Migración

Ayuda y dificultades: hondureños en Sinaloa

La Casa del Peregrino en Culiacán es un sitio de refugio migrante. El predio fue reducido a la mitad, sus encargados argumentan que fue debido a la falta de afluencia a la parroquia Del Carmen ante la pandemia de covid-19

Por  Alejandro Witker

El patio con la barda que divide lo que antes era terreno del albergue.(Foto: DEBATE)

El patio con la barda que divide lo que antes era terreno del albergue. | Foto: DEBATE

Culiacán, Sinaloa.- La Casa del Peregrino, ubicada en prolongación Álvaro Obregón, 1519, es un refugio para migrantes administrado por la parroquia Del Carmen, allí se encontraba un grupo de 14 migrantes hondureños.

Cinco de ellos contaron sus testimonios de vida, expresaron que la violencia y la pobreza los hace emigrar de su país. También se entrevistó a los encargados, Juan Manuel López y Jesús Manuel Flores, los cuales detallaron cómo les ha afectado la pandemia: pasaron de no tener visitantes a recibir grupos numerosos, situación que no ocurría antes.

¡Bien! Te has suscrito a notificaciones

Configura y elige tus preferencias

Covid-19 y sus consecuencias en la migración

La pandemia por coronavirus trajo consigo crisis económicas y sociales en el mundo, los países en vías de desarrollo se están viendo especialmente afectados. Guy Ryder, director general de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) dijo: “esto ya no es solo una crisis de salud mundial, también es una crisis mayúscula económica y del mercado laboral, que tiene un gran impacto en las personas”.

Leer másEncuentran casa de seguridad en Texas con más 100 inmigrantes indocumentados

En nuestro país, Liliana Meza y Carla Pederzini, autoras de Empleo y migración en México en tiempos de covid-19, señalaron que uno de los principales efectos de la crisis sanitaria por coronavirus en México es la caída de la actividad económica y la consiguiente reducción del empleo (https://bit.ly/3p0PV7b).

En el lugar se encuentran niños pequeños / Foto: DEBATE

Lo mencionado anteriormente se ha visto evidenciado en el creciente aumento de la migración hacía los países desarrollados; hace algunos días se viralizó la llegada de más de 5 mil personas procedentes de Marruecos a Ceuta, ciudad costera de España (https://bit.ly/3fy6uEs), sin olvidar que el comienzo de Joe Biden como presidente de Estados Unidos ha estado marcado por récords históricos de detenciones de migrantes en la frontera sur (https://bit.ly/3yLijyt).

La Casa del Peregrino

En Culiacán existe un refugio como un oasis para las personas que pasan por Sinaloa en su travesía hacia Estados Unidos. En este punto se reciben a personas que necesitan asilo temporal, también se les brinda atención psicológica y ropa en caso de necesitarla. En el país existen diferentes asociaciones de protección al migrante, una de ellas es la Red de Documentación de las Organizaciones Defensoras de Migrantes, también los albergues de la Fundación para la Justicia y el Estado Democrático en México, por lo tanto, es difícil establecer un número exacto de casas del migrante, aunque el padre Miguel Ángel Soto menciona que la Iglesia administra 97 en el país.

La visita a la Casa del Migrante

EL DEBATE acudió a la Casa del Peregrino, donde nos recibió Juan Manuel López, uno de los encargados del lugar. La primera impresión fue de ser un espacio reducido, esto se profundizó al visitar los dormitorios, los cuales consistían en camas de doble litera casi unidas entre sí, por la falta de espacio. Esto se explica porque el terreno se dividió en dos.

Pasó de llegar hasta la calle contigua, Agustina Ramírez, a solo colindar con la Álvaro Obregón, divididos por una barda;la otra mitad se convirtió en un espacio de ejercicio físico al aire libre.

Un niño del grupo muestra su juguete / Foto: DEBATE

En esos dormitorios se llevaron a cabo las entrevistas testimoniales de este reportaje. Justo al terminar de grabar, uno de los migrantes hondureños nos comentó que no habían desayunado; preguntó la hora, al enterarse de que ya era la 1 de la tarde, comentó entre risas, “pues ya será comida”. 

Después de esto, nos enteramos de la salida del grupo hacia Mexicali, su siguiente parada en la travesía por llegar a Estados Unidos, pero hubo contratiempos; el autobús que los llevaría ya había partido y no habría salida hasta el siguiente día. En ese momento llegó el padre Miguel Ángel Soto, quien llamó a una flotilla de taxis para que los llevarán a la estación, entonces el encargado de la flotilla se negó a llevarlos argumentando que si los migrantes tomaban un autobús cualquiera, los agentes de migración los iban a detener y deportar.

