Cultura

Comparte José Dolores su cuento 'El gato Valentín'

El autor presenta para el periódico EL DEBATE su cuento inédito 'El gato Valentín', y con el cual busca llegar al público infantil

Por  Richard Osuna

José Dolores es egresado de la licenciatura en letras en la Ciudad de México.(Foto: El Debate)

José Dolores es egresado de la licenciatura en letras en la Ciudad de México. | Foto: El Debate

Culiacán, Sinaloa. En la casa de su hija, el abuelo hablaba con su yerno: —¿Y cómo van las cosas en el pueblo, don Valentín?  —Pues te diré: no ha Ilovido, pero tenemos buenas norias; maíz se está dando, aunque ahorita no tenga buen precio; no tenemos muchos centavos, pero tenemos salud gracias a Dios.

En eso interrumpió la señora, diciéndole a su padre: —Valentín no se quiere dormir, si no vas a contarle un cuento. —¡Caray, tan buena que estaba la plática!  Bueno, pues vamos. Con permiso, Eleuterio. —Por favor don Valentín, duerma a su tocayo. 

Don Valentín era oriundo y residente del pueblo de Alcoyonqui, famoso porque, en su momento, una mujer salvó la vida de don Ramón F. lturbe, escondiéndolo bajo su lavadero. Entró el abuelo al cuarto, mientras su hija atisbaba desde la puerta. —¡Abuelo, cuéntame un cuento! —Y si te lo cuento, ¿te vas a dormir? —¡Sí, abuelo, si me duermo! —Muy bien: Este era un gato con los pies de trapo y los ojos al revés... Quieres que te lo cuente otra vez? —¡Sí quiero, abuelo! 

La madre levantó los ojos al techo, pensando que su padre chanceaba al niño. 
—Muy bien— prosiguió el abuelo— este era un gato con los pies de trapo y los ojos al revés... que se llamaba Valentín. 
La madre suspiró aliviada y cerró la puerta. 
—¿Valentín como yo? —Y como yo también? —Y por qué le pusieron Valentín? Espera a que siga con el cuento, y te vas a enterar, ¿está bien? —Sí, abuelo

José Dolores es originario de la comunidad de San Manuel de Aguaruto, en Culiacán.

Sucedió hace mucho: En la banca de un parque, aquel joven estudiante se jalaba los cabellos, sin atinar qué hacer para llevarle a su abuela un regalo ese sábado 14 de febrero. Sus padres trabajaban en una maquilladora de la frontera, y la mesada que le enviaban para todos sus gastos, la recibiría hasta el Iunes 16. No tenía un centavo, pero de todas formas debía visitar a su abuela...

De pronto, sintió que algo muy suave se Ie enroscaba en los tobillos, al mismo tiempo que oía un tierno maullido. Bajó la vista y vio a un pequeño gato, que se paraba en sus patas traseras pidiéndole que Io cargara. EI muchacho retiró suavemente al felino, y empezó a cruzar el parque entre las glandes ceibas. Iba a pasar la calle, cuando escuchó el Iastimero maullido del minino, que Io seguía. Temiendo que algún auto Io arrollara, Io levantó del adoquín.

En ese momento, notó que a los lados de la cabeza, el gato tenía impresas, como con pincel, las patas delanteras. Volvió al parque con él y al caminar con desgano, se Ie iluminó la cara al pensar que su problema estaba resuelto: Ie llevaría el gato de regalo a su abuelita, pero no podía entregárselo a “mano pelona”.

Así, decidió ir con el dueño de la zapatería: —Don Macario, ¿podría regalarme una caja bien cuca? —¿Y para qué la quieres? —Deseo obsequiarle este gato a mi abuelita. —¿Y Bruno? —¡Ah!, ¿el perro?: se le murió hace dos meses. —Bueno, Io siento. Mira, una señora muy “Popof”, se Ilevó puestos unos zapatos: la caja está que ni mandada a hacer. —iQué bueno! Ojalá le guste el gatito a mi abue. —Mira, si no le gusta traémelo y te Io compro a buen precio. —Gracias, don Macario, nos vemos —Nos vemos, pues.

Por esos años, las puertas no tenían timbre; así, el joven gritó por la ventana: —¡Abuelita, ya llegué! —¡Ah, bribón, pensé que no vendrías! Mira, abuelita, tu regalo de San Valentín. —¿Unos zapatos?... —¡Es un gatito! —Gracias, mi amor —¿Así que te gusta? —¡Claro que me gusta! ¿Qué Ie hiciste en la cabeza? —¡Nada!, las patas pintadas son naturales, ¿verdad que se ven bien cotorras? —Vaya que sí. Lo llamaré Valentín, por el día que me Io regalas. Otra cosa, como de seguro te quedaste sin nada, toma estos cien pesos como regalo. —Pero, abuelita, ¡es mucho dinero! —¡Nada!, ve a divertirte, pues yo debo acondicionar alga para poner a mi gatito —Nos vemos, abuelita. ¡Que bueno que te gustó! 

A partir de esa noche, el gato Valentín fue el personaje central de la casa de la abuela: se enroscaba en los tobillos de las visitas, se paraba sobre las patas traseras invitando a que lo cargaran, y maullaba tiernamente. La abuela le cedió el cojín de su perro Bruno, y a menudo lo Ilevaba a revisión con el veterinario. Así, pasaron seis meses. Un día salió de prisa, pues se le había olvidado su cita con el dentista. Abrió la puerta sin percatarse que el gato por el resquicio.

