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Conrado Espinosa, el gran maestro de la región

En los pueblos de México hace muchos años había tres personajes que se distinguían de los demás: el cura, el maestro y el banquero (donde lo había).

Por: El Debate

Conrado Espinosa, el gran maestro de la región

Conrado Espinosa, el gran maestro de la región

En Los Mochis viejo, cuando todo empezaba a emerger, existió un hombre foráneo, de los que esta ciudad está compuesta, que llegó con la única encomienda de educar a los jóvenes mochitenses, pues en esos años la educación secundaria no existía. 

Fue el Centro Escolar del Noroeste el primero en tenerla.  El 3 de abril de 1930 se instituyó oficialmente una organización llamada Fomentadora de Instrucción y Educación Social Civil Limitada, por iniciativa de uno de los altos funcionarios de la USCOS, Ignacio I. Gastélum, quien había logrado reunir a 63 personas originarias de diferentes poblados de los municipios de Ahome y El Fuerte. La institución inició con un capital proporcional de 63 mil pesos, que variarían según el número de socios.

Tenían objetivos bien definidos, como la construcción de planteles educativos, y como la mayoría de los pioneros de la fomentadora se dedicaban a labores relacionadas con el campo, pensaron que lo mejor era iniciar con instituciones que formaran técnicos agrícolas. Fue entonces que se plantearon la idea de crear un Politécnico.

Los terrenos destinados para esa obra tuvieron una extensión de 18 hectáreas pertenecientes a la USCOS, empresa que vendió todo ese espacio por mil pesos, declarando en el contrato de compraventa su deseo de favorecer el desarrollo de la instrucción pública, e imponiendo la única pero tajante condición: los terrenos debían destinarse únicamente a fines educativos. Todo esto fue una donación de Benjamín Francis Johnston.

Mausoleo. Aquí descansan los restos del profesor Conrado Espinosa y de su señora madre, doña Soledad Rodríguez.

Su interés en Sinaloa

Conrado Espinosa Rodríguez conoció al general de brigada Ramón Fuentes Iturbe durante 1915 y tuvieron una cercana amistad debido a sus creencias afines (pertenecieron al mismo grupo de espiritualistas en Jalisco, pues el ya fallecido Madero había dejado un precedente). Esa amistad sembró en Conrado un genuino interés por Sinaloa. Venustiano Carranza llegó triunfante a Guadalajara, el general Iturbe se encargó de organizar una serie de festejos, pues era su adepto.

En uno de esos días de convivencia, un grupo de jóvenes tuvo la oportunidad de viajar en coche con el presidente debido a las mismas celebraciones. Él les preguntó sobre sus aspiraciones y Conrado, que estaba en el reducido grupo, le contó que deseaba estudiar medicina después que terminara la normal, y su mayor anhelo era irse a París, así que Carranza le extendió una carta abierta para que viajara a Francia cuando terminara sus estudios.

Fue satisfactorio pues su vida estuvo marcada por cosas así de espontáneas, su personalidad y su talento lo hicieron merecedor de distintos cargos y distinciones a lo largo de su vida.

Iturbe, un par de años después, se convertiría en gobernador del estado de Sinaloa y en uno de sus viajes a la capital del país visitó de paso al profesor Conrado, quien residía en Guadalajara y trabajaba en un centro pedagógico experimental.

Viendo la forma de ayudarlo le otorgó una carta de presentación para el director general de Educación en Culiacán y una buena cantidad de oro. Según sus memorias, Espinosa zarpó de Manzanillo acompañado de su madre con rumbo a Sinaloa.

Llegó al puerto de Mazatlán y ahí tomaron el tren a Culiacán, en el que hicieron unas 12 horas de camino. Los dos años de experiencia trabajando como maestro en Guadalajara y la recomendación le ayudaron a obtener el trabajo de maestro de sexto grado en la escuela Benito Juárez. En colaboración con un grupo de jóvenes maestros del Colegio Civil Rosales fundaron una revista como órgano estudiantil llamada Vesper, con la que Conrado Espinosa estuvo involucrado por muchos años, aun cuando dejó de vivir en Sinaloa.

Con el paso del tiempo y entregado a su vocación le dieron el cargo de inspector de cinco municipios: Culiacán, Mocorito, Elota, San Ignacio y Cosalá. Además, daba clases particulares en su casa a hijos y sobrinos de sus personas más allegadas. El general Ramón F. Iturbe se vio en la necesidad de dejar la gubernatura cuando Venustiano Carranza fue asesinado. Tiempo después fue perseguido por carrancista.      

