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La Arizona, aguajito en medio del desierto

SONORA

La hacienda

Arroyos que nacen entre los sauces llorones y los álamos centenarios.

La vieja techumbre aun sobrevive en dos cuartos.

La escuela abandonada.

La vieja iglesia de La Arizona

Nublados anuncian lluvias que nunca llegan.

Los viejos corrales hablan del ruido del ganado y de los vaqueros arriando las reses

La vieja hacienda, foto de Francisco Bustamante Tapia, en su libro Sonora Mágica de 1999

La vieja techumbre aun sobrevive en dos cuartos 4

Nogales, Sonora.- Lo que fue un rico emporio de la colonia española hoy es un caserío de 5 o 6 viviendas que oculta a los extraños sus hermosos paisajes y su historia, gracias a los cerros que la cuidan como celosos guardianes.

La Arizona es un ejido localizado como a 80 kilómetros al Poniente de la ciudad, con unos 50 habitantes desperdigados en caseríos y ranchos, que conforman un ejido de gran historia, pero que ha pasado a ser el último entre las zonas habitadas de Nogales.

La Arizona está a 20 minutos de El Sáric que lo flanquea desde el Poniente, ya en pleno desierto, y como tienen frontera con Estados Unidos, el tráfico de drogas ha hecho muy peligrosos estos caminos, donde han muerto o desaparecido muchas personas y las historias de sicarios y narcotraficantes son cosa normal.

Ese aislamiento gracias a la escarpada sierra ha sido la protección natural de verdes paisajes, venados, jabalíes, cardenales, zorrillos, serpientes, águilas, coyotes y demás animales que viven entre el semidesierto y el desierto de Altar.

Los verdes paisajes son regados por arroyos e innumerables ojos de agua que han sido localizados en los cerros por los habitantes a lo largo de más de 300 años de presencia del hombre blanco, primero los españoles y después los mexicanos.

Antes del hombre blanco, recorrieron estos arroyos, cerros, y cañones los pimas, pápagos, y apaches quienes tenían a veces cruentas guerras; fueron los pimas quienes bautizaron este lugar como arizonac, que significa ojo de agua.

En el Rancho La Angostura, El Rodeo y otros, existen pozos y ojos de agua suficientes para mantener vivo al escaso ganado y las viviendas de rancheros y vaqueros.

Don Antonio Álvarez, propietario de uno de los ranchos, ya casi en los límites con El Sáric, narra que la vida no es fácil en esta zona, pero se disfruta mucho la tranquilidad y la naturaleza.

Los cielos son estrellados y siempre con el ruido de las aves nocturnas y de los temibles coyotes que ya se han comido dos gallinas de Don Antonio en apenas un mes.

"Había un coyote muy manso que se acercaba sin problemas hasta las puertas del rancho, y se comía a las gallinas, pero ya no volvió una vez que mi vieja le tiró un balazo", comentó el viejo ranchero de La Arizona.

En el ejido de La Arizona ya sólo hay dos casas habitadas, un anciano cuida la primaria donde ya no hay alumnos, y la Iglesia permanece con su campana silenciosa desde hace años en que hubo la última boda en el pueblo.

La vieja hacienda...