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Niñez truncada por la "guerra" en Michoacán

MICHOACÁN

La Ruana, Michoacán.- Jesús, de siete años de edad, recorre las calles de su comunidad con un "cuerno de chivo" que se cuelga al cuello con un lazo. Esta arma de plástico se la regaló su papá y dice que la porta para defender a su pueblo de los criminales.

Le gusta el futbol, pero por ahora no ha podido jugar en la cancha de la comunidad porque ocasionalmente se reúnen ahí las guardias comunitarias, además de que por órdenes de sus papás no puede separarse de ellos y andar en la calle, por miedo a que lleguen los delincuentes o que haya una balacera.

Así ha vivido Jesús en el último año, entre armas, delincuentes, vecinos con rifles, muertos, velorios, miedo, preocupación y llanto. Se sabe el testimonio de coraje y desconfianza de sus papás. Por eso, cuando se le pregunta qué piensa de los soldados, responde sin miramientos: "Esos están vendidos".

Su deseo es aprender inglés, para que cuando crezca se pueda ir a Estados Unidos, al campo, a recoger limones, como lo hacen ahora sus papás en esta comunidad productora de cítrico.

Su vecino Jonathan Giovani le pide prestado el juguete. Desliza sus manos por el cuerno de chivo como si fuera de oro. Apunta a una piedra y hace como si disparara. Enseguida se lo devuelve al dueño. Él prefiere no hablar de soldados.

Jonathan vio morir a su papá en una emboscada de la que fueron víctimas los pobladores de esta comunidad en abril de 2013. Habían sido convocados a una marcha en contra del crimen organizado, pero camino a Apatzingán hombres encapuchados y armados dispararon contra la multitud, sin importar que entre ellos iban niños.

Ana María recordó que su esposo le había dicho que si había una balacera lo mejor era tirarse al piso y quedarse inmóvil. Y así lo hizo. Agarró a sus hijos como pudo y se echó encima de ellos para protegerlos. Cuando se levantaron ilesos, a unos pasos vieron al papá ensangrentado, muerto.

La mujer dice que ninguno de sus hijos ni los niños de la comunidad han recibido atención sicológica. Sólo ella, ahora como jefa de familia, ha podido platicar con una sicóloga de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos pero, eso, dice, no le ha ayudado a superar la tristeza ni la angustia que siente cuando piensa cuál será ahora el porvenir de sus hijos.

A Gloria, una joven mamá soltera, también le preocupa el bienestar emocional de su hijo Pepe, de 4 años, quien se aferra a su mamá cada vez que oye un helicóptero.

"¿Que cómo le ha afectado a mi niño la violencia? Nada más imagínese, cuando pasa un helicóptero él viene y me abraza con todas sus fuerzas y me dice 'ya vienen a matarnos'. Yo lo tengo que calmar y decirle que no nos va a pasar nada, qué más le puedo decir... no sé".

No sólo los niños han sido afectados por la violencia...