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La víctima de un escritor pedófilo, silenciada desde hace tiempo, por fin cuenta su historia

Durante décadas, el escritor francés utilizó la imagen y las cartas de Francesca Gee para defender su búsqueda sexual de adolescentes. Su versión fue silenciada hasta ahora.

Por  New York Times

La víctima de un escritor pedófilo, silenciada desde hace tiempo, por fin cuenta su historia

La víctima de un escritor pedófilo, silenciada desde hace tiempo, por fin cuenta su historia

PARÍS .-En 1983, Francesca Gee estaba paseando con una amiga un día de finales de otoño en París cuando vieron una nueva librería. Mientras veían el aparador, su amiga de pronto señaló la parte de abajo de la ventana.

“¡Mira, eres tú!”.

El rostro de Gee la miraba desde la portada de una novela, “Ivre du vin perdu” (“Ebrio del vino perdido”), de Gabriel Matzneff, escritor y defensor de la pedofilia. 

Una década antes, a sus 15 años, Gee había estado en una relación traumática de tres años con Matzneff, un hombre mucho mayor. Ahora estaba usando su rostro adolescente en la portada de la novela y sus cartas en sus páginas sin haberle preguntado si podía hacerlo ni informarle nada al respecto, comentó.

Durante décadas, a pesar de las protestas de Gee, Matzneff usó sus cartas para justificar la pedofilia y lo que describía como las grandes aventuras románticas con chicas adolescentes, siempre respaldado por miembros de la élite literaria, mediática, comercial y política de Francia.

El escritor francés Gabriel Matzneff el 1 de febrero de 2020, en la Riviera italiana, donde se ha recluido allí desde que estalló un escándalo este año.  New York Times.

Los libros de Matzneff fueron patrocinados por algunas de las editoriales más prestigiosas de Francia, incluyendo Gallimard, que publicó “Ivre du vin perdu” durante casi cuatro décadas con la misma portada, usando el rostro de Gee para promover el tipo de relación que ha marcado de por vida a algunas de las víctimas de Matzneff.

Me persigue esa imagen mía, que es como un doble malévolo”, comentó Gee.

Su caso era el de una mujer incapaz de contar su propia historia… hasta ahora.

Gee, de 62 años, contactó a The New York Times tras la publicación de un artículo que describía cómo Matzneff tuvo relaciones sexuales con chicas adolescentes y niños prepúberes durante décadas y escribió al respecto de manera abierta.

A pesar de sentirse angustiada por su decisión, Gee, quien tuvo una carrera como periodista y habla inglés, francés, italiano y español de manera fluida, acabó con su silencio de 44 años en una serie de entrevistas a lo largo de dos días en el suroeste de Francia, donde vive.

Esa decisión se vio facilitada por un reciente cambio cultural en Francia.

Matzneff se convirtió en un escritor de renombre en la década de 1970, cuando algunos intelectuales franceses consideraban que la pedofilia era una forma de liberación de la opresión paterna. Aunque esas opiniones dejaron de ser favorecidas en la década de 1990, continuó publicando y prosperando hasta fines del año pasado. 

Sin embargo, en el último par de meses, lo acusaron de promover el abuso sexual de niños, le quitaron los honores que le había otorgado el Estado y dejó de trabajar con sus tres editores.

Gallimard dejó de vender la novela con la imagen de Gee en la portada en enero, después de la publicación de “Le consentement” (“El consentimiento”), el primer recuento de una de las víctimas menores de edad de Matzneff, Vanessa Springora.

El escritor francés Gabriel Matzneff el 1 de febrero de 2020, en la Riviera italiana, donde se ha recluido allí desde que estalló un escándalo este año.  New York Times.

“Le consentement” convirtió al renombrado Matzneff en un paria social de la noche a la mañana. Se fue a esconder a Italia, y sus antiguos simpatizantes, que pertenecen a la élite francesa, se han distanciado rigurosamente de él o lo han eliminado de sus círculos.

Gee dijo que, cuando escuchó de la publicación de “Le consentement”, se sintió “eufórica” de que la “Vanessa” de los libros de Matzneff —alguien a quien nunca había conocido, pero a quien siempre había considerado como una hermanita— estuviera alzando la voz.

