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Pésima decisión tomada

LOS MOCHIS

El director general de Servicios Públicos Municipales de Ahome, Miguel Ángel Gutiérrez Bazúa, no derribará la barda que construyó en forma ilegal sobre el trazo de la calle Gabriel Leyva en su fraccionamiento Las Haciendas hasta que la rúa llegue a ese punto del sur de la ciudad.

Esa es la decisión que tomó la administración municipal desde que estalló el escandalo, pero que la oficializó ayer el secretario del Ayuntamiento Álvaro Ruelas Echave, acompañado del director Jurídico, Martín López Montiel y del propio Gutiérrez Bazúa. A cambio, éste último firmó un convenio en el que renuncia a cualquier derecho por la afectación de su terreno con la construcción a futuro de la calle Leyva, al sur de la ciudad.

No es desechable la buena voluntad del empresario metido al servicio público que en el futuro (si cumple su palabra y respeta el convenio) se va a desprender de su propiedad a cambio de nada (indemnización) para dejar pasar la calle por su fraccionamiento.

Sin embargo, su buena voluntad no está a discusión en el caso y más cuando se toma de referencia el hecho de que renunció a su salario como director general de Servicios Públicos Municipales.

Lo que está a discusión es el cumplimiento de la ley, lo que parece pasar por alto en forma intencional el propio Gutiérrez Bazúa, respaldado por el alcalde Arturo Duarte García y su primer círculo de colaboradores.

Lo anterior no es cosa simple cuando se revisa que Duarte García y los suyos, desde la plaza pública, pregonan que son garantes del estado de derecho, lo que en los hechos no lo aplican cuando de favorecer a uno de los íntimos se trata.

¿Cual es el punto?. El punto es que Gutiérrez Bazúa construyó una barda sin el permiso del Ayuntamiento, lo que constituye una ilegalidad, lo que él mismo reconoció. Ese es el punto, no hay otro. Incluso, ya en una ocasión la barda se la habían derribado por lo mismo.

Pero ahora, como el alcalde es su amigo y su jefe en el gabinete, se le tolera. Así, el alcalde, el que debe cumplir y hacer cumplir la ley, reproduce el viejo sentimiento más nocivo del poder: la soberbia. Y con ello se convirtió en algo peor: impulsor de la impunidad. Con la decisión tomada, sólo resta conocer el saldo que ello le acarreará en el futuro.