A mediados de 1922 la situación en Sinaloa ya no parecía favorecedora tampoco para el profesor debido a los cambios políticos, pero a nivel nacional empezó a ocurrir una situación muy interesante para el área de la educación: José Vasconcelos fue nombrado secretario de Instrucción Pública y se encargó de realizar la primera reforma educativa. Todo esto no podía serle indiferente al gremio de maestros, muy por el contrario, los discursos en los que se convocaba a misioneros de la educación habían tocado los corazones de muchos, incluido el de Conrado Espinosa, así que emigró a la Ciudad de México. Ahí se reencontró con su amigo Iturbe, que había resuelto su antagonismo político y había iniciado una explotadora de petróleo, trabajó junto a él un tiempo sin olvidar sus objetivos pedagógicos.

Edificio original de la Escuela Politécnica que se convirtió en el CEN.

Su estadía en EU

A pesar de que conservaba la tenue ilusión de irse a París, su vocación lo llamaba. Olvidó la idea de estudiar medicina y tomó la primera oportunidad como misionero para fundar una escuela en la sierra de Hidalgo, en el poblado de Zacualtipán, donde ascendió a director general de Educación en el estado de Tabasco, pero los constantes cambios en la Presidencia de la República afectaban su desempeño en el cargo y prefirió salir del país con rumbo a San Antonio, Texas.

Ahí se contactó con un medio periodístico de habla hispana y trabajó como redactor en El Nacional, al mismo tiempo que reanudaba sus colaboraciones en Vesper, la revista que aún era publicada en Culiacán. Conrado Espinosa fue un hombre de gran trato y por eso fue que los amigos le duraron toda la vida.

Volvió a México esporádicamente a acompañar al general Iturbe, que dirigía algunos movimientos de lucha. Así estuvo por primera vez en algunos lugares de la república como en Los Mochis, sin saber que después sería su hogar.

Su presencia como maestro le generó algunos sucesos que le parecieron importantes para plasmar en sus memorias: en una ocasión, mientras trabajaba en Santa Bárbara, California, una inspectora escolar fue a buscarlo y a pesar de presentarse con ella como periodista, ella fue a pedirle ayuda como profesor pues había un grupo de mexicanos alterando el orden en un sector aledaño y necesitaba que alguien hablara con ellos y defendiera en una reunión de maestros en la que determinarían qué hacer en su contra pues se comportaban salvajes y revoltosos. Fue una labor difícil. Se propuso hablar con ellos, pero terminó siendo apedreado junto a sus acompañantes. Pudo conseguir apaciguarlos un poco, después tuvo que cambiar de trabajo y salir de Santa Bárbara y aquellos apenas empezaban a calmarse. 

La propuesta de Iturbe

En ese mismo tiempo ocurría que en la ciudad cañera seguían las gestiones de la Fomentadora de Instrucción y Educación, S.C.L., y empezaron a erigirse las estructuras de lo que sería la escuela, pero no contaban con una persona que pudiera tomar las riendas de la enseñanza. Fue por eso que necesitaban buscar un candidato, una persona preparada pues en Los Mochis todo se había iniciado con hombres sobresalientes y capaces y una responsabilidad como la de educar a los jóvenes de la región no podía estar en las manos de cualquiera. Aquel candidato surgió en una plática entre don Agustín Airola y el general Iturbe, que estaban en México conversando acerca del tema. Iturbe no esperó más y le envió una carta a Conrado Espinosa explicándole el tema y proponiendo que se pusiera en contacto con ellos, que tanto Airola como él iban a propiciar la comunicación. 

Su llegada a Los Mochis

Conrado Espinosa tenía una buena vida en Estados Unidos, pero su madre no terminó de acostumbrarse a su estancia en aquel país. Fue esa una buena razón, entre muchas otras, que lo hicieron tomar la oportunidad y venir a Los Mochis. Para tal asunto le escribió primero a don Rosario Grijalva, tesorero de la Instructora de Educación, y le aclaró cómo fue que Iturbe y Airola lo habían enterado de las necesidades de la organización y aprovechando eso se ponía a sus órdenes y anexaba un texto con las bases para un sistema educativo que diera resultados. 

