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Migrantes van tras el "sueño americano"

CULIACÁN

Migrantes van tras el "sueño americano"

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Migrantes van tras el "sueño americano"

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Migrantes van tras el "sueño americano"

Culiacán, Sin. Tumbados bajo la sombra que apenas proporciona el vagón desenganchado del tren, se encuentran alrededor de 30 personas. Cuerpos morenos y requemados en su mayoría, sin camisas que oculten su extrema delgadez y las huellas que el viaje ha dejado sobre su piel. Algunos de ellos llevan dos meses viajando, otros, los más afortunados, apenas una o dos semanas. Los más desconfiados vienen de tierras lejanas, de Honduras y San Salvador.

Ellos miran a los fotógrafos con una mezcla de desconfianza y recelo. Ya no saben si la gente que se les acerca es amigo o posible amenaza. Son los migrantes, los "trampas", aquellos que persiguen el "sueño americano".

La búsqueda del sueño. Mientras nos acercamos, sus ojos nos recorren de arriba a abajo y sus respuestas al principio son sólo monosílabos. Poco a poco van relajando su postura, la mirada ya no es tan dura y empiezan a hablar. Sus historias son muy parecidas. Vienen de países centroamericanos, de paso por México en camino a la tierra del ensueño: Estados Unidos. En su país no hay trabajo, y cuando alguien intenta hacer algún negocio se encuentra con dos impuestos: el primero es el que todos los gobiernos imponen a sus ciudadanos, el segundo es el que, a fuerza de las armas y la impunidad, establecen las pandillas y organizaciones criminales, "el derecho de piso".

Metal contra metal. De pronto se escuchan sonidos secos de metal contra metal. Todas las cabezas se levantan asustadas. Los que descansaban bajo el vagón salen apurados porque, aunque este no es el carro que se está enganchado, es un reflejo pavloviano que puede significar la vida o la muerte o, en el menor de los casos, conservar una pierna o una mano. Al inicio de la grabación se acerca un hombre con chaleco y walkie talkie, un trabajador ferroviario, quien consulta con alguien y nos informa que debemos retirarnos porque "no tenemos permiso para grabar". Cuando se le invita a declarar o a darnos su nombre, se aleja y no volvemos a verlo. Nunca aclara quiénes son los jefes que daban las órdenes de alejarnos.

Violencia y bondades. Se empiezan a acercar, quieren contar su historia y entre ellos designan voceros. Algunos hondureños hablan acerca de la violencia que se encontraron en Veracruz y piden a las autoridades que se hagan cargo, que pongan al Ejército en los lugares donde, aseguran, ellos ya saben que se encuentran las bandas de "malandros" y "maras". En un giro extraño, ellos tratan de tranquilizar a los mexicanos que pudieran ver la entrevista o leer la nota, diciendo que su objetivo no es quedarse aquí, que agradecen la ayuda que han tenido durante el trayecto. Pareciera que nos entienden mejor de lo que nosotros los entendemos a ellos.

Historias. Jessica es de Honduras, viaja con su pareja Carlos Cortez y otro pariente. Han sufrido enfermedades, dolor y el miedo de no poder continuar. Cuentan que en Coatzacoalcos (Veracruz) los "malandros" tienen una aduana y nadie se salva. José Daniel Cruz Hernández señala: "Me ha ido bien aquí pero los 'garroteros' se la tiran de duros. Si uno va al norte es porque uno va a buscar 'pisto' (dinero), porque en Honduras no hay, y no es posible que en un país tan grande y bonito no haya seguridad. No está bien que venga otro loco y nos venga a quitar los 10 pesos que 'charoleamos'. También les agradecemos a la gente que nos da de comer por toda la línea. Muchas gracias". Gary Cruz denuncia: "Nos agarraron en Orizaba, Veracruz, a mí, a mi mujer y a 30 negros. Qué es lo que están haciendo los soldados, por qué no se meten a la estación de trenes en Veracruz. Ahí están secuestrando". Tal vez el caso más difícil es el de Jorge Alberto Borjas: "En Guadalajara estábamos pidiendo dinero hace dos días y a mi hijo lo agarró Migración, o por lo menos eso dicen mis compañeros, porque yo no lo vi, que fue Migración. Si ellos lo agarraron está bien, pero que lo regresen a Honduras, porque mi esposa preguntó desde Estados Unidos y dice que no le dan ningún resultado que no se encuentra en las oficinas de Migración. Mi hijo se llama Cristian Alberto Borjas Castellanos".

Ha pasado más de una hora desde que comenzaron las entrevistas. Durante ese tiempo nadie se ha detenido a ofrecer algo de comer o beber. Un "trampa" se acerca y nos vende una flor hecha con una lata de refresco; otro más, de forma encantadora y sin perder la sonrisa, nos pide 10 pesos para el refresco o el agua. Se los damos. Todos se despiden dando voces y agitando las manos. Al alejarnos, los carros siguen pasando de largo.

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