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Recuerdos de una conversación con Mercedes Barcha, esposa de Gabriel García Márquez

La viuda de Gabriel García Márquez falleció el pasado 15 de agosto, deja un legado de apoyo a la Fundación Gabo; fue fundamental en la vida y obra del escritor

Por Héctor Feliciano

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México.- De los libros de García Márquez, ¿cuál le gusta más? ¿A mí?, Cien años de soledad ¿No es?, pregunta y me mira a los ojos, como dudando sin duda alguna, insistiendo suavecito, Me lo he leído tres veces. Es una maravilla. Ese capítulo de la lluvia y de la peste. ¡Esa Úrsula! La pobre Úrsula es una maravilla, dice. Por fin, Mercedes se nos entusiasma, con mucha tranquilidad, ¡Es que es como un torrente! Uno pasa de capítulo y no se da cuenta. Cuando vas de un capítulo a otro, tú no lo notas.

Lo afirma alegre con una sonrisa, a esta edad, levemente tímida. Mercedes no sabe que tiene la autoridad que le da toda una vida de lectora vivida con García Márquez.

En el 1967 nos vamos a España, recuerda Mercedes, Y, antes, a Argentina. Allí conocimos a Tomás Eloy (Martínez), que era un niño. Mercedes no cae en cuenta de que el niño argentino del que habla tenía la misma edad que ella. Martínez se convertirá en amigo íntimo de la pareja hasta su muerte, en enero de 2010.

En Argentina, la publicación de Cien años  transformaría a García Márquez, de la noche a la mañana, en un personaje público internacional. Los argentinos devoran la novela, se vende en los supermercados y las amas de casa adquieren sus ejemplares cuando van de compras.

Con el éxito, la familia abandona México y se mudará a Europa, en donde residirá hasta 1975.
Interviene, entonces, Jaime García Márquez, el hermano del escritor que ha estado escuchando la conversación, En Buenos Aires, (Gabito) dijo, Yo lo que sé es echar cuentos y cuenta la Crónica de una muerte anunciada. La narra en público en Argentina unos 14 años antes de publicarla en 1981. El relato trata de un amigo de García Márquez, asesinado por los hermanos de la muchacha a la que deshonró.

Pareciera que Mercedes comenzara, ahora, a estas alturas de la entrevista, a sentir que el alboroto nuestro, las intervenciones, las precisiones que le exigen mis preguntas, la agobia. Se calla un poco a ver si concluyo nuestro encuentro en su casa del DF.

Se me ocurre que los recuerdos de Mercedes no engañan al que los escucha con detenimiento. Con el pasar de los años, sus verdaderas memorias y anécdotas, sus preferidas, se han convertido prácticamente sólo en aquellas que preceden o de poco rebasan la publicación de Cien años; aquellas vivencias íntimas cuando las cosas en la familia no parecían tener un rumbo definido, cuando estaban aun haciéndose, forjándose o que, en realidad, sí marcaban ya un destino, pero que no se advertía aún.

Las concibe del mismo modo que el propio García Márquez, cuando los dos eran felices e indocumentados. El resto de la historia que viene después se debe a aquellos primeros años anónimos. Años que, para ellos, contaron; los que cuando se recuerdan se siente que tuvieron más sustancia y fuerza, más anécdotas, exactitud, más detalles. El tiempo que llega después, se vive como lógica consecuencia del primero.

Pregunto nuevamente por el incidente histórico que más impacto tiene en ella en aquellos años posteriores a Cien años de soledad. Sin titubear, Mercedes contesta que fue la muerte de Salvador Allende en septiembre de 1973. Es la segunda muerte de un presidente que la impresiona en dos décadas corridas.

Gabito está en Bogotá y yo estaba en la Costa. Y, llego a Bogotá y Gabito me dice, Están disparándole a Allende en La Moneda.

Es este, acaso, el incidente político que más marcará, también, en esa década la carrera de escritor y de periodista de García Márquez. Con el golpe de Estado en Chile, García Márquez promete abandonar la escritura de novelas hasta que caiga el Gobierno de Pinochet. Y, encuentra la motivación para retomar el periodismo, descuidado desde el 1961, cuando la experiencia con Prensa Latina en Nueva York.

En Alternativa, era sólo colaborador y comienza el periodismo de nuevo, Mercedes aclara. Se refiere a la creación en Colombia de la revista Alternativa, que funda en febrero de 1974 junto a los periodistas Enrique Santos y Antonio Caballero.

Entrevista

La entrevista completa a Mercedes Barcha Pardo la puede encontrar en la Fundación Gabo en: https://cutt.ly/YfoO3My, así como otros artículos donde se habla de su legado. La Fundación es una institución creada por el periodista y Nobel de literatura colombiano Gabriel García Márquez, con el fin de apoyar iniciativas que fortalezcan el mejor periodismo con ética, respeto a los derechos humanos que incida en la búsqueda de una mejor sociedad.