Pasaba de la una de la tarde, y los estudiantes de la escuela secundaria, a media cuadra, empezaban a ser recogidos por sus familiares. Uno de ellos, había desairado, ofrecimientos de aventón, pues no quería que su madre, al no hallarlo, se preocupara. Haciendo tiempo, caminaba por la acera, cuando sintió que algo se le enrollaba en los tobillos. Bajó la vista, y encontró a Valentín ya listo para ser cargado.

De momento, el muchacho no le dio importancia, pero se interesó al ver el dibujo de sus patas delanteras en la cabeza. En eso, vio el carro de su madre esperando la luz verde del semáforo. Casi por instinto, metió rápido en su mochila a Valentín. Al ingresar en su residencia, la madre preguntó: —¿No oíste como un maullido? —Pues solo que sea por este gato que me regalaron. —¡Pero Julio, bien sabes que a tu padre no le gustan los animales! —Yo hablaré con él, a ver si lo convenzo -Está bien, ipero que no pase de esta noche! 

José Dolores es egresado de la licenciatura en Letras en la Ciudad de México.

EI muchacho explicó a su riguroso genitor que no pudo rechazar el regalo de una condiscípula, quien encontrado al gato en la banqueta, dado que su madre odiaba a los felinos. —Mira, Julio, si te permito conservar este gato, ¿te harás cargo de cuidarlo, de alimentarlo, llevarlo al veterinario y limpiar sus desechos? —Sí, papá, me comprometo

En ese instante, el gato se enroscó en los tobillos de don Fidel, se paró en sus patas traseras y maulló tiernamente. — Y esas manchas en la cabeza, ¿qué son? -Están impresas las patas delanteras: ha de ser un desorden genético. —Pues se ven muy curiosas. Bien, toma mil pesos para que cubras los gastos. —¡Gracias, papá! —Ningún gracias, úsalos en el gato

De nuevo, con los trucos que ya sabía, y otros que aprendió, Valentín se ganó a la familia, incluyendo al padre de férreo carácter, pero de corazón blando. Un día don Fidel hizo alto en un semáforo y mientras esperaba el verde, miró un letrero en un poste. Al afinar la vista, Ie pareció la foto de un gato. Se estacionó más adelante, y regresó a ver el cartel... Pues sí, era el gato Valentín en companía de su ama, quien suplicaba el regreso del minino, pues había sido su única compañía, antes de extraviarse. Don Fidel arrancó el aviso y se fue a su casa.

Al llegar, llamó a Julio y le dijo: “Hijo, mañana llevaremos al gato para que le hagan un collar”. Al día siguiente, el muchacho se asombró cuando llegaron a una joyería. —Quiero un collar de 18 quilates que lleve el hombre de Valentín. ¿En cuartos días Io tiene? —En tres días, señor, quedará un collar bonito y hermético. 

Julio no era tonto, y pensó que alga no andaba bien, pero no dijo nada. A los tres días regresaron, y el joyero le puso a Valentín aquella valiosa alhaja. Camino de su casa, el muchacho arriesgó: —Papa, ¿algo anda mal? —Llegando a casa lo sabrás.

 Una vez en su hogar, don Fidel llamó a su esposa y a la servidumbre. Acto seguido, les informó: Convoqué a esta reunión familiar, porque todos hemos gozado con nuestro gato; y es lógico que todos vamos a a sufrir con su ausencia —¡Como!— interrumpió la esposa —¿lo vas a lanzar a la calle? —Desde luego que no— dijo el marido mientras desplegaba el cartel —, Io vamos a entregar a esta arcana de mis de 80 años, que ha enfermado por la ausencia de Valentín. Julio, pon en la camioneta las bolsas de alimento para gato. Los tres iremos a entregarlo. 

AI concluir, cargó con ternura a Valentín. Eran las cinco de la tarde, cuando la familia Ilegó a la dirección que tenía el cartel. El padre Ie pasó el gato al hijo, mientras se dirigían a la puerta. Tocaron, y la abuela preguntó con cautela: “Quién es”. “Somos gente de paz Ie traemos algo”.

La señora entreabrió la puerta, y al verlos, les franqueó la entrada, mientras se disculpaba: —No esperaba a nadie, pero pasen, por favor. —Una vez en el interior, Julio Ie dijo: —Mire Io que le traemos! —¡Dios mío, es Valentín, ven, mi amor! Perdón, pero yo ofrecí una recompensa —¡Por favor, señora (repuso don Fidel), nuestra familia ha sido sobradamente recompensada con la compañía de este gatito. Julio, las bolsas. Señora, ¿sabe usted algo de inglés? —¡Yo ful maestra de inglés! —Bien, eso es bueno: las balsas de alimento traen las recomendaciones en inglés. Bueno, eso es todo la dejamos para que goce de su gato. —¡Esperenl Este collar que trae Valentín, ¿no se Io van a llevar? ¡Parece muy valioso! —Es de oro (precisó don Fidel), y es un modesto regaló de nuestra familia 

Después de acariciar al gato con ternura, se encaminaron a la puerta. Una vez puesta la tranca, la abuela fue con Valentín y lo amonestó con severidad: —Bribón, familia iba llorandol 

Esa noche, el gato fue de nuevo el personaje central. Las amigos de la abuela coreaban felices: ¡Valentín, Valentín, Valentín! El gato, muy ufano, pensaba: ¡Cómo me quiere esta gente!: ¡Debo ser un dios! Y colorín, colorado... este niñó se ha dormidol

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