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Despiden a niña asesinada por su padrastro

CULIACÁN

A las 16:00 horas de ayer llegan con Alexia Marisol a la iglesia Santa Cecilia, de la colonia Rafael Buelna.

Familiares del papá de la niña exigieron justicia.

Los globos que fueron soltados por los niños.

Culiacán, Sinaloa.- El pequeño ataúd blanco entra en peso a la iglesia Santa Cecilia. Hace un descanso en la llegada. En el interior va Alexia Marisol, de apenas 2 años.

Hace tres días, su corta vida fue arrancada por dos manos empuñadas, manos que debían haberla protegido, y que en su lugar le segaron de tajo el aliento vital.

Ahora ya está en ese lugar que a todos provoca incertidumbre. A su corta vida tuvo que pasar ese trance que a todos infunde temor.

"Hay que morir, para vivir", reza el cura en un cántico previo a la misa, toda dedicada a tratar de dar consuelo a los dolientes y explicar lo inexplicable.

"¡Por qué ella, por qué mi niña!", llora Pedro Alberto devastado, es el padre de la bebé.

Otros hombres que lo acompañan no ocultan su impotencia y tal vez coraje por la forma como Alexia Marisol fue arrancada de esta vida.

Palabras acusatorias y condenatorias llueven contra el padrastro, dueño de esos puños que con tres golpes callaron a la bebé.

Por ley natural se nace, se crece, se desarrolla, y muere. Sigue la misa. La frase saca murmullos entre los presentes: ella no alcanzó a crecer ni a desarrollarse, sólo nació y murió dejando el vacío que apenas podrá llenarse con los recuerdos.

"Fuiste la luz de nuestra vida y vivirás siempre en nuestros corazones", está escrito en un globo pegado a la mano de un niño.

Al salir de la iglesia, el pequeño ataúd con Alexia Marisol entra a la carroza, también blanca, y deja atrás la iglesia, que arriba en la loma de la colonia Rafael Buelna, resplandece en su color blanco, y que por casi una hora la tuvo y la bendijo, al igual que a sus familiares.

En el sur de la ciudad, algunas gentes que ven la fila de carros, las coronas, los rostros, se solidarizan con el dolor.

"A mí me pesa y eso que no la conocía", dice una señora.

En el panteón de El Ranchito, manos de niños sujetan globos blancos. Rosas, también blancas, son dejadas sobre el pequeño ataúd.

Al poco rato, los globos se elevan escoltando el alma de Alexia Marisol, esa alma, también blanca, que se alza en forma temprana al cielo.

"Suéltalo, hijo, suéltalo, dile adiós", expresa con voz quebrada una mujer a su niño. "Dile adiós a la bebé".

"Un angelito retorna a la gloria, se acabó su dolor y sufrimiento, para ella todo es paz y tranquilidad", reza el orador.

Las voces también claman justicia. De pronto, los nudos de tristeza en las gargantas se vuelven de coraje y se vuelcan contra aquel que provocó tal dolor.

"Queremos justicia, pero justicia de verdad, contra ella también, porque le tapaba todo".

Se refieren a la mamá de la bebé, que dijo estar amenazada por su pareja y por eso no hacía nada por defenderla.

"Una madre amenazada no se comporta así, y pelea hasta con sus uñas por sus hijos".

"Que pague quien tenga que pagar. Que ella no ande como si nada paseándose por la calle. Todos le hicieron daño, porque todos le taparon al hombre".

El clamor de justicia rebosa el ambiente.

Vida corta y sufrida. Las tías, hermanas de Pedro Alberto, el papá de Alexia Marisol, recuerdan a la bebé como una niña tranquila, a veces traviesa, peleonera como todos los niños.

Nació un 22 de junio de 2011. Le faltaban seis meses para cumplir tres años.

Al poco tiempo de nacida la bebé, su mamá, María Guadalupe, se desapareció. Se fue así nomás diciendo que iba a Tijuana.

"Pero no es cierto, andaba aquí, se fue con el hombre, la bebé se quedó con su mamá, la señora Martina. Después apareció embarazada, y vino a quitarle a la bebé, le dijo que iba a la tienda y se la llevó".

Eso fue en agosto del año pasado.

Su mamá y abuela de Alexia Marisol puso demanda, pero el DIF no se la dio porque tiene una enfermedad terminal, y le dejó la custodia a María Guadalupe y su nueva pareja.

También los papás de Pedro Alberto pelearon quedarse con ella, y también les negaron tenerla, argumentando que le daban preferencia a la mamá.

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