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Mamás que perdieron a sus hijos en guardería ABC viven con miedo

MÉXICO

MÉXICO, D.F., junio 4 (EL UNIVERSAL).- Martha Cecilia Pérez siente pavor cada vez que piensa que algún día tendrá que dejar a su hija Aimé en la escuela.

La niña tiene 2 años y 2 meses de edad y se aproxima su ingreso al kínder, pero a su mamá le aterra imaginar a su hija en manos de personas ajenas y alejada de ella.

Su temor tiene un fundamento poderoso. Martha es una de las 49 mamás que perdieron a sus hijos en el incendio que hace cinco años consumió las instalaciones de la guardería ABC, en Hermosillo, Sonora.

Para afrontar lo que pronto será una realidad, el psiquiatra le ha recetado a Martha antidepresivos y ansiolíticos. Toma ocho pastillas diarias pero aún así se resiste a visualizar una escuela y a su hija en los brazos de una miss.

"Cómo la voy a dejar si gracias a ella estoy viviendo", argumenta Martha, quien dejó de trabajar después de la tragedia en la que murió su hija Monserrat, justo cuando tenía 2 años de edad.

Un ser inteligente

A Monse no sólo la extrañan sus familiares, sino también su mascota "Chilorio", el perro con el que jugaba cuando regresaba de la guardería.

A esa edad la pequeña de cabellos rizados ya sabía contar del 1 al 10, le gustaba observar el paso de los aviones y disfrutaba al comer pizza.

Sus restos fueron sepultados en el Panteón Municipal junto a sus amiguitos Paulete, Lucía, Dafne, Aquiles y Fátima.

Hace dos años nació la hermana de Monse. "Mi dolor es tan grande, que si ella no existiera yo tampoco. Ha sido un motor para mí y sé que por ella tengo que levantarme". La pelota amarilla que tanto le gustaba a Monse ha pasado a las manos de Aimé.

Dos bendiciones

Yadira López Martínez tiene un ángel y dos bendiciones en casa. El ángel que la acompaña se llama Jesús Antonio Chambert, apodado por su familia "El frijolito" por la forma como se veía en el ultrasonido que le hacían a su mamá cuando aún estaba en su vientre.

Este pequeño que cada noche dormía con su caballo negro de juguete murió en el incendio a los dos años de edad, junto a Pamela, la niña que él decía que era su novia.

Las dos bendiciones se llaman Paco, de 4 años de edad, y Ángel Abraham, de 9 meses de nacido.

"Ellos nos dan fuerza a mi esposo y a mí para salir adelante", dice Yadira.

Pero a cinco años de que Jesús Antonio murió, las secuelas de su pérdida siguen presentes.

Vida afectada

Yadira dice que a pesar del tratamiento sicológico y siquiátrico que le dan en el IMSS, su vida cotidiana está siendo cada vez más afectada.

"A veces no me dan ganas ni de levantarme. Dejé de trabajar porque ya no tengo paciencia, me altero muy rápido y no quiero ni salir de casa". Prefiere dedicar todo el tiempo a sus hijos.

"A veces tengo que viajar al Distrito Federal para seguir exigiendo justicia y pues tengo que dejarlos, pero ellos algún día entenderán que esta lucha es para que la muerte de su hermano no sea en vano", asegura Yadira.