Opinión

La muerte de un mochiteca

Por César Velázquez

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Parafraseando a Gabriel García Márquez, diría que la historia no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla. Recuerdos remotos, lejanos, de pronto, frente a un acontecimiento inesperado, fortuito o casual, son recreados y uno los cuenta a su modo atendiendo a una retrospectiva temporal que inevitablemente es distorsionada. Es el caso al que me voy a referir. Es la pátina del tiempo, a la que aludía mi inolvidable amigo Liberato Terán Olguín.

Leo en este su periódico edición digital, la nota: “Muere exboxeador mochitense Everardo Armenta. Fue el primer campeón nacional que tuvo la ciudad de Los Mochis”. Y el autor, Efrén García, añade: “El cinturón del país se lo ganó a Eusebio Hernández por nocaut efectivo en combate efectuado en esta ciudad la noche del 30 de septiembre de 1961”.

Esa noche, la arena Unión, apenas inaugurada, por la avenida Álvaro Obregón, cerca de la escuela José María Morelos y Pavón, en la que hice casi todos mis estudios primarios antes de mudarne a Culiacán, estaba repleta. La recuerdo enorme, gigantesca, con su graderío de madera, aunque viéndola o recordándola bien, era un coso pequeño, con capacidad para unos dos mil aficionados, a tono con una ciudad que apenas empezaba a vivir su transición de la sociedad rural al mundo urbano.

El caso es que ahí estaba yo, esa noche gloriosa, en ring side, acompañado de mi padre —bueno, eso es lo que creo recordar y así lo quiero contar, a lo mejor estaba en la última de las gradas, fíjese bien que estoy hablando de un acontecimiento ocurrido hace ¡56 años!—. Vi subir al cuadrilátero a Everardo Armenta, escuché el rugido de la multitud y me pareció un gigante. En realidad, nada extraordinario: un peso medio, 173 libras, 73 kilos. Pero para un pueblo sin héroes, apenas cuatro años antes había muerto Pedro Infante, era una figura gigantesca.

En eso estaba, cuando de pronto aparece Eusebio “Chebo” Hernández. Lo había visto en los entrenamientos, pero cuando subió al cuadrilátero, me pareció Gulliver –luego sabría quién fue Gulliver—y pensé: lo va a aplastar. Pero nada: llega el cuarto round y un derechazo de Everardo se estrella en el rostro del campeón, que se va arrastrando hacia su esquina, donde se decreta el nocaut. Recuerdo que ese golpe nadie o casi nadie lo vio. Algo así como aquel con que Cassius Clay noqueó a Sonny Liston.

Pero supongo que eso fue lo de menos. Mochis, en efecto, tenía su campeón. Era nuestro campeón y motivo de orgullo. Luego una pelea con Memo Ayón, que apenas si recuerdo por las crónicas de EL DEBATE de Los Mochis, y no muchas cosas más. Viene la migración a Culiacán, donde habría nuevos ídolos.

Pero esta es la historia que recuerdo y cómo la recuerdo para contarla. Es un mínimo homenaje a uno de mis primeros ídolos en el boxeo local, pues ya estaban ahí ocupando un pedestal figuras como José “Toluco” López, Raúl “Ratón” Macías y Joe Becerra.

Y como con la noticia de su muerte llegó la pátina del tiempo, va también el homenaje para otros boxeadores locales de la época: Joe Valdez, Mayico Robles, Freddy Félix, Chichí Ontiveros. Ah, y por supuesto, Jesse Armenta.

Son remotos recuerdos de mi infancia.

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