Después de esto, el taxista se retiró del lugar, por lo tanto, se pospuso la salida hasta alrededor de las 17:00 horas, según la última comunicación con Juan Manuel López.

Confía en recibir el asilo político

La violencia fue uno de los principales motivos que llevaron a que Mercy emigrara: “los pandilleros nos sacaron de volada de allá”. Menciona que vio por la vida de sus hijos: “tuvimos amenaza de ellos (los pandilleros), peligraba mi vida”. El otro motivo es la pobreza y falta de oportunidades en su país de origen: “No hay trabajo. En Honduras estamos fritos”.

Ayuda y dificultades hondureños en Sinaloa
Mercy, 33 años. "Los pandilleros nos sacaron de volada de allá. Tuvimos amenazas de ellos, peligraba mi vida”. / Foto: DEBATE

Sobre el trayecto desde Honduras a Culiacán, nos comenta que ha sido inseguro: “Así como hay gente buena, hay gente mala. Nos han robado”. Sin especificar cuánto le ha costado el viaje, Mercy platica cómo encontraron la Casa del Migrante: “cuando llegamos a la terminal, preguntamos dónde quedaba la Casa del Migrante y así nos dieron esta dirección”. Comenta que tuvieron dificultades para encontrar el lugar.

“El día que venimos no dimos con él, fue hasta el día siguiente que dimos con él (refugio). Nos han tratado muy bien”. Su destino es llegar a Estados Unidos a través de una solicitud de asilo. Considera que hay más posibilidades de arribar a aquel país con el presidente Joe Biden. Confirma que no cuentan con ningún tipo de apoyo por parte del Gobierno mexicano. Por último, pide que se le tenga respeto a ella y a las personas que la acompañan: “No le venimos haciendo mal a nadie”.

Robos durante la ruta migrante

Rosibel explica el parentesco que tiene con Mercy: “es la esposa de mi cuñado. Ellos traen tres niños, yo traigo una niña”. Con lo cual confirma que todos los niños del grupo vienen acompañados de sus padres.

En cuanto a su vida en Honduras, Rosibel cuenta que trabajaba de panadera y la despidieron: “me corrieron sin avisar el porqué”. De esta forma, sin un sustento económico y con el peligro de las pandillas, decidió emprender este viaje. Comenta que en el viaje les han robado y en eso se ha ido su dinero. “Nos han robado”. Incluso por autoridades: “nos ha parado la Policía”.

Rosibel, 39 años. “Nosotros no lo hacemos por que queremos. Si tuviéramos un nivel de vida bueno en nuestro país, no emigráramos. Lo hacemos porque allá no hay nada, no tenemos nada” / Foto: DEBATE

Debido a esto, y a no contar con dinero, han tenido que dormir en la calle, en parques y en estaciones. Agradece a quienes les han ayudado durante el trayecto: “Gracias a Dios que llegamos a este lugar. Que Dios bendiga a las personas que nos han ayudado”. Sobre las medidas por la pandemia, mencionan que se sometieron a una prueba de covid-19 en la salida de Honduras. Explicó que padece de gastritis, y se atendió en una farmacia de una marca reconocida en Culiacán, donde el doctor no le cobró, pero le advirtió que debía de atenderse en un hospital, por lo cual acudió al Hospital General, donde comenta que le negaron la atención por ser inmigrante y le cobraban por el servicio. Acerca de su estatus de migrante, comunica: “nosotros no lo hacemos porque queremos.

Si tuviéramos un nivel de vida bueno en nuestro país, no emigráramos. Lo hacemos por que allá no hay nada, no tenemos nada”. Dice confiar en Dios y que con la fe podrá llegar a su destino final, Estados Unidos.

18 años en Estados Unidos

Raúl platica sobre su vida en Honduras: “La vida en nuestro país no es color de rosa. No hay modo de avanzar”. Por ello, “tiene que buscar la manera de emigrar, porque no se puede”.

Sobre su viaje dice: “Antes era tranquilo, pero ahora desde Guatemala lo ponen a escurrir a uno”, en referencia al dinero que le piden, incluso las autoridades, para poder avanzar y que, de traer consigo, los bajan de los autobuses. En cuanto a los mexicanos, comenta que le han ayudado mucho en lo que han necesitado. Nos platica sobre una persona de Jalisco que les ayuda: “estando en la frontera, él ya nos echa la mano para llegar a Carolina del Norte”.

Raúl, 47 años. “Tengo como siete deportaciones. Que Dios les limpie el corazón, todos somos humanos” / Foto: DEBATE

También comenta que vivió en Estados Unidos por 18 años y que “por andar de borracho” lo deportaron en 2018. También que cuenta con siete deportaciones de Estados Unidos, la última en Veracruz, de donde tomó el tren camino rumbo a Guadalajara, donde se incorporó al grupo. Perdió el pie en un accidente ferroviario.

