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Pepenadores viven en la miseria y el abandono

SINALOA

Loza y trastes que Rocío y su familia utilizan diariamente, la mayoría de estos artículos los ha conseguido del basurero.

Muestra su cocina y un perchero improvisado, con el riesgo de que una flama toque un artículo.

Antes de que el sol se oculte, ayuda a sus dos hijos a realizar las tareas, sentados sobre escombros.

En la cocina, la familia reunida, alumbrados por un foco al centro de la mesa; Rocío dubitativa, no sabe qué será lo que habrá de cenar la noche de hoy.

Los pequeños disfrutan de una película, que por suerte fue encontrada en la basura y que podrán ver antes de dormir.

Culiacán, Sin.- A tan sólo 10 minutos del centro de la ciudad, existen familias que no se permiten siquiera soñar con estrenar un par de huaraches, o tomar un vaso de leche para compartirlo en familia. Incluso comer tres veces al día resulta en muchas ocasiones cuestión de suerte.

Pobreza extrema. En la colonia Bicentenario, en un cuarto de lámina, donde con tan sólo cuatro pasos recorres la sala, la cocina y la habitación simultáneamente, ahí vive Rocío Benítez Gaspar, una joven de 29 años, quien es la menor de cuatro hermanos y madre soltera de dos pequeños: Josué ("Cheché"), de 7 años y Jesús, de 8.

A simple vista, Rocío no luce como una muchacha de su edad, se le percibe cansada, mucho mayor por la mala nutrición que sufre día a día ante la carencia de comida y la extenuante jornada de trabajo que le demanda todos los días, y que por necesidad tiene que librar para poder obtener el pan para su familia.

Inicio de jornada. Rocío sale todos los días de su casa a las 07:30 horas junto con sus dos hijos para dejarlos en la escuela. "Cheché" y Jesús van a una primaria de tiempo completo, en la cual, después de llegar mal comidos o sin desayunar, la mayoría de las veces cubren un currículo escolar de tiempo completo.

La joven madre, después de dejar a los niños en la escuela, se dirige a su trabajo, mismo que se encuentra a 10 minutos de su casa, a pie, es fácilmente visible e inevitable de percibirlo por el intenso olor: el relleno sanitario.

Ella trabaja como pepenadora desde hace ya cuatro años, a pesar de un padecimiento cardiaco.

Rocío confiesa que tiene aún la esperanza de recibir ayuda pronto: "Aquí nosotros sufrimos mucho. La verdad se sufre mucho, porque para empezar no tenemos colchones, las camas que tengo me la regalaron unas vecinas desde hace tres años".

Su piel rojiza debido a la intensidad del sol, muestra que no han sido nada fácil estos cuatro años de trabajo.

Ya en el lugar, escala las montañas de basura, sin dudar un solo instante por su higiene o el olor, da los primeros pasos sobre la basura; el primer pie puede terminar sobre una bolsa de comida descompuesta, el segundo sobre el cuerpo de un animal y los siguientes sobre cualquier otra cosa, ya que aquí viene a dar lo indeseable o innecesario para cualquier otra familia.

Carece de un traje especial que la proteja o guantes. El contacto de su piel es directo con el desperdicio.

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