Culiacán

Miedos y sentimientos durante el Culiacanazo

Una de las experiencias vividas por una persona común durante el 17 de octubre del 2019 que fue conocido como "El Jueves Negro" o el "Culiacanazo"

Por  Juan Pablo Cervantes Aguiar

Exactamente a un año de el Culiacanazo, el día que la violencia controló las calles(Foto: DEBATE)

Exactamente a un año de el Culiacanazo, el día que la violencia controló las calles | Foto: DEBATE

Culiacán, Sinaloa.- Se ha cumplido un año del Culiacanazo y hace unos días terminé de leer El Traidor, como parte de un proyecto personal para mejorar mi hábito de lectura, por ello estoy sentimental y reflexionando.

Por mi trabajo, me es indispensable buscar y saber que se dice cuando se escribe o habla de Culiacán o Sinaloa en redes sociales y Google, es decir, constantemente veo las búsquedas relacionados al nombre de la ciudad que me ha visto crecer. Como consecuencia, al menos tres veces a la semana veo como en Google Trends se muestra que la palabra “Culiacán” fue buscada de forma insólita durante el 17 de octubre del 2019, así como los dos días posteriores, aunque en menor medida gradualmente.

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Recuerdo muy bien que las publicaciones especiales sobre el tema, en el medio en el que trabajo, fueron hechas diariamente por más de un mes, a mí me tocó subir a la web casi todo ese contenido.

De forma que cada que veo ese repunte de búsquedas relacionadas a Culiacán, tristemente percibo lo mismo que ocurrió durante la “noche de Iguala”; una sociedad desinteresada por el bienestar colectivo, que en general no busca justicia y tampoco el derecho a una vida digna, libre de miedo.

Podría enlistar más cosas, pero eso no es importante en este momento. Estaba frente mi laptop aquella noche del 26 de septiembre, cuando de pronto comienzan a circular los videos, las publicaciones, imágenes tomadas en la oscuridad, personas que narraban como había policías y militares que dispararon a estudiantes y minutos después, ya en la madrugada del 27, se sabía que habían desaparecido a más de 40 estudiantes.

Puedo apostar que la mayor parte de aquella información me llegó gracias a Sandra y al medio en el que ella trabajaba. En aquel momento no sabía que sentir, más que impotencia, por lo impactante del hecho desperté a mis padres, les conté lo que había pasado, lo que había hecho el gobierno y a modo de respuesta solo preguntaron “¿Y qué?” (ya no sé si también preguntaron que podían hacer o si dijeron algo más). Tras ello, me quedé en silencio, caí en cuenta que Iguala estaba en otro estado, a cientos de kilómetros lejos de donde me encontraba. Luego se me hizo un nudo en la garganta, pero no lloré.

Pensé muchas cosas, de las cuales difícilmente me puedo acordar, excepto de aquel ¿Y qué?, esa respuesta creo que nunca lo voy a olvidar. Estando en preparatoria me di cuenta que ese ¿Y qué? Dicho por mis padres, no sería el único en el país. En ese momento supe que los cientos de miles de personas que vieran la noticia podrían responder lo mismo y así terminaba. Al crimen de Estado solo le exigirían justicia los familiares, compañeros, amigos, activista e intelectuales, no México.

Esa misma impotencia me acompaña al ver la gráfica de Google Trends sobre Culiacán por varios segundos, pensando que ocurrió lo mismo.

Aquel 17 de octubre del 2019 cerca de las 14:40 horas yo ya me encontraba en el gimnasio, junto a Rodrigo, uno de mis mejores amigos y Brenda, mi actual novia. De pronto comenzaron a llegar mensajes y audios a los grupos de WhatsApp del trabajo, donde alertaban sobre la presencia de hombres armados en el sector Tres Ríos y alrededores, que tuviéramos cuidado.

Minutos después, llegan videos y fotos, entre ellos, el video donde se observa una camioneta blanca de redilas con un arma calibre 50 soldada a ella. Esos hombres armados estuvieron a cuatro calles del gimnasio donde nos encontrábamos. Frente a un Oxxo al cual he ido a consumir decenas de veces.

