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Cultura

El ISIC comparte uno de los cuentos de 'Las horas que perdimos' de Hernán Arturo Ruiz

El Instituto Sinaloense de Cultura comparte con DEBATE el cuento 'La turba', uno de los textos incluidos en el libro 'Las horas que perdimos'

Por Richard Osuna

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Sinaloa, México. El Instituto Sinaloense de Cultura comparte con los lectores de DEBATE el cuento 'La turba', incluido en el libro 'Las horas que perdimos', de Hernán Arturo Ruiz y el cual será presentado el próximo jueves 27 de enero a las 17:00 horas, en el Centro Cultural Genaro Estrada, de Culiacán.

La turba

Los campos estaban iluminados por una luna menguante y el resplandor de las antorchas. Los gritos de la turba se escuchaban cada vez más cerca. Mariano tenía que seguir corriendo. Alguien gritó: «¡Por allá se mueven las matas!», y una piedra le pasó zumbando por encima de la cabeza. «Dios mío, por favor, líbrame de esta», pensaba cada vez más desesperado. Las piedras eran lanzadas en todas direcciones. Llegó a los maizales y algo se le encajó en la planta del pie derecho. No pudo evitar un grito.

—¡Ahí está! —la voz de un hombre.

Maldijo haber olvidado las botas en la habitación, pero es que no hubo tiempo. Entonces divisó a lo lejos una luz. Era la cabaña de don Cosme en la colina más alta. Debía correr hasta allá, el viejo entendería. Le costaba trabajo avanzar con el pie lastimado pero hizo un último esfuerzo.

—¡Don Cosme! Ábrame, soy Mariano —susurró mientras golpeaba la ventana con una piedra.

Esperó unos segundos viendo para todos lados. Se dio cuenta por el resplandor de las antorchas que los sureños iban a los campos de calabaza. Por fin se abrió la ventana y don Cosme apareció con el semblante somnoliento y en ropa de dormir.

—¿Qué pasa, Mariano?

—¡Ábrame la puerta, se lo ruego!

El hombre se talló los ojos y lo vio con desconcierto. La turba se había convertido en un brillo rojizo y lejano. Le abrió la puerta. Un ventilador en la pared refrescaba la sala. Don Cosme miró fijamente al muchacho: llevaba la camisa abierta, el pantalón al revés y con cada paso iba dejando una huella de sangre.

—¿Qué te pasó?

—¡Los sureños! ¡Me están buscando, quieren matarme! — dijo Mariano viendo en todas direcciones—. ¡Escóndame, se lo ruego! ¡Le doy todo lo que tengo, pero escóndame!

Don Cosme contuvo la risa. «¿Todo lo que tienes?», pensó bajando la pastilla de la luz eléctrica. Se quedaron a oscuras. El muchacho fue hacia la ventana, desde ahí se podían ver todas las tierras.

—Ya sabes que no debes meterte con ellos. ¿Qué no te bastó con ver cómo dejaron al pobre Baltazar por haberles robado una cobija?

Mariano se quedó en silencio. Veía cómo el resplandor peinaba los campos.

—Si te quedas aquí a mí también me chingada.

El joven volteó a verlo. A pesar de que estaba oscuro, don Cosme pudo percibir el miedo en su rostro.

—¡Por favor, capataz! ¡Fue un error! ¡Yo... yo... no lo volveré a hacer! ¡Dígaselos, no se volverá a repetir!

—¿Qué les hiciste?

El muchacho volvió a suplicar, pero los gritos lejanos de la turba lo interrumpieron. Habían acabado con los campos y ahora se dirigían a las cabañas de la administración.

—No les abra la puerta. Dígales que usted no sabe nada... que... que le dirá al patrón.

Ahora sí, don Cosme no pudo contener la risa. «¿De verdad seré tan pendejo como para amenazar a los sureños ahora que andan como perros?», pensó. Estuvo a punto de decirle: «Vete de mi casa, chamaco», pero el joven comenzó a llorar. Eran unos pujiditos que le molestaron. Él, por su parte, no se preocupaba. Los sureños le tenían respeto. O al menos eso le gustaba pensar al decirles sujetando la escopeta: «¿Se van a apurar con la cosecha o qué chingada?». «¿Ya terminaron con esa parcela o quieren irse sin rayar?». Ellos lo veían y agachaban la cabeza. El resplandor y la gritería de la turba se acercaban cada vez más rápido.

—Si quieres que te ayude ocupo que me digas qué fue lo que hiciste.

Mariano se tiró al suelo.

—¡Ella no era virgen, capataz, los sureños creen que sí, que la arruiné!

—¿Les violaste una muchacha? —preguntó el viejo pasándose una mano por la calva.

—¡Se me insinuaba! —Mariano hacía esfuerzos por no alzar la voz, pero el miedo era más fuerte—. Me veía mucho, se reía conmigo. Incluso se agachaba adrede delante de mí dizque pa’ juntar el sorgo.

'Las horas que perdimos' es una coedición entre Nitro Press y el Instituto Sinaloense de Cultura.

