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Tres años sin El Feroz

CULIACÁN

Culiacán, Sinaloa. Aquella mañana al amanecer del 25 de abril de 2011, nadie sabía que El Feroz había muerto. Unos campesinos que pasaban por el camino de terracería en Caitime, Salvador Alvarado, a la carretera México-15, fueron los primeros que vieron el automóvil Jetta, color gris, propiedad del maestro de letras de la UAS. Avisaron y la policía de Guamúchil y al Ministerio Público, los cuales, pronto llegaron. Recargado del lado del copiloto estaba el cuerpo de un hombre que sobrepasaba los 50 años, semicalvo y con heridas de bala en el cráneo. Nadie sabía que era El Feroz, pero por su licencia de conducir supieron que la víctima se llamaba Álvaro Rendón Moreno.

Según reportes periodísticos, no hallaron casquillos ni más indicios, que perforaciones de bala en el vehículo y esquirlas. Fue hasta que a mediodía la familia del maestro fue contactada, entonces la noticia corrió: mataron al Feroz, al maestro de literatura.

Su caso aún permanece archivado en la Procuraduría General de Justicia.

En la memoria colectiva. El Feroz, como lo conocían debido a esa voracidad que tenía por leer literatura, quedó en la memoria colectiva de sus alumnos

de letras. Sigue presente el personaje que caminaba por los pasillos de la escuela con un lápiz sobre la oreja, o también, entre su labio y su nariz; permanece la figura flacucha detrás del escritorio, hablando de La Ciudad y los perros de Vargas Llosa, o de los personajes exóticos en El Reino de este

mundo de Alejo Carpentier, pero también opinaba de Borges, de El otro. Igualmente, llegó a compartir anécdotas personales, como el robo de su auto, situación que tomó con humor.

"Para discutir literatura las cantinas". Sus alumnos, que también eran sus amigos, no razonan cómo es que un hombre empecinado con los libros, fuera una víctima más de la violencia, muerto en manos de criminales, que ni en la ficción figuraban en su vida. Así se acuerdan de su profe:

"Las conversaciones con él iban desde buenos y malos libros, hasta buenos y malos vinos. Se podía hablar de todo o casi todo, y siempre encontraba un fragmento o personaje de algún texto para relacionar. El Feroz le decían, siempre me sorprendió ese apodo, hasta el día que entré a mi primera clase con él, llena de discusiones, de personajes, contextos, narradores y ambientes literarios, entonces comprendí ese apodo que tan bien le iba", explica Karla Rocío García.

"Si todo lo que le acontece a un hombre desde el instante de su nacimiento hasta el día de su muerte ha sido prefijado por él, estas líneas han sido tramadas por Álvaro Rendón en su meditabundo caminar por los corredores de la facultad, su sonriente camisa arremangada y mezclilla, pero sobre todo,

por sus demasiadas letras que no me cansaré de repetir. Repite su terrenal maestría mientras me dice: `para discutir literatura las cantinas´, `combinar

el tequila es una perversión´, `como dijo el otro, que la vida no vale nada´. Gracias Feroz'", comparte Ernesto Corona.

"Lo recuerdo caminando por el pasillo de la escuela de Letras y también, sentado en el salón de clases, con su ferviente discurso narrativo que nos mostraba la sensibilidad que un hombre puede tener; que con una lucidez inigualable nos hablaba de los autores y nos contaba tantas historias –que cuando no las habíamos leído siempre terminaba diciendo: "no, pero eso no es todo, ya lo verán cuando lo lean", se reía un poco y se iba. Sus amigos, los que

lo conocimos y convivimos con él, no podremos nunca olvidarlo, pues su personalidad y entrega por las letras quedó marcado en nuestro ser como

el ejemplo del buen lector. La muerte de cualquier hombre nos disminuye como sociedad, pero la muerte del "Feroz" dejó desamparados a los lectores

sinaloenses, a los que deseosos por escuchar un discurso ameno y elocuente lo asediaban, y a las nuevas generaciones de lectores a las que, sin

duda alguna, les hará falta el profe Feroz", concluye Clara Hernández.