Les pregunto a ambos cuál es la razón para ese regreso.

Mercedes se detiene. Con su sonrisa, mira a García Márquez. Este responde, Independientemente de todo, yo siempre seguía leyendo. De política, de todo.

Con sus pocas palabras Mercedes aclara, Era como natural. Lo dice con ese alargar de vocales oriundo de la costa, y deja entender que la vuelta al periodismo y a la escritura de novelas fue más bien un proceso, poco a poco. Natural, pues. No es por Allende, insiste.
Insisto un poco más, manteniéndome en el tema.

Siempre he estado en la vida, concluye García Márquez. Mercedes agrega, dirigiéndose esta vez a su esposo, Yo recuerdo que una vez tú dijiste, está pasando esto, está pasando aquello y dijiste que querías volver a escribir.

Yo siempre lo he visto igual, el periodismo, la literatura, concluye García Márquez.

Las preguntas hacen menos mella en mi interlocutora que al principio. Mercedes no aspira a ser una entrevistada de largo aliento. Cuando acaba con una respuesta, acaba. Comienzo a preguntar sobre temas más generales, antes de que me anuncien que se secó el pozo.

Mercedes es lectora asidua de diarios. Lee regularmente varios cada día. El País (de España) es el que más me gusta, afirma. (En los diarios) Uno tropieza todos los días con tanta mala escritura. Me pregunto si, acaso todavía enamorada, su modelo ejemplar no serán por siempre los escritos periodísticos de García Márquez. Recuerdo que Miguel Ángel Asturias, Premio Nobel de Literatura en 1967, se lamentaba de haber sido honrado con casi 70 años.

De haber recibido el premio en su juventud o en su madurez, decía, hubiera olvidado sus propias dudas sobre el valor de su obra y hubiera escrito novelas aun más ambiciosas. Para García Márquez las cosas fueron diferentes, pues, en 1982, tenía solamente 55 años.

El Nobel me volvió viejo, dice, Llegó en un momento en el que uno se convierte en viejo. Ya no me dejo tocar.

Desde su propia perspectiva, Mercedes piensa en esos años y agrega, Era antes peor (la algarabía alrededor de su esposo). El Nobel era una culminación del alboroto. Fue, entonces, que se alborotó el paraco, concluye empleando la frase costeña.

Abordo un plano más íntimo. Dos elementos surgen espontáneamente, las amistades y la estabilidad familiar.

Después de la publicación de Cien años y de la recepción del Premio Nobel , comenzó una noria de nuevas amistades y de conocidos –cientos de ellos– seguida por una permanente filtración y selección.

Pregunto, pues quiero saber cómo manejaban a los escritores, políticos, hombres de estado, periodistas, artistas y lectores corrientes que se les acercaban.

García Márquez comienza una breve respuesta y Mercedes lo mira entretanto. Parecen estar de acuerdo. Hay distintas categorías de amistades, dice, según las circunstancias. No se expanden. Insisto. Le pregunto a Mercedes, pues tenían y tienen aún una gran cantidad de amigos, ¿cómo se protegían?

García Márquez nuevamente responde, Porque sabía huir, Cuáles sí y cuáles no.  Yo, lo único que sé con seguridad es que jamás me ligué con quien no tuviera que ligarme. Todos los días de la vida, nosotros siempre hemos estado del buen lado. 

¿Lo que le ha dado la seguridad a lo largo de la vida con García Márquez?, pregunto a Mercedes. La familia, responde automáticamente, familias estables. Tú sabías quién era tu papá y tu mamá. Regresa siempre a su origen.

¿Cuál es la clave de más de medio siglo de matrimonio?

Aquí todo es igual, dice, Aquí son los vasos comunicantes. Los periodistas le buscan siempre demasiadas patas al gato, repite lo ya dicho, requintando, para asegurarse de que entendí.
Explica que entre ella y Carmen Balcells, la agente literaria en Barcelona, administran los bienes del escritor. Carmen Balcells es una genio, aclara.

Jaime Abello interviene, pues tampoco quiere que se desvíe la conversación. Quiere saber exactamente cómo ha sido vivir con García Márquez por más de medio siglo.
Para mí, es normal, responde. Se le insiste.

Para mí, todo es natural. Pero, naces así. Y, cómo fastidian con eso, inventando historias, eso es así o no es así.