“Tengo como siete deportaciones”. Considera tomar la solicitud de asilo para entrar a Estados Unidos. Le dedica unas palabras a quienes discriminan a los migrantes: “que Dios les limpie el corazón, todos somos humanos”.

Escapa de la violencia de pandillas

Saúl, su pareja y un niño de 1 año y 8 meses de edad conforman un pequeño grupo que se incorporó al otro grupo cuando se encontraban en Celaya, Guanajuato. Saúl platica sobre su anterior vida en Honduras, donde trabajaba de chofer de autobús y constantemente tenía que pagar por las extorsiones de las pandillas. “Había días que no podía hacer la renta. Tenía que pagar dinero, si no, me iban a matar”.

Saúl, 26 años. “Se arriesga a lo que sea para que el día de mañana tengan sus tres tiempos de comida”. / Foto: DEBATE

Por lo tanto, cambió de trabajo como taxista, donde continuaron las extorsiones, comenta que en ese lapso de tiempo “mataron a un hermano, fue hace como tres meses, se parecía mucho a mí”.

También nos informa que su papá falleció de un paro al corazón hace un mes, se lamenta no haber estado en sus últimos momentos con su padre. Señala que solo le queda su madre y una hija que quedó en Honduras: “Son por las que deseo seguir adelante. Se arriesga a lo que sea, para que el día de mañana tengan sus tres tiempos de comida”. En cuanto a su travesía, comenta que en Guatemala no tuvo problemas: “El problema lo tuve de Chiapas pa’cá. Desde Tapachula hasta Apizaco”.

Explica que lo han asaltado y golpeado: “no traíamos dinero y se molestaron por eso”. Asimismo, platica que ha sido un viaje largo: “hemos venido caminando bastante por las vías”.

Expresa que cuando la gente les da dinero y comida “pagamos por combis y autobuses y partes en tren, así hemos venido hasta acá”. Da las gracias por ya estar tan cerca. “Sufrimos un poco, pero le damos gracias a Dios que estamos con vida, sanos y estamos casi arriba”. Dentro de sus planes, si no logran llegar a Estados  Unidos: “queremos llegar a la frontera y trabajar ahí”.

Los peligros de viajar como migrante

Pamela, pareja de Saúl, platica más a detalle sobre la conformación del grupo de 14 migrantes. Ella y su pareja le aportan al grupo localización satelital mediante el celular y un mapa de los albergues de cada estado. Lo que les generó confianza para unirse al grupo mayor fue la conformación de familias, los niños y las mujeres: “Yo me uní a ellos porque ellos traen niños y son mujeres también, y vienen en familia. Así nos apoyamos unos a otros.

Pamela, 23 años. “Yo me voy porque no voy a arriesgar a mi hijo. Nadie sabe lo que nosotros hemos pasado en nuestro país” / Foto: DEBATE

 En los caminos uno no se puede confiar. Si venimos huyendo del peligro de allá, no vamos a buscar el otro peligro de acá”.  Pamela comenta que salió de Honduras acompañada de su prima, un mes antes que su pareja, y que en el cruce de Guatemala les cobraron 100 quetzales por persona (alrededor de 260 pesos mexicanos): “Mi prima se adelantó, yo me quedé en el albergue de Chiapas esperando a él (a Saúl)”. 

Comenta que la violencia la orilló a emigrar y las extorsiones que sufrían. “Yo me voy porque no voy a arriesgar a mi hijo”. También sobre el estigma que se le tiene a los migrantes: “A veces de nuestro país emigran personas que han cometido delitos”, pero aclara, “nadie sabe lo que nosotros hemos pasado en nuestro país. En mis planes no estaba emigrar para acá, en mis planes estaba terminar una carrera (llevaba dos años cursados en enfermería) y quedarme siempre en mi país. Las injusticias de nuestro país nos hacen tomar esta decisión y emigrar, acá nosotros venimos a la deriva. No sabemos qué nos espera”. Dice que el emigrar significa “morir allá o morir acá”.

Retomando la ruta, comenta que por Veracruz “estaban asaltando, más adelante nos quitaron todo”. A raíz de eso, tuvieron que pedir dinero “de estado en estado, le hemos pedido ayuda a la gente. A los hombres casi no les ayudan, nos ayudan más a nosotras mujeres y a los niños. Así hemos podido avanzar hasta llegar acá”. De Irapuato viajaron en tren hasta Guadalajara, en donde tuvo la última comunicación de su prima; la cual se quedó en Ciudad de México. Para viajar en tren se han acercado a las estaciones, donde piden el favor de subirse al tren estacionado, ya que no han podido tomarlo en marcha, como se suele hacer. A la altura de Nayarit se les acercó un ‘pollero’ y les dijo “por cada uno de los niños le daban el doble que lo que le podrían dar por un adulto.

