Cultura

Presentan 'El sueño de Paloma Sanlúcar' de Ernestina Yépiz

La primera novela de la escritora mochitense es una representación narrativa, a veces llevada al extremo, de la dificultad de habitar el mundo 

Por  El Debate

Presentan 'El sueño de Paloma Sanlúcar' de Ernestina Yépiz.(EL DEBATE)

Presentan 'El sueño de Paloma Sanlúcar' de Ernestina Yépiz. | EL DEBATE

Culiacán, Sinaloa.- Una de las finalidades de la novela es captar al individuo en su dificultad de habitar el mundo, afirma el teórico rumano Thomas Pavel. Si esto es cierto, El sueño de Paloma Sanlúcar (Andraval Ediciones, 2019), primera novela de la escritora mochitense Ernestina Yépiz, es una representación narrativa, a veces llevada al extremo, de esa dificultad. 

Culiacán, Sinaloa.- En El sueño de Paloma Sanlúcar una mujer escritora, Inés Nazzaro o Mariana, nos narra en primera persona su regreso a la vieja casa familiar, donde pasó su infancia y adolescencia, una enorme casa de 24 habitaciones construida por su tatarabuelo, cerca del mar, apostada en lo alto de una colina, en medio de pinos y cedros negros, que luce ahora, veinte años después, abandonada y herrumbrosa, a pesar de los criados que aún viven ahí como toscas figuras fantasmales. 

Luego de dos décadas de ausencia, viajando aquí y allá sin lograr asentarse en ningún lugar ni adaptarse del todo a ninguna relación personal, Inés no tiene claro el motivo por el que ha regresado. “El día que se me ocurrió volver debí de haber estado embriagada, sentimental o vulnerable en exceso.” ¿Para qué regresar a la casa familiar y habitarla de nuevo cuando ya todos están muertos? ¿Para qué hundirse en la soledad de una gran casa vacía? Porque Inés es una insatisfacción permanente, una interrogación que no se detiene, la herida que no cierra, el fruto melancólico de una semilla intergeneracional. Nos cuenta: 

“…desde niña me acostumbré a la ausencia eterna de mi padre, quien murió por mordedura de serpiente cuando estudiaba la flora del desierto de Altar. En el caso de mi madre –fotógrafa profesional— siempre tuvo un viaje por hacer […] Una madrugada ingirió un puñado de somníferos con una botella de vino y durmió en su cama para no despertar más […] Los años de mi niñez y adolescencia terminaron al lado de Mariana [su abuela], cuya mayor preocupación fue hacer de mí la escritora que ella no había podido ser.”

La experiencia temprana de Inés frente a la muerte, el rodearse de casi puras ausencias, marcó su destino como escritora y su carácter: taciturno e introspectivo, y sin embargo también amante del vino, el café espresso, la cocina, los barcos, el aire libre, la caminata, el mar y otros placeres. ¿Cuánto pesa la ausencia, la muerte de los seres queridos? ¿Es una ausencia que de veras se va o se queda pegada en nosotros, acompañándonos en cada rincón? A juicio de Inés: “Los muertos nunca terminan de llevarse sus olores […] los muertos nunca terminan de sepultarse, siguen habitando entre los vivos y no se aquietan hasta llevarse a quien desean.” Son como una fuerza de atracción en la tierra. Su partida nos persigue. El silencio, su oportunidad para comunicarse, a su manera, con los vivos.

¿A qué regresar entonces veinte años después a un lugar del que parece que nunca se ha salido, como si la vida fuera de esa vieja casa hubiera sido el sueño de una loca? Nadie tiene una respuesta convincente. Se podría hablar de un reencuentro con los muertos, pero sería impreciso, puesto que nunca dejaron de seguirla. Por más que quiso habitar en distintos lugares, la casa familiar habitaba en ella. El pasado se había fijado en su memoria. ¿Nostalgia, tristeza? En un lugar de la casa Inés se topa con la novela corta La casa junto al río, de Elena Garro, que había leído años atrás y relee un  fragmento: “Enfrentarse al reflejo del pasado produce el exacto pasado y buscar el origen de la derrota produce la antigua derrota.” Entre más indaga en el pasado, más se sabe y se siente como una repetición, una vida ya vivida, un lugar ya visitado, el doble de otro doble, ¿Paloma Sanlúcar, Mariana su abuela?, alguien que no es ella y sin embargo lo es, tiene un cuerpo que puede palparse. “Soy yo siendo muchas otras”. Un poco como sucede en la siniestra historia contada por Elena Garro, la genealogía a la que pertenece nuestra protagonista ha sido envuelta y dominada por ese tiempo circular que, como un carrusel, los hace repetir experiencias como las locuras del amor y el desamor, la muerte, el duelo inconcluso por los muertos, la escritura para enfrentarse a la muerte y lidiar, en vano, contra ese tiempo que, reitero, los repite en cada una de sus rondas trágicas por los siglos de los siglos.  

