Los Mochis

Carta de una fortense: El Infierno en la tierra existe y se llama El Fuerte, Sinaloa

"Lo que actualmente se vive en El Fuerte, Sinaloa, es una situación de abuso a los derechos humanos, un infierno terrenal"

Por  El Debate

El Fuerte, Sinaloa.(Foto: EL DEBATE)

El Fuerte, Sinaloa. | Foto: EL DEBATE

Carta a la redacción
Por Ana Izábal

No se trata ya de oposiciones ni partidos políticos, no se trata ya de acuerdos turbios, de relaciones de conveniencia concretadas por debajo del agua, entre sombras y a medias tintas; lo que actualmente se vive en El Fuerte, Sinaloa, es una situación de abuso a los derechos humanos, un infierno terrenal. 

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La ingobernabilidad, la ausencia de una figura de poder competente, legal y trasparente, el desorden social, la situación constante de traición y corrupción, la falta de atención y acción para el bienestar social y colectivo, son solo algunos de los elementos que conforman la dinámica política y social actual en el dichoso “Pueblo Mágico”. 

Decisiones tomadas con total libertad de albedrío ya no pueden ser consideras como “fallas” o errores, sino como acciones conscientes que rayan en la sociopatía. El despilfarro y acaparamiento de los recursos que, aunque destinados a todos los ciudadanos por igual, clase trabajadora que sale adelante a pesar de las vejaciones y negligencias, terminan en las manos de algunos pocos, de esos infames que en su paso por las oficinas del Ayuntamiento no hacen absolutamente nada que resulte de verdadero valor y trascendencia para la comunidad a la que están sirviendo, aunque para eso se les pague, aunque para eso se les elija. 

Todas estas dichosas “faltas” ya no pueden seguir siendo consideradas, mucho menos perdonadas, bajo la excusa de la resignación, sino que deben pronunciarse como lo que realmente son: violaciones a los derechos humanos, ilegalidad y monstruosidad. 

Quien lea esto sabrá de lo que estoy hablando: gestión deficiente e inconstante en cuestión de agua, alumbrado, seguridad, economía y limpieza, solo por mencionar algunos. El Fuerte es un pueblo mágico basado en el engaño y la apariencia, somos una fotografía que despierta asombro, admiración y suspiros para quienes solo van de paso, para quienes enfocan su atención en los puntos más luminosos y conservados de esta tierra que no ha logrado nada más que cavar cavar su propia tumba en el pasar de los años. Es una belleza turística que gracias a los filtros, a la publicidad sesgada y a los mensajes persuasivos, logra convencer de su esplendor solo a los ajenos a la realidad que aquí se vive. El Fuerte Pueblo Mágico no es una joya mexicana, es un basurero repleto de peste y mugre, figurada y literalmente. 

La actual “alcaldesa” se ha defendido y protegido con el escudo de un supuesto “machismo político”, como si su género o apariencia fuesen factores al momento de evaluar su incompetencia, como si el hecho de ser mujer le excusara su mediocridad y evidente necesidad de reconocimiento en las esferas políticas más elevadas. Ella, quien dice sentirte orgullosa de estar “haciendo historia” al ser la primera mujer en ocupar las oficinas del H. Ayuntamiento, podría también recapacitar en el hecho de que no todo lo que es historia, es digno de admiración y aplausos. 

Pero justo es decir que la “alcaldesa” es solo la punta del iceberg. Quienes le precedieron también dejaron su huella de abuso, delincuencia y descaro en El Fuerte, y quienes amenazan con venir después de ella parecen seguir el mismo camino de oportunismo, incompetencia e ilegalidad, el sendero dorado para los que solo quieren atiborrar sus bolsillos y sus egos. 

Si todas las fallas de la última década de parte de los funcionarios públicos, así como de la comunidad misma, no habían sido suficientes para despertar una llama de indignación que se alzara más allá de las preferencias políticas o de los dimes y diretes mundanos, la muerte de un joven ciudadano lo hace ahora. Una muerte que es solo una pequeña muestra, aun así, devastadora, de lo que ocurre a medias luces, de lo que se dice a medias tintas, de todo aquello que no encuentra resolución ni alivio a pesar del descontento colectivo. 

El dolor de quienes perdieron a su ser querido se extiende a todos los que conocemos la frustración y el cansancio constante de vivir en el absurdo de este pueblo ingobernable y muerto, donde el panorama toma tintes apocalípticos cada vez más claros, donde los mortales y condenados somos nosotros mismos, los comunes, los mudos, los desarmados, los aplastados ante las fuerzas aparentemente invencibles del terrorismo institucional al que vivimos sometidos, cada quien aguantando desde su trinchera, cada quien, viviendo el infierno en la tierra a través de su propia experiencia e historia.

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