Monterrey

Recuerdan a Juan Francisco Salazar como héroe durante el terremoto del 85 en México

Francisco Salazar sobrevivió el sismo y salvó vidas en el Hotel Regis, cuenta el historiador Daniel Gallardo sobre el regio fallecido ayer

Por  Agencia Reforma y Francisco Betancourt

Francisco Salazar salvó vidas en el Hotel Regis en el terremoto del 85 en México.(Agencia Reforma)

Francisco Salazar salvó vidas en el Hotel Regis en el terremoto del 85 en México. | Agencia Reforma

Monterrey, México.- Juan Francisco Salazar Leal, periodista y titular de la Coordinación de Comunicación Social del IMSS en Nuevo León durante 24 años, fue sobreviviente y uno de los héroes del Hotel Regis, donde era huésped, cuando el edificio resultó devastado con el sismo de 1985 en México.

Recuerdo haberlo conocido en el 2016, poco después de publicar mi primer libro Hotel Regis. 100 años de historia y leyenda. Me contó la historia que él vivió el día del terremoto.

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Ayer me enteré de su fallecimiento. Siempre lo recordaré como un gran hombre, amable y gentil, y estaré siempre muy agradecido de que me haya contado los detalles de su experiencia en el último día del icónico hotel de la Ciudad de México.

Éste fue su testimonio:

Me encontraba en la Ciudad de México en un seminario de corresponsales del periódico El Día, de donde soy representante en Monterrey.

La noche del lunes 16 de septiembre de 1985, había dormido en la habitación 551 del Hotel Regis. Al día siguiente, martes 17, al reclamar mi llave, el administrador me dijo en tono amable: "¿Podría aceptar cambiarse de habitación? Hay una fuga en un piso superior y no queremos causarle molestias".

Me molesté porque ya había acomodado mi ropa en cajones y clóset. A regañadientes acepté y me trasladé exactamente enfrente, a la habitación 554. Eso me salvó la vida, la 551 desaparecería en un instante.

El jueves 19, extrañamente desperté a las seis y media de la mañana. Compartía la habitación con Fernando Alberto Crisanto, reportero de Puebla. Crisanto me reprochó: "Vuélvete a dormir". No me hice del rogar. Sólo hubo 49 minutos más de sueño, mi compañero me jaloneaba: "Anda, aliviánate... está temblando".

Ante la inexperiencia de haber vivido un temblor, le preguntaba insistentemente a Fernando Alberto: "¿Qué hacemos? ¿Salimos?", y me contestó: "Cálmate, cálmate... vámonos debajo del marco de la puerta".

Obedecí, pero el hotel se movía de lado a lado. Parecía un gigantesco péndulo. Observé cómo se abrían las grietas en las paredes hasta ver la otra habitación.

Recuerdo que me encomendé a Dios y esperaba lo peor. La esperanza de poderme salir surgió en un instante cuando el temblor pareció amainar, pero súbitamente la tierra volvió a moverse, ahora no como péndulo, sino en forma circular. La lámpara de esfera adherida al techo giraba como una silla voladora. Comenzaron a caer vidrios y escuché un ensordecedor estruendo.

La mayor parte del hotel había caído, el compañero de Chiapas, Freddy López, apareció entre aquella neblina y gritó: "Se cayó la parte del edificio que da a Balderas... ¡Vámonos a la chingada!".

Emprendí la salida, sólo vestía short y playera blanca. Me sentí confiado de salir vivo a tal grado que regresé a la habitación para rescatar mi dinero, después tomé mi portatrajes donde todavía estaba toda mi ropa, pues la tuve que volver a guardar al cambiarme de habitación.

Me fui corriendo, confiado en que no me constaba que hubiera caído el edificio, pero no. Justamente enfrente, donde debía estar la habitación 551, de donde me habían echado el martes, sólo quedaban ruinas.

Recordamos que en una habitación cercana estaba hospedada una muchacha de Chihuahua. En la víspera, miradas picaras e investigaciones de los muchachos hicieron saber de su existencia. A puntapiés y empujones derribamos la puerta. Allí estaba ella, sentada en su cama, cubierta con una bata de dormir y con la mirada perdida en los escombros.