Ella hizo lo que debía, y ya no tengo que preocuparme más por eso”, recuerda haber pensado Gee. “Sin embargo, en una semana o dos, me di cuenta de que desempeñé un gran papel en esa historia”.

De hecho, casi dos décadas antes de que “Le consentement” sacudiera a Francia, Gee intentó contar su historia en 2004, sin éxito. Escribió un manuscrito en el que, al detallar su relación con Matzneff, lidió con algunos de los mismos temas y usó el mismo vocabulario que aparece en “Le consentement”.

Sin embargo, ningún editor aceptó su manuscrito.

En Albin Michel, una de las principales editoriales, un editor pareció dispuesto a publicarlo, pero, cuando llevó el manuscrito de Gee ante un comité, terminaron por rechazarlo.

En la carta de rechazo, el editor, Thierry Pfister, explicó que algunos de los miembros del comité habían expresado sus reservas, señalando que Matzneff era parte de “Saint-Germain-des-Prés”, como se le conoce a la industria editorial francesa concentrada en ese vecindario de París.

En ese entonces, Matzneff no era el hombre viejo y aislado que es hoy”, comentó Pfister, que ya no trabaja en Albin Michel. “Aún estaba en París con su red, sus amigos”.

“Tomamos la decisión de no enfrentarnos a ese grupo”, recordó. “Había más pérdidas que ganancias. Yo hablé a favor de ella. Los demás no estuvieron de acuerdo conmigo”.

La red de simpatizantes de Matzneff era sorprendentemente vasta.

En 1973, cuando Gee tenía 15 años y Matzneff 37, un amigo del escritor le presentó a una ginecóloga que aceptaba recetarles píldoras anticonceptivas a chicas menores de edad sin la autorización de sus padres, lo que en ese entonces era un delito.

En su diario de ese periodo, “Élie et Phaéton”, Matzneff escribe que la ginecóloga,
Michèle Barzach, “en ningún momento sintió la necesidad de reprender al hombre de 37 años y su amante de 15”.

Gee dijo que vio a Barzach una media docena de veces a lo largo de tres años, siempre acompañada de Matzneff.

“La llamaba, hacía una cita e íbamos”, recordó. “Se quedaba en la sala de espera mientras estaba con ella. Y después entraban, hablaban y le pagaba”.

En sus otros diarios, Matzneff escribe que Barzach fue durante años la ginecóloga de cabecera con la que llevó a las chicas menores de edad con las que salió después de que él y Gee se separaron en 1976.

Barzach, que también era psicoanalista, fue ministra de Salud de Francia de 1986 a 1988, durante el gobierno del presidente François Mitterrand.

De 2012 a 2015, fue la directora de UNICEF en Francia, la agencia de protección infantil de las Naciones Unidas. Citando motivos de privacidad, UNICEF se rehusó a proporcionar los detalles de contacto de Barzach, que ya no trabaja ahí. Barzach no respondió a una solicitud de entrevista que UNICEF dijo que le habían enviado.

¿Amor o toma de rehenes?’

Durante décadas, Matzneff afirmó que sus relaciones con chicas menores de edad les fueron de ayuda el resto de sus vidas. Su iniciación en el arte, la literatura, el amor y el sexo, con un hombre mayor, las había dejado más felices y más libres, señaló.

Esa afirmación, que han repetido sus simpatizantes, no se cuestionó sino hasta la publicación en enero de “Le consentement”, en el que Springora escribe que su relación con Matzneff, que inició a sus 14 años, la dejó con problemas psicológicos durante décadas.

En su manuscrito no publicado de 2004, Gee describió su relación con el autor como un “cataclismo que me destrozó cuando tenía 15 años, y eso cambió el curso de mi vida”, dejándola “avergonzada, amargada y confundida”.
Empleando los mismos métodos que más tarde utilizaría con Springora, Matzneff ejerció su control sobre la chica adolescente. La aisló y le prohibió que socializara con amigos de su edad.

Movió influencias políticas para hacer que transfirieran a Gee a una preparatoria cerca de su casa, y presumió al respecto en sus diarios. Después adoptó la costumbre de esperar a Gee afuera de su nueva preparatoria, Lycée Montaigne, al lado de los Jardines de Luxemburgo.

