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Puerto Rico desolado: la sombra dejada tras el huracán

Con los estragos dejados por el huracán María en la nación caribeña, las imágenes del espíritu de su gente se alzan para alcanzar la paz después de la tormenta.

Tras la llegada del huracán María, que azotara Puerto Rico el pasado 20 de septiembre, la dulce calidez de isla caribeña que tanto la identificará, se ha visto opacada por los efectos catastróficos de la tormenta.

La respuesta lenta y desinteresada del gobierno federal, han sido un detonante para el espíritu de sus maltrechos residentes, quienes han comenzado de cuenta propia su proceso de recuperación, el cuál tardará años en verse completado.

Joseph Rodríguez, un fotoreportero expatriado de San Juan que actualmente reside en Nueva York, relata para el New York Times la travesía apocalíptica que presenció al visitar su país tras el fenómeno natural. 

Foto: Joseph Rodríguez, The New York Times.

Después de que él, su hermana y cuñado tardaron días en lograr reservar un vuelo para poder acudir a la isla a visitar a su madre y tía, finalmente lograron llegar a sus tierras.

La destrucción que contemplara en los medios con detenimiento acerca de los estragos que sufrió el lugar, no lo prepararon para la sacudida que dio su espíritu mientras observaba todos los destrozos que los poco más de 40 kilómetros de camino de la capital a la casa de su madre, cerca de la selva tropical El Yunque, le mostraron.   

"Donde quiera que mirábamos había imágenes apocalípticas de escombros apilados: pedazos de techos de lámina, muebles de porcelana agrietados, colchones deshechos y una línea de árboles tropicales sin hojas, partidos y astillados como fósforos", escribe.

Muchos de los problemas en Puerto Rico —su deuda pública de 72.000 millones de dólares, su infraestructura de energía eléctrica arcaica y frágil y el colapso de los servicios de salud— han empeorado de forma alarmante debido al huracán.

Aunque se espera que cientos de miles se muden al Estados Unidos continental, hay muchos que no pueden hacerlo o han decidido que no lo harán y se aferran con todas sus fuerzas a una tradición de actos de supervivencia basados en la comunidad. 

Las condiciones son precarias

Foto: Joseph Rodríguez, The New York Times.

María Maldonado, quien vive en el barrio de Alto del Cabro, a unos minutos caminando desde el pequeño distrito turístico del Condado, perdió el techo de su casa. Está en proceso de presentar una solicitud de préstamo al gobierno, pero primero debe comprobar que heredó de su fallecido padre, la propiedad de la casa donde creció.

“Había pasado años reparando el techo, me gasté 4000 dólares en eso, pero María llegó y rompió las láminas como si fuera la cubierta de una lata”, le dijo al reportero del New York Times

La Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (FEMA, por su sigla en inglés) declaró su casa pérdida total.

Foto: Joseph Rodríguez, The New York Times.

Por su parte, Ilda Sánchez y Alberto Luquis, una pareja residente del barrio de Caño Martín Peña, encontraron un caimán en su casa inundada. Esta zona de Santurce pertenece a la clase trabajadora de bajos ingresos que se estableció a lo largo de un canal que alguna vez nutría a los manglares.

El barrio ya era precario antes de la tormenta; la gente temía ser desplazada por los desarrollos turísticos, como había ocurrido en los años ochenta en un barrio cercano. La destrucción del huracán motivará a la gente a irse cada vez más rápido, dejando atrás una comunidad que se había originado debido al desplazamiento rural después de los huracanes de principios del siglo XX.

Foto: Joseph Rodríguez, The New York Times.

Cerca de Mameyes, el poblado al pie de las montañas, la gente lava su ropa a mano en el río. A corta distancia de ahí, una brigada de trabajadores luchaba para restaurar los postes eléctricos caídos, en un intento de recuperar la red eléctrica destruida, que ya de por sí era extremadamente precaria aun antes de la tormenta.

Todos, sin importar su orientación política ni deseo de pertenecer a Estados Unidos o independizarse, se habían quedado en la oscuridad, sin señal de celular ni de Internet. Sabían lo mismo de sus parientes que lo poco que sabían quienes estaban en Estados Unidos continental.

Una nación flagelada que se une para levantarse

Foto: Joseph Rodríguez, The New York Times.

Aun cuando esta tormenta expuso las líneas divisorias entre los puertorriqueños acaudalados y los necesitados, como ha sucedido en ocasiones pasadas con otros huracanes, dejando ver una área metropolitana de San Juan con cafés, bares y restaurantes funcionando a medias con generadores de diésel; mientras  tan solo una hora de distancia en auto, en la provincia, las comunidades no tienen acceso a alimentos, agua y medicamentos; existe una esperanza.

Tras la extrema pérdida, hubo una verdadera ganancia: La comunidad se organizó rápido, organizó brigadas que limpiaron los caminos y cuidaron a los ancianos, los enfermos y los que se quedaron sin techo. Pasará algún tiempo antes de que las torres de celular restablezcan la comunidad virtual, pero ahora, más que nunca, la comunidad real se hace rotundamente presente.