No me voy hasta que se calme todo", alcanzó a musitar.

Tuvimos que mentarle la madre para que reaccionara y nos la llevamos prácticamente arrastrando. Escuchamos los gritos desgarradores de los huéspedes atrapados en sus habitaciones porque las puertas estaban trabadas por el peso del hotel, acudimos a su auxilio y pateamos las puertas para que se salieran.

"¡Salgan! ¡Vámonos!". Pateé los que pude del quinto piso y vimos algunas personas muertas con los escombros en sus cabezas, estaban dormidos y no se dieron cuenta. Un anciano en pijamas trataba de abrirse paso entre las ruinas. No lo volvimos a ver.

Encontramos parte de lo que fue una escalera de emergencia. Sólo pudimos bajar un piso hasta el nivel inmediato inferior porque ya no había más escalera.

Quebramos a puñetazos y puntapiés una gran vidriera increíblemente intacta para poder regresar. Venían atrás de nosotros una pareja de ancianos acompañados de dos niños. Regresamos a ayudar a los pequeños y a la señora. El hombre cargó a los niños y nos los pasó por el ducto de la vidriera. Ayudó a la mujer y él se quedó afuera. No supimos si él nos siguió.

Al entrar al edificio sólo vimos escombros. Buscamos la escalera interior y únicamente quedaba la fosa de lo que fue la salida. Nos aventuramos a lanzarnos sobre los cerros de arena, pedazos de cemento y bloques que habían caído.

Bajamos como lo habría hecho un equilibrista en la cuerda floja. Nadie podía sujetarse ni del techo ni de las paredes ante la posibilidad de que todo se viniera abajo. En el segundo piso aparecieron, no sé de dónde, unas 15 personas.

"Primero mujeres y niños", surgieron las voces como se escucharían en un naufragio. Yo iba adelante y tuve que esperar a que me sobrepasaran.

Finalmente, llegamos a lo que hasta hacía tres minutos era un elegante lobby donde habíamos tomado la copa la noche anterior. Al pisar terreno firme comencé a cansarme y me arrodillé, no podía. Le pedí a Dios que me ayudara: "Dame fuerza para salir". Y así fue, me levanté y emprendimos la huida al exterior.

Alcanzamos a divisar edificios destruidos. Todo era desolador, gritos, histeria, crujidos de metal y cemento. El restorán donde habíamos cenado ya no estaba, su lugar lo ocupaba un cerro de piedras.

Inesperadamente, frente a mi apareció un minitaxi. Subí de inmediato y comencé a reaccionar ante la magnitud de la catástrofe.

"Llévame al periódico El Día", ordené al chofer. De pronto, una explosión nos estremeció, volteamos y alcanzamos a ver cómo se desmoronaban las habitaciones donde había estado segundos antes. Un incendio terminó de devastar el Regis.

Así concluyó su testimonio.

Juan Francisco Salazar Leal, quien murió ayer, con la historieta que le regaló el dibujante Sergio Flores. Foto: Agencia Reforma

En enero de 2020, me reuní nuevamente con Salazar Leal para mostrarle los planos del Hotel Regis. Recordó donde se ubicaba su habitación, la 554.

Me mostró algunos recuerdos como sus reportajes en algunos edificios como el Edificio Nuevo León. También una historieta de él en el hotel durante el terremoto que realizó su amigo Sergio Flores para la revista Mad, y una tarjeta de cortesía para desayunar y cenar en el Restaurante Medaillon del Regis con la última fecha: 19 de septiembre de 1985.

Quedó de mandarme un escrito con más cosas que vio ese día. Nunca me llegó el texto porque en esos días inició la pandemia del Covid-19 en México y las cosas se pusieron muy difíciles para él.

Acordamos vernos otra vez para platicar de otros proyectos del Hotel Regis. Estaba muy interesado en participar. No volvimos a reunirnos.

Descanse en paz.

El autor es historiador.

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