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Gabo y las rosas amarillas

MÉXICO

MÉXICO, DF. (Agencia Reforma/ Silvia Isabel Gámez) A su lado había siempre rosas amarillas. Para la suerte. El día en que recibió el Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez subió al escenario vestido con el típico liqui-liqui caribeño, y al mirar hacia el palco donde estaban sus amigos colombianos vio un destello amarillo.

Eran las rosas que su esposa Mercedes les había colocado en la solapa.

Amarillas son las mariposas que aletean en la novela que persiguió la imaginación de García Márquez desde los 18 años, esa que después de varios borradores se convirtió en 1967 en su obra cumbre, Cien años de soledad.

El movimiento del boom que impulsó la literatura hispanoamericana, "estrepitoso y callejero, y manchado de lisonja y envidia", sólo empezó, escribió José Donoso, a partir de la saga de los Buendía.

En octubre de 1965, García Márquez definió a Cien años de soledad como una novela gótica del trópico, descomunal, arbitraria. "Claro que es un plan ambicioso. Semejante folletón no se puede escribir con humildad".

Tres meses antes había experimentado una "revelación".

Llevaba un lustro de sequía narrativa, y cuando ya temía que se le "enfriaran los mitos", de camino a Acapulco con su familia encontró la clave.

Debía escribir Cien años de soledad con la misma naturalidad con la que su abuela Tranquilina, una mujer supersticiosa que no siempre distinguía la realidad de la fantasía, narraba sus historias de muertos y aparecidos.

"Siempre me divierte que se elogie tanto mi obra por ser imaginativa, cuando la verdad es que no hay una sola línea que no tenga una base real".