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Crónica de un mexicano en Perú, bajo sombra del coronavirus. Parte III

Todos mis amigos y amigas, a través de las redes sociales, me dicen a diario que tenga paciencia y que me cuide.

Por  Arturo Lizárraga Hernández

Crónica de un mexicano en Perú, bajo sombra del coronavirus. Parte III(Cortesía)

Crónica de un mexicano en Perú, bajo sombra del coronavirus. Parte III | Cortesía

Para El jueves 18, ya todos mis amigos y parientes en México estaban enterados que yo me encuentro en Perú. Hubo quien me dijo que, a pesar del encierro sanitario y mi confinamiento en el hotel, le provoco envidia pues toda la vida ha soñado con venir a este país. Todos mis amigos y amigas, a través de las redes sociales, me dicen a diario que tenga paciencia y que me cuide. María Elena García, de Los Mochis, hizo una llamada telefónica para saludarme. Platicamos un rato y reímos los dos. Bromas, alimentación buena sirven para mantener el ánimo en alto.

Esa solidaridad expresada hoy en sus  múltiples formas y en todas direcciones por la crisis sanitaria por el virus,  es muy muy alentadora. Entre los huéspedes del hotel donde me hospedo, también se da  generosamente. Cuando la pareja de españoles nos platicaron felices que ya, a la mañana siguiente habrían de volar a su país, a todos quienes nos enteramos nos dio mucho gusto. Y se los dijimos. No solo porque irradiaban alegría hacia el grupo, sino porque de verdad nos daba alegría. Bien por ellos, bien por nosotros.   Querría decir también, por otro lado, que las gestiones de los gobiernos para reabrir las fronteras para repatriaciones, se estaba acelerando.  Hoy por ellos, mañana por nosotros.

Por lo demás, las interacciones entre los huéspedes del hotel, para ese día ya se estaban consolidando después de días de confinamiento. Dos ucranianas, para quienes los demás parecíamos invisibles, ya están dispuestas para hacer contacto   visual e intercambiar una sonrisa; dos griegos, hoy día, siguen haciendo el esfuerzo por comunicarse y hasta preguntan los nombres en español de las cosas, regalan sonrisas y buscan acercamiento preguntándonos, en un inglés peor que el mío, de dónde somos.

Pero lo que más me ha emocionado (hasta las lágrimas) es el afán de expresar la solidaridad desde las ventanas del confinamiento. En Lima, cada noche, exactamente a las ocho de la noche, todos, todos los confinados (locales y turistas) abrimos dos tipos de ventanas, las de nuestras habitaciones y las de nuestro corazón, para decirnos unos a otros, que no estamos solos: aplausos, gritos, vivas e intercambios de saludos con las luces de los teléfonos celulares, son lo común. Son cinco minutos de algarabía, cinco minutos de unidad. Son los cincos minutos de cada día que me durarán toda la vida.

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Por todo ello y por más,  sigo creyendo en la humanidad; siempre lo he hecho a pesar de casos de la historia mundial y personal que no me invitan a ello, pero   la sororidad de las mujeres, la fraternidad de los hombres, la solidaridad de todos para todos que se manifiestan franca y espontáneamente, invitan a creer en la Humanidad. Hermosa experiencia ésta, la de mi viaje a Perú en tiempos del coronavirus. En mi país, en Tepic, en Mazatlán, ¿Qué estará sucediendo?

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