En los trenes se subía las mafias, a las mujeres las violaban, a los niños los secuestraban. Imagínese si cinco hombres se suben al vagón con ustedes, ¿qué harían cuatro hombres contra cinco?”. Esto les generó miedo y se bajaron del tren y caminaron desde Tepic hasta Arenales. Cuenta que en Mazatlán se repitió este escenario con dos hombres,  por eso decidieron que ahora solo viajarían en autobuses que transiten por la carretera libre. 

Platica sobre cómo han sobrevivido: “Nos apoyan con dinero, a veces con comida. Aquí en los albergues nos han apoyado con ropa, nos han ayudado bastante”. Comenta que en los albergues solo les permiten estar un máximo de 24 horas, y que en este albergue de Culiacán es donde su estancia ha sido más larga.  En cuanto al coronavirus, parece no ser tan importante: “Ninguno de nosotros se ha enfermado”, a pesar de eso, dice que cargan con gel antibacterial y cubrebocas.

Hay un antes y un después de la pandemia covid-19

Antes de la pandemia era una constante de familias migrantes en  grupos pequeños, una o dos familias por semana, así fue desde 2017 hasta el inicio de la pandemia.

“Tuvimos dos meses donde literalmente no llegaba nadie. Por diciembre y enero empiezan a llegar grupos grandes” / Foto: DEBATE

“Se puede hablar de un antes y un después” respecto a la pandemia. “Hemos visto una reducción bastante considerable de migrantes. Las causas todavía no son del todo claras”.

“Tuvimos dos meses donde literalmente no llegaba nadie”, pero “por diciembre y enero empiezan a llegar grupos grandes, de cuatro o cinco familias”. Cuenta que hace dos meses llegó de golpe un grupo de 23 personas, en familias. Así como el grupo de 14 migrantes hondureños, conformado por nueve adultos y cinco niños.

Tal entrada de grupos grandes ocurría muy pocas veces antes de la pandemia. “Es un fenómeno que lo hemos visto repetido unas tres o cuatro veces”. Sobre el territorio que antes era de la Casa del Migrante, Juan Manuel comenta: “Nosotros nos mantenemos de la generosidad de los fieles parroquianos de la iglesia Del Carmen”, y con el surgimiento de la pandemia esto se vio afectado, como un “efecto dominó”, donde “deja de ir la gente o se reduce mucho la cantidad de los fieles en la misa y, consecuentemente, deja de entrar ese dinero, destinado en parte al funcionamiento de esta Casa. Se nos venía dificultando muchísimo mantener esa área”.

Menciona que ahí había tres cuartos, un comedor grande, cocina, baños, “era la mayor parte del territorio”. Informa que el terreno de la Casa del Migrante se encuentra arrendado, dividido en dos partes, la parte actual y el sector más amplio: “aquella parte ya no pudimos”.

Confirma que la mayoría de migrantes que han recibido son procedentes de Honduras. Cuando se le preguntó sobre la presencia de niños no acompañados, que viajaban sin sus padres, Juan Manuel respondió de forma tajante que eso no sucedía,  asegura que no existe ese fenómeno, de acuerdo con su experiencia y con la comunicación que tiene con otras Casas del Migrante administradas por la Iglesia, y señala que son las autoridades migratorias estadounidenses quienes separan a los niños de sus padres.

“Se nos hace bastante sospechosa esa narrativa”, concluye.

Jesús Manuel Flores confirma que los únicos menores de edad que han acudido solos son adolescentes de 16 y 17 años, que generalmente se agrupan con otros adultos. En cuanto a la ayuda que se le da al migrante, comenta que, de entrada, “se les proporciona calma y seguridad. Si no le das seguridad al migrante, él no va a acceder a nada. El camino está peligrosísimo, más los que se vienen en tren”.

Labor que él desempeña, ya que es psicólogo de profesión. Detalla que se lleva un registro de los visitantes de la Casa “cuidamos el área legal. Ellos firman voluntariamente”. En cuanto a los apoyos materiales: “les damos ropa, zapatos, la atención que una persona debe de tener dignamente”.

Leer másMuere migrante mexicano al caer del muro fronterizo en El Paso, Texas

Les ofrecen un lugar donde descansar para que continúen su camino. Platica que anteriormente se les daba alimento, “les damos desayuno y comida en la parroquia Del Carmen. Las personas que viajan necesitan mucha fuerza física, que estén bien alimentados”.

 
5 Razones para ver ‘Luca’ la película animada de Pixar y Disney
Síguenos en

No te pierdas las últimas noticias

Suscríbete a las notificaciones y entérate de todo