Los Mochis

Enfrentarse al Covid-19 con el diagnóstico incorrecto

Cómo es el proceso y el interior del sistema hospitalario público de cara a la pandemia por el coronavirus

Por  Ramón Verdín

Interior de la sala del triaje de la Clínica #49 en Los Mochis. Este punto es decisivo para determinar si el paciente es internado o no.(Ramón Verdín/ EL DEBATE)

Interior de la sala del triaje de la Clínica #49 en Los Mochis. Este punto es decisivo para determinar si el paciente es internado o no. | Ramón Verdín/ EL DEBATE

Los Mochis, Sinaloa.- El 28 de abril empecé a sentirme mal. Al principio, era una tos molesta que no me dejaba en paz, pero seguí adelante con mi vida, sin mayor complicación. Aunque no me mediqué en ese momento ni acudí a consulta con un doctor, pensé simplemente que la tos desaparecería.

En mi familia y entorno se vivía una incertidumbre: el temor a enfrentarse a una nueva enfermedad sin vacuna, agregando todos los mitos y el desconocimiento que hay alrededor. Era desesperante.  El resultado negativo de la prueba del coronavirus me llegaría hasta el lunes 18 de mayo, un día antes de que se venciera la segunda incapacidad. Tuve esta certeza veinte días después de los primeros síntomas. Antes estuve internado en un área Covid, aun sin estar enfermo de ello. 

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Síntomas iniciales

Estando en casa de mi pareja haría una visita rápida al súper. Desde una colonia en el suroriente de Los Mochis me dirigiría a pie a una tienda de formato exprés, situada en el fraccionamiento Las Cerezas, sobre el bulevar Pedro Anaya, no siendo una distancia superior a los 900 metros (once minutos a pie o cinco minutos en coche, según las estimaciones de las aplicaciones de geolocalización). 

Aunque a mis 30 años mi condición física no es envidiable, en el pasado hice mucha bicicleta y tengo el hábito esporádico de trotar, por lo que empecé a preocuparme por ese cansancio.

Compré algunos alimentos y llegué nuevamente a casa de mi ser querido. Le comenté sobre el tiempo que había tardado: me parecía mucho. Me respondió que en realidad la tienda no estaba tan lejos, que no regresé muy tarde, pero a mí el cansancio se me hacía exagerado, siendo un trayecto que ya conocía previamente y que hacía con menor esfuerzo. Eso me alertó, y me regresé a casa de mi familia. 

Ya en casa de mis padres, acudí a consulta a la Unidad Médica Familiar #37 del IMSS, donde se me dio tratamiento para la tos con flema que traía y Ciprofloxacino (un antibiótico). El diagnóstico fue bronquitis; sin embargo, mi respiración empeoró (disnea).

Los siguientes días continué en mis labores en el periódico EL DEBATE. Soy reportero de Investigación y también docente en una casa de estudios superiores privada. 

Con el fin de reducir riesgos de contagio entre los empleados, el medio había implementado estrategias, como trabajo home office, entrevistas telefónicas y turnos para permanecer de guardia entre los reporteros, por lo que mis actividades prosiguieron con relativa normalidad.

Primer contacto 

Todo empeoró el 5 de mayo: la tos empeoró, y me asusté. Mis inhalaciones, para que llegara algo de aire a mis pulmones, debían ser muy breves, como cuando se olfatea algo. Si trataba de hacer un gran respiro, la tos se me salía bruscamente.

Al llegar nuevamente a la Unidad Médica Familiar #37 del Seguro Social, con la dificultad para inhalar, lloré, y una de las enfermeras que estaba ahí me ayudó a caminar a la zona de triaje respiratorio, al que se ingresa por la calle Fuente de Júpiter.

Más gente esperaba su turno para ser atendidas. Enfermeras que estaban por salir de la enfermedad preocupadas por las personas y los prejuicios que podían presentar contra ellas. Una señorita recientemente contagiada de la enfermedad apenas podía sentarse y sostenerse, por lo que una de las mujeres que estaba ahí se ofreció para traerle un agua y que se pudiera tomar el medicamento. La muchacha no debía ser mayor a los 25 años, era rubia y bajita. Sus mejillas estaban completamente rojas por la fiebre que en ese momento tenía. 

Una hora tardaban con cada paciente. Me tocó el turno 1 de la tarde, pero quedaban todavía alrededor de cuatro personas antes que yo, y llegaban más todavía. Incluso, me tocó ver a excompañeros de una cadena comercial sinaloense que iban de salida, preocupados por su salud.