En los quince años que tenía trabajando en esos campos, don Cosme se había topado con muchas violaciones. Por lo general, sureños viejos que abusaban de sus propias nietas o sobrinas. Todo eso terminaba en golpes, en algún machete enterrado en un hombro o una pierna y hasta en matrimonio cuando se podía. ¡Pero que lo hiciera alguien que no era de su misma gente! El anterior capataz le había contado cuando recién entró a trabajar ahí de un guardia: manoseaba a la hija pequeña de un sureño, se la terminó llevando a las parcelas pero lo sorprendieron los que juntaban la rezaga. Apareció en los periódicos: dos machetes en el pecho y el pene cercenado, bien metido en su propio culo. Lo encontraron en uno de los canales de riego. El viejo se estremeció al imaginarlo. «Después de todo no puedo dejar que lo maten, él no tiene la culpa de ser tan pendejo», pensó.

—Ya, muchacho, tranquilo, métete al armario que tengo al fondo. Saldré a decirles que te fuiste en una cuatrimoto a San José, y mañana te subes a la primer avioneta.

Mariano le agradeció limpiándose la cara. Trató de besarle los pies pero el viejo se hizo para atrás. Luego, el muchacho se levantó y se perdió por el pasillo. Don Cosme fue por la escopeta y su revólver a la habitación donde guardaba las cosas de trabajo. Antes de salir respiró profundo. Los sureños gritaban, seguían lanzando piedras. Don Cosme caminó con paso firme en dirección a la turba que había llegado a las faldas de la colina.

—¡Calmados, gente, soy don Cosme! —gritó con todas sus fuerzas pero ellos siguieron avanzando—. ¡Que se calmen, carajo, soy el capataz!

Dijo esto último disparando la escopeta al aire. Entonces la turba se detuvo, a unos cien metros de él. Todos se quedaron callados. Eran entre cuarenta y cincuenta sureños armados con palos, machetes y uno que otro rastrillo.

—Perdón, don Cosme, creímos que era el Güero —dijo uno de ellos mirándose las manos.

—Ya se fue, lo vi en una cuatri saliendo de los campos.

Se oyeron gritos de indignación entre la gente.

—¡No es posible! Orita lo vimos corriendo por los maizales, ¿verdá muchachos? Por ahí debe de andar el recabrón —la vista del sureño se había clavado en la del capataz—. Con todo respeto, usté lo ha deber confundido con otro paisano suyo.

Don Cosme dudó. El sureño tenía los ojos llenos de coraje. «Si se dan cuenta de que les estoy mintiendo segurito me cuelgan», se dijo aferrándose a la escopeta.

—¿Qué fue lo que les hizo?

—Violó a una de las hijas, capataz, la engañó, asegún que quería que le limpiara el cuarto y ahí la desgració. ¡Ella era nueva, pura!

—Esto déjenlo en manos del patrón. Yo personalmente hablaré con él.

—¡No, señor! —intervino otro sureño—. Lo vamos a resolver orita, deje encontramos al perro ese. Va a ver cómo le cortamos el cogote y le metemos el rastrillo por el culo.

Ahora don Cosme se daba cuenta de que el coraje estaba en todas las caras por igual. Primero creyó que quizá la muchacha era hija del primer sureño, luego del otro hombre, pero tal parecía ser hija de todos, hermana de todos, prometida de todos. «¡Qué estúpido, Mariano! Estos no son menonitas. Aquí las cosas deben hacerse con cuidado».

—¿A quién se desgració?

Al fondo de la turba se escuchó alboroto.

—A Eugenia —contestó uno de ellos limpiándose el sudor de la cara.

La respuesta hizo que don Cosme sintiera una punzada en la nuca. Vio cómo los sureños sacaban de entre la gente a una niña de trece años, trémula, con marcas de golpes en brazos y piernas, la ropa rasgada y el cabello revuelto.

—¡Mírela, así ya no sirve! ¡La niña era nueva!

Eugenia se cubría el rostro con las manos. Lloraba. A don Cosme se le hizo un nudo en la boca del estómago. ¿Cómo era posible? Vio ese cuerpo pequeño, magullado, sucio por el sudor y por la sangre. Los golpes no solo eran de su violador, seguramente también eran de la turba, que la había castigado por dejarse mancillar. Quería tirarse al suelo, abrazarla, decirle: «Mi pobre niña», limpiarle las heridas con sus besos, pasarle la lengua por la piel como otras veces.

—Fueron Catarina y Belén las que oyeron los gritos —dijo alguien—. Mariano conoce al Patrón y le va a pedir ayuda, mejor orita que podemos lo arreglamos nosotros.

Don Cosme ya no lo estaba escuchando. Seguía viendo a Eugenia que ahora sollozaba sentada en el lodo. Pensó en aquel guardia asesinado en el canal de riego y un escalofrío le corrió por todo el cuerpo. El recuerdo hizo que por primera vez tuviera miedo de la turba.

—Busquen en mi cabaña. Vean en el armario del fondo, quémenla si quieren —dijo con la mandíbula trabada.

Los sureños se pusieron en marcha. Nadie se preocupó por levantar a Eugenia. Don Cosme se acercó poco a poco. También había comenzado a llorar. Dejó en el suelo la escopeta y tomó en brazos a la niña. Tuvo la sensación de que pesaba lo mismo que un recién nacido. La turba había rodeado su casa. Lanzaron las antorchas al techo y lo convirtieron en una hoguera que iluminó todos los campos. Don Cosme oyó a los sureños deshacerse en gritos, amenazas. Luego comenzó a besar los labios lastimados de Eugenia, tenían el sabor de la tierra y la sangre. Ella emitió un débil quejido, y él solo se detuvo cuando alguien gritó que habían encontrado a Mariano.

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