Valores como la enseñanza, la educación, el laicismo, el civismo, la familia y el humanismo y también desglosó un plan de estudios que estaba compuesto por kindergarten (2 años) primaria elemental (4 años) primaria superior (2 años) y vocacional (2 años), para que los jóvenes pudieran detectar y desarrollar sus aptitudes. Después de una serie de correspondencia en la que ya participaban otros de los integrantes de la Fomentadora, se llegó al acuerdo de cederle el edificio al profesor por un lapso de diez años, dejando los primeros tres sin costo alguno para recompensar los gastos de instalación.

Tal fue la sorpresa del maestro Conrado Espinosa cuando llegó aquí en 1934. El inmueble no era lo que se había imaginado. El señor Ignacio Gastélum había fallecido un par de años antes, así que la organización ya era más bien un lánguido recuerdo de lo que fue al principio. Las obras dejaron mucho que desear y los socios se habían deslindado económicamente pues ya no tenían que quedar bien con el influyente desaparecido funcionario de la USCOS. 

No había más opción, había dejado todo en Estados Unidos y en su mente ya había diseñado todos los planes para echar a andar la escuela en Los Mochis. Firmó el contrato de arrendamiento el 15 de junio de 1934 y las clases debían iniciar en octubre, así que tenía poco tiempo para habilitar el edificio de piedra al pie del cerro y (que ahora lleva su nombre), pero en aquel entonces no tenía puertas ni conductos de agua, ni tuberías, era puro cascarón.

Así luce hoy la Casa de la Cultura Conrado Espinosa, que surge en 1995.

El CEN

Respecto al sistema educativo, el “politécnico” le dejaba mucho que pensar y aunque era prácticamente una orden de los integrantes de la Instructora, el profesor se resistía, le parecía absurdo. Tomó su plan y lo hizo efectivo, con los niveles educativos que desde antes había planteado a través de cartas, al mismo tiempo que pensaba en el nombre perfecto para la institución.

A su ver el nombre de un personaje histórico era muy trillado, y Politécnico resultaba pretensioso para la modesta forma en que iniciarían. Buscó algunos temas como referencia y vino a su mente la geografía, así nació el Centro Escolar del Noroeste. Poco a poco a base de trabajo se fue acondicionando el inmueble para estar listo en la fecha acordada.

Empezó a funcionar como primaria y con pocos alumnos, pero su progreso fue muy rápido gracias a la preparación del profesor, que era exigente pero tenía un alto nivel educativo. Sus alumnos hablaban inglés, eran organizados y fueron los primeros que se uniformaron para marchar en los desfiles. En los éxitos de los alumnos se reflejaba la disciplina del maestro que pronto pudo levantar también la secundaria e internado, así fue como empezaron a venir alumnos de Sonora y Baja California a estudiar aquí. 

Un día cualquiera, de manera inesperada, recibió la visita de don Benjamín Johnston y su esposa, la señora Inés, su hijo Sherwood y la esposa de este, Wen, y unos funcionarios de la empresa azucarera. Todos tenía una gran inquietud de conocer la escuela, pero Johnston puso especial atención en carencias y necesidades. 
Además de la donación del terreno que había hecho años antes para la edificación de la escuela, equipó por completo un taller de carpintería, pues siempre tuvo deseos de ver a Los Mochis progresar. 

Al profesor no le alcanzaba la cuota para los gastos que el colegio requería y ponía dinero de su modesto salario. Así fue el gran maestro.

Junto al exgobernador Alfredo Valdez Montoya y el doctor Mario Grijalva Camou, Alfredo Salazar Vidal, mi padre, perteneció a las primeras generaciones del Centro Escolar del Noroeste y siempre mantuvo una buena relación con el profesor. Debido a esa amistad tuve la oportunidad de pasar dos periodos vacacionales en su casa de Barobampo más o menos en 1963 y 64. Fernando Robles Usher y yo fuimos sus alumnos de regularización.

Podíamos jugar y recorrer el Cañón del Diablo y ver las cuevas de los jeroglíficos, a la vez que nos ponía al corriente con las clases. Lo recuerdo como un hombre sabio y de mucha paciencia, otra parte de mi vida que presumo gustoso y que comparto en el hilo de esta historia para que el lector pueda comprender mi contacto con los grandes personajes de quienes escribo. (Colaboración Alfredo Salazar Hermosillo).

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