Después de un largo interrogatorio, me regresaron a casa con una incapacidad de catorce días y una caja de paracetamol. En cuanto salí, con toda la preocupación del mundo, le marqué a mis jefas directas y al área de Recursos Humanos de EL DEBATE de Los Mochis para compartirles lo que me pasaba: neumonía atípica, presunto Covid-19 fue el diagnóstico. 

Ese mismo día contacté también al número que la Secretaría de Salud de Sinaloa puso disponible para las personas con presuntos síntomas de coronavirus (6677-13-00-63), pero no fueron de gran ayuda, únicamente me dieron un número de folio (17590). Nunca me hicieron la prueba por parte de esa instancia, pese a que me calificaron como sospechoso. Habían prometido también que llevarían medicamento a mi casa, lo cual nunca sucedió. 

Mi familia consiguió un nebulizador y me daban inhalaciones de beclometasona, pero mi respiración fue en franco declive. El té de eucalipto se me hacía insoportable, igual que el vapor de ese mismo árbol con ungüento tópico de mentol. Mis inhalaciones seguían muy superficiales.

Complicaciones

El jueves 7 presenté mucho dolor de cabeza, sumado a la tos y a la disnea (dificultad para respirar).

El viernes 8 de mayo pasé la mayor parte del día en cama, abría los ojos y me mareaba, me dolía demasiado el pecho y vomité por la tarde, además de presentar el temido malestar estomacal. Tenía muchos síntomas. 

El sábado 9 de mayo era demasiada la tos: no podía contener la respiración por más de tres segundos y no podía ni con mi alma. 

Mi hermana con mis dos sobrinos, de 7 años y 11 meses de edad, no dejó de acudir a la casa en esos días, lo cual me estresó, por no saber a ciencia cierta cuál era mi afección. Mi papá, aunque regularmente viaja, en esos momentos se encontraba en el hogar. Él fuma, por lo que tampoco su estado de salud es envidiable. Por la noche me fue peor. 

Llamé a las 20:30 horas a una de las editoras para contarle lo que me pasaba hasta ese momento. 

Inicialmente, yo no quería ir a una clínica del IMSS, aunque al final el traslado fue al Hospital General de Zona #49 del Seguro Social. Ella me ayudó a llamar a la ambulancia de Cruz Roja y explicar mi estado de salud. Yo no podía hablar, me costaba. Me trasladaron hasta el hospital. 

El vehículo llegó a mi casa a las 22:00 horas. Los vecinos curiosos salieron a ver lo que pasaba. Por mi propio pie me subí a la ambulancia. Traía 38 grados de temperatura y mi saturación de oxígeno era baja, el nivel de oxígeno en la sangre rondaba los 60 puntos, de eso me enteré después. En verdad me costaba respirar.

Al estar dentro de la cápsula en la ambulancia me sentí aterrado. No sé por qué tomé una fotografía con mi celular como para tranquilizarme para recordar esto después, para reírme, todo era surrealista, me arrepentí de haber pedido ayuda. Hasta ese momento me manejé con relativa secrecía. Ser un presunto portador del coronavirus no es algo que se le quiera contar a todo el mundo. 

Amigos de este medio (la reportera Lupita Gámez y la fotógrafa Libertad Montoya), y de medios independientes (Arely Hernández), me hablaron en el instante para saber lo que había pasado. Les dije que se calmaran, que todo estaría bien.

En la clínica #49 del IMSS bajé de la ambulancia caminando y agradecí a los paramédicos. Me pasaron a un nuevo triaje. Habían dos hombres más, un muchacho con uniforme de estudiante de enfermería y una persona de la tercera edad. Al joven lo ingresaron. Al adulto mayor lo dieron de alta momentos después. Lo esperaba su esposa.

Después de un interrogatorio de una hora (el mismo que hice el 5 de mayo), me pasaron a una primera sala de atención intermedia. 

Interior de la cápsula que indica el protocolo de coronavirus en la ambulancia: provee oxígeno al paciente. Foto: EL DEBATE

Frío en el área Covid-19

Empecé mi tratamiento con un reservorio en la nariz (mascarilla), que tenía medicamento para ayudarme a respirar. Poco a poco recuperaba la saturación de oxígeno, pero seguía con altibajos en presión arterial. Ahí, el enfermero empezó con mi tratamiento con enoxaparina, azitromicina y atorvastatina. Me hicieron un catéter para administrarme el suero y fármacos (pensé que dolería más) y tomaron tres muestras sanguíneas. Esa noche no pude dormir: tenía frío. 

Pese a que seguían llegando llamadas y mensajes al celular, decidí ahorrar batería, y lo apagué. Ilusamente, creía que me permitirían conservar el teléfono. 