En medio de la nada y del silencio, puesto que la abuela también había muerto hacía muchos años, ¿qué es lo que queda para la solitaria Inés ahora que se encuentra en la misma casa en que vivieron sus ancestros? La escritura, llegar al fondo del abismo para salvarse o enterrarse para siempre.

Pero El sueño de Paloma Sanlúcar, además de ese viaje alucinado por un mundo en el que todos están muertos y por lo mismo se nos sumerge en los recuerdos, sueños y vigilias que va escribiendo, anotando, la narradora Inés, también es el intento novelado de reconstruir el diario que llevaba su bisabuela andaluza Paloma Sanlúcar, quien había llegado a la bahía de Topolobampo en 1886, acompañada de su hermana Clarissa y un grupo de artistas, con el propósito de establecerse en la utópica colonia socialista proyectada por Albert Kimsey Owen. Devoradora de libros, Paloma se convirtió muy pronto en la bibliotecaria de la colonia y comenzó a publicar Génesis, periódico mensual que informaba sobre las actividades y hechos que ocurrían en la colonia y entre los colonos.

Con la finalidad de documentarse para escribir la novela El sueño de Paloma Sanlúcar, especie de biografía, y de paso hurgar en su propio pasado, Inés viaja a la ciudad de Los Mochis y encuentra la imagen de su bisabuela en una de las viejas fotografías que exhiben las paredes del Museo Regional del Valle del Fuerte y ahí comienza otra historia.

Más que la escritura de una biografía o la búsqueda de una bisabuela, El sueño de Paloma Sanlúcar, la novela de Ernestina Yépiz, es un trabajo de introspección, un conjunto de historias, esbozos y recuerdos que se van desarrollando no tanto en el tiempo de la realidad sino en el tiempo de la psicología, la memoria y los sueños. Como en la narrativa de Virginia Woolf, aquí el tiempo de la historia y la estructura de la trama se desenvuelven, mayormente, en la interioridad reflexiva de su personaje Inés Nazzaro, en sus monólogos narrados, en sus reacios y escuetos diálogos, en el devenir de sus angustias, en sus vueltas imaginarias al pasado que recuerdan, en efecto, a Juan Rulfo y a Elena Garro.   

Dentro de esta novela hay otra novela en construcción, lo que nos permite asistir al proceso de escribir, que es también el de fracasar. Inés escribe y reescribe porque una y otra vez fracasa en lograr la oración y el párrafo perfectos o en asir un pasado lejano que se le esfuma. Mientras revisa, solo constata que lo que escribe no es más que un borrador o el ensayo de un aprendiz. ¿No es eso ser escritor? Fabio Morábito cuenta 

“la anécdota de aquel hombre a quien su mujer le pidió que escribiera un justificante para su hijo que había faltado a la escuela. Mientras ella se apura en los preparativos para salir con el niño rumbo al colegio, el hombre lucha en la mesa del comedor con el justificante: quita una coma, vuelva a ponerla, tacha la frase y escribe una nueva, hasta que la mujer, que está esperando en la puerta, pierde la paciencia, le arranca la hoja de las manos y, sin sentarse, garabatea unas líneas, pone su firma y sale corriendo. Era sólo un justificante escolar, pero para el marido, que era un conocido escritor, no había textos inofensivos y aun el más intrascendente de ellos planteaba problemas de eficacia y de estilo. Quise escribir el justificante perfecto, confesó el hombre en una entrevista. En efecto, escritor es aquel que se enfrenta como nadie al fracaso de escribir y hace de ese fracaso, por decirlo así, su misión, mientras los demás, sencillamente, redactan.”