Por trabajar en un medio de comunicación la información la recibí casi al mismo tiempo en que comenzaban los reportes en radios de policías. En cuanto escuché el primer audio, donde con miedo testigos decían la ubicación de los hombres armados, le comenté a Rodrigo, ambos estuvimos escuchando y viendo los demás archivos conforme iban llegando.

No le conté a Brenda con el fin de evitar que entrara en pánico, fue Brayan, un amigo de ella que también estaba en el gimnasio, quien le mostró la información. Tras ello, con un semblante que nunca había visto, se me acercó y me preguntó que estaba pasando. Le solté todo lo que sabía hasta el momento.

Los demás usuarios del gimnasio también se comenzaban a enterar de lo que sucedía y algunos comenzaron a llamar a sus familiares, mientras que otros solo volvían a reproducir los videos o buscaban más en Facebook o en Instagram.

En el trabajo nos dijeron que lo más seguro era permanecer donde nos encontrábamos y mantener la calma.

Nos quedamos en el lugar, y para calmar los nervios seguí haciendo ejercicio. A la vez que las cortinas del gimnasio comenzaban a ser cerradas por empleados del mismo. Todos nos quedamos dentro por al menos una hora, periodo en el que aumentaban las fotos y videos de lo que ocurría afuera.

No recuerdo si fue al paso de las dos horas o antes que la mayoría de los usuarios comenzaron a irse, algunos caminando y otros en auto, mientras que Rodrigo, Brenda, Brayan y yo permanecíamos en el gym. Minutos después Rodrigo nos ofrecería su casa para resguardarnos.

Brayan no era un amigo cercano a mí, menos a Rodrigo, pero sí a Brenda, ese hecho, la hospitalidad de la familia de Rodrigo y la situación sin precedencia, permitió que fuera invitado a pasar el resto del día y la noche en la casa de mi amigo.

Subimos al estacionamiento del gimnasio, entramos al auto y al bajar pedimos a un empleado que abriera la cortina para poder salir. Probablemente eran cerca de las 17:00 horas, tal vez un poco más, y en las calles del Centro de Culiacán por donde pasamos, todos los negocios estaban cerrados, las vialidades y banquetas estaban desoladas.

Al circular sobre la avenida Aquiles Serdán, una de las principales calles y puentes que conectan al norte de la ciudad con el Centro, pudimos observar que había personas caminando, pues ya no había servicio de transporte público. Había sido suspendido por los hechos violentos, entre los cuales se sabía que, un camión urbano con pasajeros a bordo fue intervenido, desalojado y luego prendido en llamas para bloquear una vialidad importante del sector Desarrollo Urbano Tres Ríos.

El tráfico era nulo, en menos de cinco minutos ya estábamos fuera de la casa de Rodrigo y la situación no cambiaba. La información que por un momento se había dejado de enviar por los grupos de WhatsApp se reanudó, esta vez eran videos de enfrentamientos y persecuciones de policías estatales contra hombres armados.

Comencé a enterarme que varios grupos armados provenían de la misma zona en la que solía vivir, allá, aún se encontraba mi papá, mi hermana y Keyla, mi sobrina. Les llamé para saber cómo estaban y me tranquilicé un poco cuando me dijeron que todo bien, sin embargo, me volví a alterar cuando me contaron que había decenas de hombres armados en la entrada al fraccionamiento San Fermín, ese sitio donde había vivido por alrededor de 10 años ahora estaba sitiado por criminales. Según me contaron, estos hombres estaban de pie sobre la carretera que va a la Pitahayita (el basurón), frente a un expendio de cerveza.

Se había hecho de noche y la ciudad aún era insegura, mis nervios y mi ansiedad no me dejaban permanecer encerrado en el cuarto de Rodrigo. Propuse que saliéramos a la terraza de su casa y ahí nos quedamos, tal vez durante dos horas o más.

Frente a la casa de mi amigo circulaban convoyes militares, vehículos de construcción y  camionetas, estas últimas no sabíamos a quienes pertenecían. Esto hizo que me sintiera aún peor, ya no podía mantener la calma y por ello me entró una impaciente desesperación por querer ir a casa.

