Los Mochis

Ponte en los zapatos de don Guillermo: sólo quiere trabajo para sobrevivir

El zapatero de Los Mochis se viralizó en Facebook cuando tres ‘ángeles’ lo publicaron para ayudarlo a no cerrar el negocio; Guillermo Ochoa remienda el calzado de decenas de clientes que han acudido a él para diferentes composturas 

Por  Blanca Robles

El remendador deja parte de su corazón en cada calzado que arregla y lo hace lucir como nuevo para que alegre el alma de sus dueños.(Javier Padilla/ EL DEBATE)

El remendador deja parte de su corazón en cada calzado que arregla y lo hace lucir como nuevo para que alegre el alma de sus dueños. | Javier Padilla/ EL DEBATE

Los Mochis, Sinaloa.- Guillermo Ochoa Salomón es un diestro en la compostura del calzado con una experiencia comprobada de más de 40 años. Por sus mágicas manos han desfilado miles de zapatos a los cuales ha hecho “cirugía” con una destreza maestra, por medio de la cual ha brindado una segunda y en algunos casos hasta una tercera vida a zapatos, tenis, botas, huaraches y zapatillas para que lleven a su destino a sus dueños con una sonrisa en el alma por la gratificante sensación de un buen caminar. 

Sin embargo y a pesar de que hasta el año pasado era una idea impensable, el doctor del calzado estuvo a solo horas de cerrar su negocio, el mismo en el que se inició cuando tenía apenas 12 años de edad. 

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Fueron tres “ángeles” los que lo ayudaron para que esto no sucediera al publicar su historia en Facebook. Uno de ellos, manifestó entre lágrimas el mismo Guillermo Ochoa mientras cosía unos tenis infantiles en su taller, llegó un día antes del cierre definitivo del Zapatito 2 para hacerle ver que los milagros existen y que estaba a punto de presenciar uno en su vida. 

Gran experiencia. Siempre pone todo su empeño. Foto: Javier Padilla/ EL DEBATE

Sus inicios 

El dueño del Zapatito 2 cuenta que fue en su infancia cuando durante la década de 1970 comenzó a trabajar este noble oficio con el señor Severiano Velasco, fundador del Zapatito y quien dominaba el oficio de una manera magistral. 

Así, con sus tiernas manos empezó por ponerle tapitas al calzado que llegaba al local y poco a poco, observando al señor Severiano y bajo sus consejos, iba adquiriendo cada vez más experiencia y conocimiento. 

Compañero de amor. Emanuelle, un joven con capacidades diferentes que necesita ayuda para atenderse, acompaña siempre a sus padres, Guillermo y María, en sus actividades. Foto: Javier Padilla/ EL DEBATE

Luego vendrían más tiempos felices, cuando a la edad de 22 años conoció a su hoy esposa, María del Rosario Zamorano Galván, a quien se unió en matrimonio hace 37 años. María, su mano derecha en la vida y en el trabajo, también sabe del negocio de la compostura del calzado, por lo que le ayuda cuando urgen las entregas y las manos de su esposo no se dan abasto. 

Protocolo de salud. Solo se puede pedir atención con cubrebocas. Foto: Javier Padilla/ EL DEBATE 

El declive

Pero esos años de bonanza han quedado atrás. Aunque desde hace aproximadamente una década el panorama ya era incierto para el negocio de Guillermo Ochoa por la introducción de cada vez más calzado a la región a menor precio, lo que lleva a las personas a optar por adquirir otros zapatos en lugar de arreglar los que ya tiene, la realidad es que la pandemia del Covid-19 vino a minar casi por completo esta actividad.

“Fueron casi cinco meses que tuvimos que cerrar por las indicaciones de salud, pero en ese tiempo tuve que pagar renta, agua, luz. Nunca dejó de llegar un recibo, aparte los gastos de la casa, las necesidades de mi familia, la comida. Han sido meses muy fuertes y desgastantes”.

En operación. Guillermo en su vieja y valiosa máquina de coser Singer, heredada por un familiar del Zapatito original. Foto: Javier Padilla/ EL DEBATE

Por eso, cuando las autoridades sanitarias permitieron la apertura de los negocios, el buen Guillermo, optimista, quitó candados, limpió el local y esperó a sus clientes, a los de siempre y a los nuevos, a quienes les hiciera falta una pintada o cosida a su calzado, para quienes incluso bajó los precios por su trabajo. Pero pasaron los días y ese cliente no llegó. Con tristeza cuenta que por horas veía la puerta abierta esperanzado de que alguien requiriera de sus servicios, pero luego, al pasar de las horas, era doloroso saberse solo, sin un huarache que coser, unas botas que pintar o unos tenis que remendar. El llanto lo ahogaba por no tener un peso para llevar el pan a su hogar, menos para el pago de los recibos de los servicios básicos. 