A lo largo de esta novela la narradora no deja de escribir, como pasión, como prueba de su fracaso, como enfermedad, como rutina, como una manera de salvarse no se sabe de qué y también, según nos dice, para ahuyentar la soledad. Pero yo creo, con María Zambrano, que en realidad escribe para defender la soledad en la que siempre ha estado y poder así comunicar aquello que solo ella vislumbra desde una soledad y silencio radicales o que otros le dictan desde otro tiempo, otra época. Escribir es una arma contra el tiempo, contra el olvido. Una guerra sin fin, una batalla que solo los verdaderos escritores, los escritores conscientes de su falla, saben que de antemano está perdida. 

Se ha dicho que el ensayo literario se hace ensayándose, mostrando a la luz el proceso de pensar y poniendo a danzar a las ideas. A través de un personaje escritor, introspectivo y autobiográfico como Inés Nazzaro, Ernestina Yépiz nos ofrece la posibilidad de presenciar una obra narrativa que produce el efecto de escribirse mientras la vamos leyendo, y se va escribiendo, no sin sufrimientos, con una pluma ficticia que lo mismo abreva del ensayo, la memoria, el relato biográfico, la poesía, la metaficción, la paráfrasis y la novela, a la manera de Sergio Pitol y Enrique Vila-Matas, rompiendo así la camisa de fuerza en la que pudo convertirse un género literario como la novela. “Delirar es mi condición. Cuando escribo habito un territorio sin fronteras”, confiesa Inés. Y el territorio sin fronteras por excelencia, lo sabemos, es el de los sueños. Antes que la estructura novelística, la trama de la historia o el perfil de los diferentes personajes, lo que hace interesante a esta novela es la incesante reflexividad en la que nos zambulle su narradora mientras va en busca de su pasado. Es un fluir su escritura, un dejarse arrastrar por la corriente de las imágenes y los pensamientos que desembocan, misteriosamente, siempre hacia atrás, hacia sus muertos, hacia el origen. Si bien hay una historia breve de amor en esta novela e Inés nos comparte que ha amado y la han amado en diversas ocasiones, se nos priva en realidad de esas historias porque lo relevante es situarnos en un pasado remoto y en un tiempo presente que solo se explica y solo se vive por ese pasado. Paradójicamente, lo muertos de Inés no terminan de morirse.  

“El texto es una productividad”, escribió Roland Barthes. Es un escenario de producción en donde se reúnen al autor y el lector, y es también tejido, lienzo de palabras. ¿De qué material se compone El sueño de Paloma Sanlúcar? Gracias a la fuerza sensual y evocativa con la que su autora, poeta al fin y al cabo, plasmó y distribuyó las palabras, esta novela, además de escritura íntima, es un tejido poético de olores, sabores, rumores, texturas y recuerdos, que lo mismo consigue transmitir el olor de la brisa marina que del bosque húmedo, el ruido de las olas que en su canto pertinaz se repiten que el cosquilleo en las plantas de los pies al pisar la hojarasca, el sabor de un chocolate amargo que el aroma insustituible, eterno, del café, o el espectáculo de una parvada de aves que se contorsionan coordinadamente en el aire. Si bien la narración en esta obra es ensimismada, dado el temperamento de Inés, también hay pasajes llenos de vida, de literatura que sale a pasear al aire libre. El texto de esta novela, pues, es un espacio para el goce, un trabajo paciente del lenguaje, escrito con todo el cuerpo y el ejercicio de los sentidos, pero para que se active, para que se anime en su totalidad, requiere de otro lenguaje creativo, vivo: el de nosotros los lectores de ficción. 

En El sueño de Paloma Sanlúcar, Ernestina Yépiz logró captar a Inés en toda su dificultad de habitar el mundo, el externo y el interno, espero haberlo mostrado. “Mientras tenga preguntas y no tenga respuesta continuaré escribiendo.” Son palabras de Clarice Lispector, la gran escritora de la introspección, pero se parecen a las de Inés Nazzaro.