Los Mochis

"Si no hubiera tenido esa familia, ya estaría muerto"

La Red. Rescate de un hijo sin futuro muestra cómo el amor cambia conductas

Por: Blanca Robles

Heriberto Villacaña, protagonista de La Red. Foto: Jorge Cota/ EL DEBATE

Heriberto Villacaña, protagonista de La Red. Foto: Jorge Cota/ EL DEBATE

Los Mochis, Sinaloa.- Heriberto Villicaña Salazar es un joven empresario exitoso y padre de familia y esposo ejemplar. Nadie podría imaginar detrás de su sonrisa el infierno que vivió durante su niñez y adolescencia, de donde logró salir tomado de la mano de dos ángeles que le brindaron todo su amor, paciencia y apoyo incondicional: sus padres, Heriberto Villicaña y Marcela Salazar de Villicaña, quienes con familiares y amigos tendieron sobre él una red de cariño que hoy da título a su libro autobiográfico: La red. Rescate de un hijo sin futuro.

Heriberto, ¿cómo vivió su niñez?

Era bonita. Mis padres eran y son muy cariñosos, muy amorosos. Con mis hermanos había buena relación. No recuerdo una etapa problemática ni nada por el estilo, todo fue un poco más adelante. Lo de la rebeldía, los corajes; todas las explosiones sucedieron después porque mi niñez fue bonita, hasta a los 7, 8 años.

Después de esta edad, ¿qué sucedió en su vida?

Mis padres empezaron a notar comportamientos medio agresivos en tercero de primaria, comenzaron a llevarme con psicólogos y me rehusaba a cooperar, pero eran cosas de rebeldía normal de mi edad. Fue en la secundaria cuando explotó todo, pienso que también se debió al cambio de la niñez a la adolescencia, todo eso potencializó mi problema.

Por recomendaciones de un consejero familiar, quien intuyó que mi rebeldía y agresividad pudieran tener un fondo fisiológico, en primero de secundaria me llevaron con una psiquiatra y después de estudios en la Ciudad de México y Guadalajara me detectaron trastorno por déficit de atención, trastorno límite de personalidad y una lesión en la zona prefrontal de mi cerebro que provocaba que cuando me enojaba se me pegaran unos cables en mi cabeza, y era cuando surgía la crisis que me hacía dañar a las personas a mi alrededor; y cuando la normalidad regresaba a mi cerebro, no recordaba nada. 

Foto: Jorge Cota/ EL DEBATE

¿Siempre supo de sus enfermedades?
No recuerdo que mis padres me lo hayan dicho, como nunca me trataron como un niño enfermo ni mucho menos. Creo que hasta que comencé a recopilar testimonios para mi libro supe qué era lo que tenía. Sabía que estaba mal, pero no de qué porque mis papás nunca me dijeron “tú no puedes”.

¿Qué tan difícil era vivir así?
Bastante porque estás lastimando a los demás y después de una explosión venía el remordimiento; yo no me daba cuenta de lo que hacía. Siempre pedía disculpas porque a veces no había razón para ponerme así.

¿Uno de esos remordimientos fue lo que le sucedió a Quique tras ir a su casa?

Yo era muy abusivo con todos, y él iba a visitar a mi hermano Daniel. Un día lo corrí de la casa y lo atropellaron cuando iba en bicicleta camino a la suya. Fue muy fuerte porque tendría unos 12 años, y él estaba por los 7 años. Fui al velorio. Me asomé al féretro y me impactó mucho verlo, y pues más al pensar que si no lo hubiera corrido, y no de la manera en la que lo hice, tal vez él no se hubiera ido todavía y nada le habría pasado.

Me entró un sentimiento de culpa muy fuerte y sí le batallé en ese aspecto. No me llevaba bien con mis papás y estuve un mes durmiendo con ellos porque no podía dormir en mi cuarto. Pasaba por su casa, y bajaba la mirada. Fue impresionante. 

Otro de los sucesos fuertes que vivió Heriberto fue cuando encañonó con un arma la sien de su papá porque “lo molestó cuando estaba ocupado” y luego, otro, cuando su mismo padre se desvaneció a causa de un infarto durante una discusión.

En esa ocasión, rememoró, todo se salió de control, “y aclaro que la discusión era de mi parte porque mi papá es la persona más paciente que pueda haber. Nunca hubo un grito de su parte y yo le empecé a decir de cosas, se comenzó a sentir mal, hasta caer al suelo. Luego salí de la recámara y recuerdo que le dije a mi mamá: “Sabes qué, atiende a tu marido, se está muriendo, y yo me fui de la casa”.

Aquí el protagonista de La Red hizo una pausa para reconocer la conducta de sus padres en situaciones de peligro: “Lo bonito es cómo manejaban estas cosas mis papás. Por ejemplo, después de que me estuvieron diciendo que luego de internarlo mi papá no hacía otra cosa más que preguntar por mí, entré a urgencias. Cuando llegué con él, me vio, me abrió sus brazos y al acercarme me abrazó y me dijo: ‘Te quiero mucho’.