“Iba todos los días para asegurarse de que todos entendieran que nadie debía intentar nada conmigo”, recordó Gee. “Era un lugar muy específico donde simplemente se quedaba parado esperándome”.

Gee hace poco se reunió con uno de los detectives que comenzó a investigar a Matzneff y a sus simpatizantes tras la publicación de “Le consentement”. Después de que detalló su relación con Matzneff durante una reunión de cinco horas en París, el detective describió la situación como una “toma de rehenes”, cuenta Gee.

Atrapada en sus historias

Gee cumplió 18 años en 1976 y, tras varios intentos desesperados, finalmente pudo volverse cada vez más crítica con Matzneff y liberarse de su control. “Básicamente, estaba creciendo”, comentó.

Sin embargo, siguió siendo rehén durante décadas, atrapada en su narrativa y el uso que les dio a sus cartas.

Animada por Matzneff, Gee había escrito cientos de cartas románticas y sexualmente explícitas durante sus tres años juntos.

Francesca Gee el 11 de marzo de 2020, en los Jardines de Luxemburgo en París, donde el escritor Gabriel Matzneff la esperaría después de la escuela.

Él publicó algunas de ellas en 1974, sin su autorización, en su feroz defensa de la pedofilia “Les Moins de Seize Ans” (“Los menores de dieciséis años”). Ofrecía esas cartas, según escribió en otro libro titulado “Les Passions Schismatiques”, como prueba de que “una relación amorosa entre un adulto y un niño podía ser muy fructífera, y la fuente de una plenitud de vida”.

Gee dijo que las palabras en las cartas eran las de una adolescente manipulada por un hombre que tenía la edad de sus padres. Sus cartas también se usaron en “Ivre du vin perdu”, la novela cuya portada tenía una ilustración suya.

“Ahora considero que fui extorsionada con las cartas y que las usaron como un arma en mi contra”, comentó Gee.
Fue en 1992 que contactó a Matzneff y le exigió que dejara de usar sus cartas y se las devolviera. Al final, él le envió un montón de fotocopias, una colección seleccionada cuidadosamente que excluía su correspondencia negativa.

Una década más tarde, en 2002, fue Matzneff quien le escribió para pedirle, por primera vez, su permiso para usar viejas fotografías suyas en un libro. Con la tinta azul turquesa que siempre usaba para escribir sus cartas, Matzneff ofreció identificar a la adolescente como “la joven que inspiró al personaje de Angiolina en ‘Ivre du vin perdu’”.

Gee no solo se rehusó, sino que también volvió a pedirle que en sus libros no aparecieran sus cartas y que quitaran su rostro de la portada de “Ivre du vin perdu”. También exigió que eliminaran tres fotografías viejas suyas de un sitio web dedicado a Matzneff y creado por un admirador, Frank Laganier. Gee comentó que las fotografías fueron eliminadas siete años después, en 2010, después de que siguió ejerciendo presión.

Laganier, que ahora vive en París, rechazó las solicitudes para hacerle entrevistas. Su abogado, Emmanuel Pierrat —que representa a Matzneff en un caso de pedofilia y es un antiguo simpatizante del escritor— rechazó ser entrevistado.

En 2004, Gee comenzó a prepararse para demandar a Gallimard, la editorial de “Ivre du vin perdu” y “La passion Francesca”, el diario que Matzneff escribió sobre su relación, pero no siguió con el proceso debido a los grandes costos legales. Gallimard no respondió a las solicitudes de entrevistas; Antoine Gallimard, director de la editorial, no respondió a una solicitud de entrevista enviada a su correo electrónico.

Sin poder detener a Matzneff, Gee tampoco podía contar su propia historia.
En una entrevista reciente en la costa de Liguria, en Italia, donde ha estado escondiéndose, Matzneff dijo que, si Gee lo llamara mañana, estaría feliz de verla.

En cambio, a Gee le encantaría que dejaran de recordárselo. En un libro publicado en noviembre pasado, más de cuatro décadas después de que lo dejó, Matzneff la mencionó, por lo menos, una decena de veces. Actualmente, Gee está trabajando en un nuevo manuscrito acerca del escritor.
Francesca Gee el 11 de marzo de 2020 en una cafetería en París a la que solía ir con el escritor Gabriel Matzneff hace décadas.

(Andrea Mantovani/The New York Times)

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