Muy de mañana, el 10 de mayo, me avisaron que me trasladarían a una zona de urgencias respiratorias, al interior del hospital. Me recosté en una de las camas y me trajeron el desayuno (una quesadilla de harina doble, con ensalada, fruta y crema de trigo), nada más ingerí la fruta y la bebida, tenía seis días sin comer adecuadamente.

Momentos después llegó una doctora a tomarme las muestras para la detección del coronavirus. El hisopo que va en la nariz es uno de los dolores más insoportables que he experimentado. Antes me advirtió:

No estornude, no me toque si le duele, y si tiene ganas de llorar, hágalo después de que le tome la muestra», fríamente.

Después, con otro hisopo tomó la muestra de garganta, que es indolora. 

A las 06:40 horas me informaron que me pasarían a piso y que debía dejar mis pertenencias. ¡Casi me muero! No podía quedarme incomunicado. Intenté hacer mil cosas para evitar que me quitaran mis celulares, pero cedí. Únicamente dejan pasar «cacahuatitos» o teléfonos de gama muy baja (en cuanto me dieron de alta pedí uno).

De la zona de Urgencias Respiratorias me subieron a piso. Era una sala muy grande, con cuartos y divisiones, donde los diferentes grupos de enfermeras que se turnaban para atender a los pacientes diariamente contaban hasta a quince enfermos. Cuando llegué, ya enfundado en una de las batas verdes, dieron de alta a un joven y a un adulto. Estaban desesperados por irse y por sus pertenencias. Eso me dio esperanza: sí podía recuperarme.

Aunque el equipamiento variaba, casi todas las enfermeras llevaban hasta triple bata azul, coberturas en los zapatos, lentes, múltiples pares de guantes, cubrebocas y caretas. Gracias.

A la izquierda de mi cama y frente a mí, a distancia muy grande, había dos señores de edad avanzada, ambos con respiración asistida. A mí me dejaron únicamente las «pinzas para respirar» (tubitos de plástico conectados al suministro de oxígeno del propio hospital). Poco a poco me di cuenta de que los grupos de enfermeras ya conocían a todos los pacientes. Siempre se referían a ellos por sus nombres. De hecho, habían tres enfermeras de nombre Kenia distribuidas entre los distintos turnos. 

Al hombre a mi izquierda siempre le hablaban por su nombre al cambiarle el pañal o al administrarle los suplementos alimenticios; mientras que al que tenía frente a mí lo regañaban porque se quitaba el oxígeno asistido. Decir que lo «regañaban» es una exageración. Las enfermeras hacían (y hacen) lo imposible con las herramientas que tienen para atender a la gente. En realidad, era una manera de seguir mostrando un trato cálido al paciente y siempre con el mayor profesionalismo.

Por la tarde, todavía no sé cómo, terminaron aceptando. Yo necesitaba un teléfono para marcarle a mi madre para felicitarla. Me prestaron un celular (embolsado en plástico) para marcarle. 

Mi madre, Alejandra Flores, permaneció en contacto con una de las editoras ante cualquier novedad. Me platicó sobre todos los que le habían marcado para preguntarle por mí, y no podía aguantar las ganas de meterme al teléfono y decirle que estaba bien. Después de todos los recados que le di, la felicité por el Día de la Madre. Desde mucho antes le había pedido un cheesecake de fresa, mismo que llegó por la mañana:

¿Cómo crees que voy a tener ganas de comer pastel, muchacho, si te tengo internado?» me increpó.

Como a las 18:00 horas tuve ganas de ir al baño por primera vez en todo ese viacrucis. Las enfermeras se dieron cuenta de que podía ir por mi propia cuenta, y lo anotaron como algo positivo.

Oscuridad y miedo

El 11 de mayo fue muy oscuro: desayuné, y ese día me quitaron las «pinzas» del oxígeno. Muy temprano llevaron a un adulto con síntomas sumamente complicados de enfermedad respiratoria y a un hombre de avanzada edad, pero consciente. El joven tenía un teléfono «chicharín», por lo que continuamente se comunicaba con sus familiares, mientras que el señor se desesperaba porque no podía establecer contacto con su esposa: quería pañales para adulto y que le dieran un teléfono.

En torno a las 20:00 horas, fallecería el señor G. Una de las enfermeras se dio cuenta minutos después. G. no tenía puesta la máscara del oxígeno: se la quitó, como justamente antes se había detectado. 