Comencé a decirlo en voz alta, incluso le pedí la bicicleta a Rodrigo (ya no recuerdo que me respondió), y Brenda comenzó a asustarse, sentía que no podía hacerme cambiar de opinión. La verdad que es yo tampoco la quería dejar sola en esa situación, pero no pensaba claramente. Fue hasta que vi un video más que pude contenerme.

En ese video se observaba como había al menos una patrulla de la Policía Estatal de Sinaloa en llamas y desplegados en los alrededores al menos una decena de hombres armados, esa escena ocurría en el cruce de la avenida Álvaro Obregón con bulevar Universitarios, la principal vialidad para llegar al norte de Culiacán, a la zona donde solía vivir.

¿Cuántas veces no me quedé detenido en esa esquina a bordo de un camión? ¿Cuántas veces pasé por ese cruce en bicicleta? A mí, que me gusta darle sentido a los lugares que frecuento, incluso a los no lugares, estaba viendo lo que sería el tercer recuerdo, el más impactante que había ocurrido en ese cruce.

Cuando iba a imaginar aquella vez que me caí de marometa en la bicicleta, a varios metros de donde quedó la patrulla, que habría un vehículo oficial en llamas. Que iba a saber yo, aquella vez que, al bajarme del camión en ese cruce, cuando al mismo tiempo le decía a una mujer que llevaba minutos llorando, que fuera fuerte y que ella podía, que habría hombres armados asegurando la entrada al sector norte de la ciudad.

Después de verlo, ya no supe que sentí, solo sabía que mi mente ya estaba más calmada, se había ido la desesperación, Brenda y yo nos abrazamos, se sintió más tranquila al saber que no me iría.

Pasaron más horas y la ciudad se volvía aún más oscura, solo había luces de los focos de afuera de las casas, lámparas públicas de pésima calidad y decenas de vehículos aún en llamas.

Luego de cenar, subimos de nuevo al cuarto de Rodrigo, comenzamos a acomodar el sitio donde dormiríamos. No recuerdo si había una conversación fluida o sí había una, tampoco estoy seguro de a que hora terminamos durmiendo.

Supuestamente entre las 21:00 y 22:00 horas ya no había reporte de hombres armados, solo quedaban los vehículos en llamas y cadáveres tirados por varias partes de la ciudad, en su mayoría eran civiles, víctimas inocentes, ya que los criminales se habían llevado los cuerpos de sus hombres, hecho que no permitió saber cuántos muertos dejó en realidad aquel violento día.

Finalmente dormimos, yo trabajaba la mañana del viernes, nos dijeron que podíamos llegar tarde.

Al día siguiente, 18 de octubre del 2019, Rodrigo llevó a Brenda y a Brayan a sus casas, ubicadas al en el sector sur de la ciudad.

Circulando por la avenida Álvaro Obregón, en el tramo de la casa de mi amigo al Centro de la ciudad, había un carro calcinado en medio del puente, ya no sé si eran dos. Ya no sé si eso importe.

Creo que eran las 8 de la mañana cuando hicimos ese viaje y las calles estaban solas, llegamos hasta la casa de ambos sin problemas, solo que en silencio.

Al llegar al trabajo, comencé a subir la información que había sobre lo ocurrido, Rodrigo entraba en la tarde (trabajamos en el mismo sitio), así que después de estar un tiempo en la oficina decidió ir a su casa y regresar a su hora de entrada.

Poco a poco llegaban más compañeros, solo unos cuantos no fueron a la oficina. Poco a poco comenzaron a contar las anécdotas, lo que les había pasado a ellos, donde estaban y que vieron.

Algunos, igual que yo, no habían podido llegar a casa, algunos quedaron encerrados en los lugares menos esperados, incluso sin comida.

Como escribí al principio, lo ocurrido aquel día provocó que se publicaran al menos una decena de noticias diarias por más de un mes, pero a México solo le importó hasta dos días después.

Mis reflexiones sobre la violencia de aquel día y las causas que la provocaron no son algo de lo que quiera escribir aquí. Yo no estuve en el sector Tres Ríos, yo no me tuve que quedar acostado en las cocinas de restaurantes y bares durante más de ocho horas con balazos de fondo.

Escribo esto porque es lo mínimo que debía escribir, por la memoria, por la muerte, por el miedo y por mí. 

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