impresión, todo mundo, no sólo los vecinos. Todos, familia, amigos, porque es una familia muy buena. Nos dolió mucho la partida de ellos".

Por muchos meses, la única víctima sobreviviente penó por los pisos del Palacio de Gobierno por resolver la indemnización que la empresa aseguradora tendría que dar por cumplir por ley.

Fue hasta el 19 de septiembre de 2008, cuando el juez primero de lo civil de Navolato resolvió el juicio sucesorio intestamentario iniciando, dictando al señor Claudio Ochoa Rubio como el heredero único.

Pueblo chico, tragedia grande. Hoy, aquella casa verde en medio del pueblo continúa igual.

Ahí, la familia Ochoa, prefiere no hablar más del tema.

El dolor aún se huele y se siente. Micaela, hermana de Claudio, sale de su casa a recibirnos. No saluda, y nos da los buenos días. En voz baja, dice que su hermano ha decidido ya no hablar más del suceso. Asegura que se ha recuperado físicamente, pero emocionalmente nunca lo hará.

Según sus vecinos, don Claudio a veces regresa al pueblo que lo vio crecer. Visita a a sus padres y su hermana y se retira a otra casa. A siete años de distancia de aquella mañana, aquel hombre fuerte ha tenido que aprender a tratar de rehacer su vida.

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