Le realizaron un electrocardiograma para registrar el cese de su actividad cardiaca. Siempre con mucho respeto, las enfermeras le cambiaron el pañal, como lo habían hecho antes, y metieron el cuerpo sin vida a una bolsa gris. Como los niños pequeños cuando están asustados en sus camas, me tapé los ojos con la sábana y lloré hasta las 00:00 horas del 12 de mayo, momento en el que retiraron su cuerpo de esa sala. 

Por lo que pude darme cuenta, las enfermeras no son las encargadas de retirar a los fallecidos, sino los camilleros, pero hasta el cambio de turno sucedió. Puedo asegurar a la familia del señor G. que en todo momento se le trató con cuidado y las atenciones fueron siempre de primera. 

El alta 

El 12 de mayo no quise ni desayunar de la emoción: ¡quería salir corriendo! Me avisaron que me darían de alta, y no cabía de la alegría. Los tragos amargos están para superarse y aprender de ellos.

El proceso para mi egreso duró cerca de dos horas, entre que me avisaron, le notificaron a mi familia, llegaron al hospital, me mandaron la ropa para vestirme (los zapatos llegarían más tarde), me bañaba, me quitaban el catéter y finalmente estuve listo. 

El joven se despidió de mí. No podía respirar, alcanzó a alzar el pulgar, deseándome suerte. El señor me dijo que me cuidara mucho. Lo mismo le pedí a él. 

Una jefa de enfermeras subió por mí. Me indicaron que debía desinfectar los zapatos y ponerles unas coberturas desechables. La ropa interior que traje durante todo el proceso me indicaron que la tirara, tal y como antes me advirtió uno de los doctores. Al final de un pasillo me dijeron que me quitara las coberturas de los zapatos, y tras la puerta estaba mi madre. Corrí a abrazarla, y la enfermera se puso de todos colores: «¡Recuerda que te vas recuperando, muchacho! ¡Sana distancia!», nos amonestó con una sonrisa.

«¡Hey! No te tomamos video. Regrésate tantito y hacemos como que vas saliendo, para que te aplaudan las enfermeras», me comentó, y ahí vamos todos para atrás otra vez. 

No son muchos los que pueden salir caminando como tú. Te lo mereces», aseveró.

Sinceramente, no me merezco nada, sino las enfermeras y los enfermeros sinaloenses que con todas las carencias se enfrentan al coronavirus. 

«Qué osada es la gente. Uno es el que los ayuda a salir adelante del coronavirus, y ahí andan queriéndonos hacer daño. Los doctores nomás llegan y dan órdenes», comentó una de las enfermeras que iba a consulta por coronavirus aquel lejano 5 de mayo que me dieron la primera incapacidad, ¡y cuanta razón tenía!. No es que los doctores no estén al pendiente de los pacientes, sino que el o la enfermera están más cercanos al enfermo. Por lo menos así fue en mi caso. 

Salimos por la puerta equivocada. En la escalera de Urgencias del hospital estaba mi pareja, esperándome. 

Estábamos afuera. Ya había superado lo peor, así que lo abracé y le dije lo mucho que lo quería. Me dijo que había tratado de comunicarse conmigo, y no tenía adónde, hasta que le marcó a una de mis compañeras. Más adelante estaba mi padre, en el carro: me abrazó. 

El secretario de Salud, Efrén Encinas, dijo el 10 de abril a EL DEBATE que a través del Laboratorio Estatal se estaban realizando las pruebas Covid-19 a todo el sector salubridad, a los hospitales privados y también al Issste. Explicó que al inicio de la epidemia en Sinaloa el IMSS enviaban por normativa federal los reactivos al Hospital La Raza, en la Ciudad de México, por eso tardaban varios días en llegar los resultados, pero se estableció un convenio, y se comenzaron a procesar también las muestras del IMSS en el Laboratorio Estatal.

El funcionario explicó que se tardaban 24 horas en informar los resultados porque esperan a recolectar las muestras que mandaban de todo el estado para que entraran en un solo kit. 

En mi caso no fue así: esperé días en incertidumbre, veinte desde los primeros síntomas. La Secretaría de Salud nunca me realizó la prueba. Al final estuve internado en un área para tratar a pacientes con Covid-19, pero el diagnóstico fue incorrecto.

EL DATO

Grupos de riesgo ante Covid-19

El Gobierno federal recuerda que las personas más vulnerables al coronavirus son aquellas mayores de 60 años, mujeres embarazadas, niñas y niños menores de 5 años, las personas que padecen enfermedades inmunodeprimidas, crónicas, cardiacas, pulmonares, renales, hepáticas, sanguíneas o metabólicas; así como quienes padecen obesidad y sobrepeso. Si se tienen dudas acerca de la situación de salud, se recomienda consultar al médico.

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