Ese tipo de detalles eran los que me estremecían y pensaba por qué no me regañas, por qué no me castigas, por qué no me pegas, papá, para volvértela a hacer, pero en cambio me brindaba su amor. Creo que eso fue fundamental. Mis papás siempre estuvieron viendo por mí, llorando, convenciendo a los demás de ayudarme, no me abandonaron. Mi mamá podía estar enojada, casi queriéndome ahorcar, y todas las noches me daba un beso en la frente o en la mejilla y me decía ‘te quiero mucho’”.

Foto: Jorge Cota/ EL DEBATE

¿Qué sentía en ese instante?

Me hacía el dormido, pero sí eran unos put*** los que me daban porque yo sabía que no era lo normal lo que estaban haciendo. Eso fue lo que con el tiempo me empezó a tranquilizar y a decirme: Heri, estás dañando a gente que te da amor.

¿Cómo fue tejiéndose a su alrededor esa red?
Desde la secundaria, con don Rafael, el consejero familiar, a quien conocí con engaños porque sabían que si me decían quién era, yo no iba a querer acompañarlos. Así me fui junto con mis padres a desayunar y se dio un encuentro “casual” con él y me inspiró mucha confianza desde un principio e incluso iba con gusto a verlo.

Ese fue el primer lazo de esa red en la que hubo mucha gente involucrada: mis padres, maestros, mis hermanos, tíos, mis primos, mis amigos, el hermano Esteban, especialistas, Gisela y doña Cruz (las trabajadoras del servicio de la casa), incluso profesores de la universidad porque cuando mis padres detectaban que yo estaba deprimido mientras estudiaba en Guadalajara, Jalisco, inventaban una junta de trabajo por allá y se iban, y andaban en la escuela sin que yo supiera y hablaban con los maestros, con los directivos.

Estoy consciente de que si yo hubiera estado en otra familia no estuviera aquí. Hubiera terminado muerto o en el bote. Sé que esta es la familia perfecta, la indicada para que sanara.

¿En qué etapa llegó el cambio? ¿Cómo es que dejó atrás su agresividad?
En ningún momento supe que tenía el trastorno límite de personalidad, la lesión en mi cerebro y todo lo demás, pero no se me hacía lógico porque mi papá salió del Tec de Monterrey campus Monterrey, no toma, no fuma, en mi casa jamás había un pleito, no había razón para que yo fuera así. Me empecé a sentir la oveja negra porque hacía daño aun y cuando yo no quería hacerlo.

En una ocasión, cuando andaba drogado, me peleé fuerte con una novia que tuve. Andaba muy mal y pensé: una de dos, o voy a atentar contra mi vida o voy a arrasar con alguien en la casa. Entonces decidí ir con la psiquiatra que me atendía y medicaba.

Andaba realmente mal, quería que me ayudaran a salir de esto porque no quería seguir causando daño. Toqué a la puerta y me abrió su mamá, quien me dijo que la doctora se estaba bañando, pero que no podía atenderme ahí, que la buscara en su consultorio.

La verdad, me hirió en mi ego porque era la primera vez que pedía ayuda en mi vida, y no me la daban. Ahí tomé la decisión y dije: yo puedo solo. No necesito a nadie. Así vino el cambio. Suspendí el medicamento, me puse a hacer ejercicio, dejé las drogas, dejé de tomar y además decidí irme a estudiar a Guadalajara.

Contra todos los pronósticos, me titulé de contador público en la Universidad Panamericana. Se quedaron muchos otros en el camino que tenían a lo mejor más capacidades, eran más inteligentes, pero yo terqueé [sic] y no la solté hasta que terminé en 2005. 

Foto: Jorge Cota/ EL DEBATE

Ese año Heriberto lo calificó como el más fructífero porque mientras iba a la escuela trabajaba en un despacho contable. Después, luego de tener éxito en una carreta de tacos de adobada y quebrar por la llegada de la influenza, hoy es dueño de un restaurante en Guadalajara al que llama El Rincón Mochiteco, donde ofrece comida regional y que ha visto crecer acompañado de su esposa, Ana Graciela Jiménez, y sus hijos, Diego Isaac y Marcela René.

Un buen día, Heri se decidió a abrir su corazón y su vida a través de este libro, escrito por Mauricio Vaca, para dar a la juventud un mensaje de que con amor, lucha y tesón siempre hay una luz, y que para decir “hasta aquí” solo basta estar convencido de ello para cambiar una realidad y emerger entre las cenizas, porque esto es la más fehaciente prueba de la frase querer es poder.

PRESENTACIÓN

Heriberto Villicaña presentará su libro el 23 de enero de 2018 en la Biblioteca Pública Morelos y un día después celebrará 37 años de vida. En Facebook se puede encontrar su página La Red. Rescate de un Hijo Sin Futuro, y más información también en su página El Rincón Mochiteco.

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