Por eso fue que empezó a llevarse el equipo a su casa, en el ejido Ricardo Flores Magón, e intentar empezar de nuevo entre los suyos. Puso un letrero al frente de su vivienda, pero en dos meses solo hubo dos composturas de calzado. 

Estaba desesperado. Ya no sabía qué hacer. Pusimos una tiendita con un dinero que pedí prestado, pero igual, no hay circulante y es poco lo que llega”.

Pero el 14 de agosto todo cambió. Ese día se encontraba en esta angustiante situación que lo llevó a pensar que era su último día de trabajo. Sin embargo, todo se transformó en un abrir y cerrar de ojos cuando cruzó por la puerta una clienta, a quien llama su ángel, de nombre Marina Adame, quien le llevaba un trabajo por hacer y a quien le extrañó ver tan solo el local, por lo que le preguntó sobre el tema. 

Le comenté que iba a cerrar, que era el último día que atendía. Me dijo que no, me dio ánimos, me dijo que pondría una publicación en Facebook, yo no sé de eso, pero ella lo hizo y gracias a esa publicación estoy de nuevo atendiendo en lo que sé hacer desde los 12 años”.

"Me doblo, me gana la emoción porque lo que pasó fue un milagro; iba a cerrar, pero gracias a Dios estamos aquí", expresa don Guillermo. Foto: Javier Padilla/ EL DEBATE

Y es que al siguiente día, conmovidos por la publicación que se viralizó en la red social empezaron a llegar clientes que deseaban lo que tanto sabe hacer el Zapatito 2: que les arreglara su calzado. Pero había otras personas también de buena voluntad que le llevaban dinero en efectivo que, aunque no deseaba, terminó aceptando para hacerle frente a la profunda crisis en la que se encontraba. 

Pero yo no quiero dinero, lo que yo quiero es trabajo, que vengan y me traigan sus zapatos para arreglarlos. Sé cómo hacerlo, tengo en el oficio 45 años, y tengo el equipo también”.

Clientela. Poco a poco se acercan personas al local para solicitar los servicios del buen doctor del calzado. Foto: Javier Padilla/ EL DEBATE

Acerca de los insumos que utiliza, el doctor del calzado explica que sí hubo un incremento en los precios, pero él siente que no puede ni debe endosarle ese costo al cliente, y que incluso bajó sus costos en agradecimiento. 

“La verdad, no sé qué habría pasado si hubiera cerrado. No sé hacer otra cosa. Toda mi vida me especialicé en la remendada del calzado. Es un don que Dios me dio. Seguro habría buscado un trabajo para llevar el alimento a la casa, pero tengo 57 años, dolores en la columna, las cervicales, tomo medicina y terapias para calmar el dolor. Por eso le doy las gracias al ángel que llegó ese día y a los clientes que me apoyan trayendo calzado a arreglar”.

Su esposa es hipertensa; requiere medicina  

Aunado a los problemas económicos que padece la familia por la pandemia del Covid-19, existe otro pesar en los Ochoa Zamorano, y es que uno de sus pilares, María del Rosario Zamorano Galván, necesita un medicamento para la hipertensión que de un momento a otro fue sacado del mercado en la región: Candesartán de 16 miligramos.

Además, en la única farmacia que lo manejan el precio se fue por los cielos, pues de 115 que la compraban el año pasado hoy deben pagar mil 600 pesos para poder obtenerla. El problema, cuenta Guillermo Ochoa, es que ningún medicamento del IMSS le funciona. Es alérgica y al tomarlos se le cierran los pulmones, impidiéndole la respiración.

Ante esta situación y debido a que la salud de su esposa está en riesgo, el mismo Zapatito 2 apela a la sociedad que desee apoyarlo con una caja o ayudar a conseguirlo fuera del estado, donde no ha cambiado de precio. Para quien desee aportar su granito de arena, puede llamar al teléfono 668 208 9596 con Guillermo Ochoa, o acudir al local, por la calle Guillermo Prieto, entre Madero y Morelos. 

María del Rosario, esposa de Guillermo, es hipertensa y requiere medicina. Foto: Javier Padilla/ EL DEBATE

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