Cultura

Escritor sinaloense María Dolores comparte cuento "La ardilla maravillosa"

El escritor sinaloense José Dolores comparte con el público de EL DEBATE su nuevo texto, "La ardilla maravillosa", donde se percibe la magia y la esperanza 

Por  El Debate

José Dolores, escritor.(EL DEBATE)

José Dolores, escritor. | EL DEBATE

Los Mochis, Sinaloa.- La ardilla que da título a este cuento, es de madriguera, como las miles de su especie que, de súbito, aparecen en nuestro camino, pues no solo se limitan a ocupar nuestro fluvial entorno, sino también la mayoría de las colonias de la ciudad. Son ágiles, pizpiretas y nada tímidas, cuando de comer se trata... 

Agonizaba noviembre, y nuestra ardilla, que por la avalancha de visitantes al parque había desarrollado hábitos nocturnos, se miraba inquieta su cercano período de hibernación: buscaba y rebuscaba alimento para acumular grasa, así como objetos para acondicionar su amplia madriguera. Llevaba días con mala suerte, pues los empleados de limpia no dejaban gran cosa.

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Acongojada, se arriesgó a salir de su hábitat, llegando a un edificio cercano. Al rodearlo, vio tres huecos de ventilación pegados al piso, protegidos por gruesos barrotes metálicos. Por ahí no podía pasar ni un gato, pero sí una ardilla desesperada. Entró sin dificultad, encontrando un mostrador que estaba cubierto de papeles. Empezó un acarreo hasta su madriguera que duró gran parte de la noche. Muy temprano, un afortunado deportista encontró tres billetes de alta denominación; simplemente, los tomó y se fue... 

Mientras tanto, en una de las colonias periféricas, un padre y su hijo sostenían una áspera discusión: —Sí, Alfredo, terminaste la preparatoria; pero mira tus calificaciones: matemáticas, 7; inglés, 7; y así por el estilo. —Sí, papá, pero yo estudiaré derecho, y en las materias que me servirán en la carrera estoy bien. —Aprende a tu hermano, que en la secundaria saca puros dieces; tú ya deberías ayudarme a trabajar, pues la tienda y la carnicería que tenemos están por quebrar. —Es porque fías, papá, y la gente no te paga, no te quieras cobrar conmigo. 

En eso la madre, conciliadora, intervino: —Alfredito, vete a jugar con tus amigos, mientras hablo con papá. 

El muchacho salió a jugar. Durante la noche, al volver, su padre le dijo algo que le dolió mucho. Al amanecer, su hermano llegó a la cocina angustiado: —¡Papá, mamá, Alfredo se fue en la noche, se llevó una mochila y sus cosas personales! —¿Qué le dijiste, Alfredo, qué le dijiste que Alfredito se fue? 

El padre no dijo nada y salió afligido a tratar de encontrar a su hijo... 

Pasaron semanas, pasaron meses. Alfredo, sin recursos, trataba de sobrevivir entre los puentes del río. Era un gran observador: un día, vio a dos iguanas, a quienes consideraba tranquilas y hasta tímidas, luchar casi a muerte por la posesión de un árbol; cierta vez, muy sorprendido, vio a un pájaro lanzarse a picotazos contra un gato que subía por el tronco de su árbol. El felino huyó, pero regresó. En eso, otra ave se unió a la primera y, a picotazo limpio, hicieron huir despavorido al gato.

Apenas clareaba aquel día. Alfredo, como casi siempre, observaba a nuestra ardilla salir y entrar a su madriguera. De pronto, en una de sus salidas, vio que entre sus patas y la cola arrastraba unos papeles. El muchacho tomó su mochila y fue a ver de que se trataba ¡No lo podía creer!, eran cinco billetes americanos de alta denominación. Los tomó y empezó a meter la mano por el hoyo, buscando más.

De pronto, la ardilla, chillando, pasó entre sus pies entrando a su refugio. Para su sorpresa, el roedor trató de bloquear la entrada con los billetes que tenía. Alfredo los tomaba y la ardilla volvía a tapar su madriguera con más billetes, hasta que se le acabaron. Alfredo metió una gran cantidad en su mochila. Después, fue al mercado cercano y compró un kilo de nueces. Regresó al río, y las echó dentro de la madriguera. La ardilla terminó de meter las pocas que habían quedado fuera... 
Alfredo regresó a su casa, causando la algarabía de su familia. Llamó a su padre aparte y le preguntó: —¿Cuánto necesitas para reactivar la carnicería y ajuarear completamente la tienda? —No sé, hijo;quizá unos 250 mil pesos. 

Alfredo, abriendo su mochila, le preguntó: —¿Te alcanzará? —¡Caray, allí hay como diez veces eso!; pero, ¿cómo explico mi repentina fortuna? —Papá, pide un préstamo hipotecario al banco, ofreciendo la casa y la tienda. —¿Y cuando el plazo se cumpla? —Pues pides otro préstamo, papá; total, aquí tienes para pagar. 

A la vuelta de un año, la tienda y carnicería de don Alfredo eran las más prósperas del rumbo... 

Y fueron muy felices. ¡Gracias a la Ardilla Maravillosa!   

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