Mazatlán

Ajoya se levanta del olvido y del abandono

Después de aquel 10 de mayo de 2012 en que gavilleros mataron a 11 personas, la gente de este pueblo de San Ignacio lucha por olvidar ese capítulo de su historia

Por: Yolanda Tenorio

Algunas casas son reconstruidas por personas que piensan radicar nuevamente o acudir como día de campo. Foto: Yolanda Tenorio

Algunas casas son reconstruidas por personas que piensan radicar nuevamente o acudir como día de campo. Foto: Yolanda Tenorio

Mazatlán, Sinaloa.- La sindicatura de San Jerónimo de Ajoya dejó de ser unos de los principales productores de ganado desde el año 2012, después del trágico suceso que enlutó a las familias del lugar, aquel día de las madres cuando un grupo de gavilleros llegó disparando a los asistentes al festejo, y dejó como saldo 11 personas sin vida y al menos 10 más heridas de gravedad.

A partir de ahí, este lugar quedó marcado por la violencia, lo que ocasionó que más de la mitad de la población decidiera emigrar, por temor a perder la vida. Desde ahí comenzó a notarse la decadencia. Las construcciones reflejan el olvido. Muchas ya son solo ruinas.

Resurgimiento

Pero a últimas fechas, las cosas han tomado un nuevo rumbo, pues la calma que se vive se nota, al grado de que varias personas que dejaron este lugar hace más de una década han decidido reconstruir sus hogares para vacacionar, pues coinciden en que ahí nacieron, crecieron y le tienen mucho amor, que se refleja en su deseo de regresar, no a vivir, pues ya tienen su vida hecha en otros lugares.

Desde la entrada a este hermoso lugar, a pesar de la seca vegetación que hoy la rodea, se nota la calidez, el camino de acceso luce limpio, adornado con piedras pintadas de cal, cercos recién reparados y su camino de terracería recién rehabilitado.

Al entrar, lo primero que se nota es la plazuela recién pintada de rojo con blanco, y trabajadores de Alumbrado del Ayuntamiento reparando las luminarias. La iglesia, que fue construida por los jesuitas hace más de 300 años, ya luce otro color, que se empata con el azul del cielo. Sus calles limpias y empedradas y sus casas de adobe con rojos tejados le dan un toque especial a este pueblo colonial.

Es curioso ver a un numeroso grupo de mujeres, hombres y jóvenes trabajando en la reparación de techos de las viviendas, que con el paso del tiempo se derrumbaron porque las vigas y viguetas se apolillaron, otros más están limpiando las casas que aún están en buen estado y que requieren trabajos menores.

Estos reciben un sueldo semanal, lo que les ayuda en la economía, pues hasta hace poco carecían de una fuente de empleo que les garantizara su alimentación. 

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