Para Mercedes, las cosas son claras. En realidad, si la  comprendiéramos a cabalidad no hubiera habido ninguna necesidad de realizar esta entrevista. Tanta pregunta; si todo es transparente y obvio. Las respuestas son, para ella, evidentes. El gato, cuatro patas solamente. Y, también, aunque se preste al juego de la pregunta y la respuesta, existe siempre la cautela con los periodistas.

Mi signo es Piscis, y mi mujer, mi esposa, es Mercedes. Estas son las dos cosas más importantes que han sucedido en mi vida, porque gracias a ellas, por lo menos hasta el momento, he conseguido sobrevivir escribiendo

Gabriel García Márquez / Escritor (Frase en entrevista concedida a la revista argentina Crisis, en 1973) 

(Gabito) Dice que nunca me ha visto con problemas existenciales, Mercedes aclara, Yo soy así.

Sin orgullo cuenta lo siguiente, lo hace sin pretender nada, como una anécdota neutra que la resume, Yo le di una cita a una muchacha en el Sanborns de Obregón y la encuentro temblorosa y le pregunto, ¿Por qué?, y me dice, Ay, señora, es que yo la esperaba con joyas y pieles. Con explicaciones de este tipo, Mercedes se protege de tener que agregar más palabras. 

Es que ella no sabe quién es, remacha García Márquez. Es evidente, sin embargo, que sí quiere seguir siendo lo que ha sido.

Como todo segundo encuentro, el que tuvo lugar en la casa de Cartagena no fue igual al primero en el DF. Cambia el lugar, el ambiente, cambian los temas, cambia, por supuesto, la gente, su disposición. En realidad, para Mercedes la entrevista había concluido en México. El encuentro de Cartagena era una ñapa tropical, más breve e íntima.

Observo que en la costa, por su porte, por su vestimenta, Mercedes se encuentra más a gusto. Habrá menos detalles de qué hablar. A menudo, lo que uno es no se dice, ni con detalles, ni con recuerdos precisos.

Aprovecho y pregunto, ¿Cómo definirías la vida pasada con García Márquez?
Sin pleitos, responde, como que se ha hecho muy corta. Porque, oye, 52 años son 52 años. Vivida tranquila. Cómo se pasó todo tan rápido.

García Márquez interviene, Es que estábamos muy ocupados, en nosotros mismos. Los hijos eran los juguetes más berracos. Ahora, los hijos somos nosotros. Son ellos los papás.
Muy divertida la vida nuestra, concluye Mercedes.

Observo que muchos de sus allegados afirman que Mercedes es la columna de la pareja.
Eso dice la gente, comenta, No sé por qué lo dicen. ¿Por qué? El que hace las cosas es Gabo. Es que nosotros somos, como dicen los jóvenes, unos dinosaurios. Me gusto como soy, indica, no quisiera ser otra persona.

Yo quisiera cambiarla, pero no se deja, bromea García Márquez, Es firme, con el puño así.  Lo cierra lentamente. Suave, pero firme. ¿Se puede decir eso? Nosotros, continúa el escritor, hablamos de muchas cosas en la cama. Nos arreglamos.

El matrimonio es como una sociedad, pero hay que ser amigos, añade Mercedes.
Sí, dice García Márquez, pero hay que ponerle trabajo. Es un oficio muy jodido. Desde que uno se despierta.

Pasamos a los hijos y a su crianza en países extranjeros

Los hijos, de aquí (Colombia) no tienen nada, explica Mercedes, Uno se crió en México y París y el otro en los Estados Unidos.

Continuamos asociando temas en el calor sofocante que ya comenzaba a ceder. Le hago observar a Mercedes que en sus conversaciones emplea constantemente palabras del vocabulario de la costa colombiana. Sorprendida, con otra gran sonrisa de satisfacción, responde sesgado, A veces, cuando vuelvo acá, yo tengo que hacer doblaje. Es las palabras (mexicanas) que no saben.

García Márquez pidió otra copa de vino blanco. El vaso de jugo de mora de Mercedes seguía medio lleno sobre la mesa. El tema enorme que flotaba en el aire de aquella casa abierta de Cartagena era, ¿cómo se sigue siendo costeño a lo largo de tantos años de vivir fuera de la región y del país?

García Márquez escuchaba. Mercedes y yo conversamos sobre Conrad, Nabokov, Beckett que, al igual que García Márquez, pasaron muchos años de su vida en otro país que el suyo. Acordamos, sin embargo, que al terminar escribiendo en el idioma de ese otro país, que no hablaba su lengua materna, vivieron otra experiencia. Son escritores que se adentran cuerpo y alma en otra lengua que la suya.

Y, Conrad, ¿su mujer era inglesa?, preguntó Mercedes como si buscara el detalle decisivo de la biografía del escritor británico polaco. No conocía yo entonces la respuesta. Supuse que, en materia de identidad, Mercedes, probablemente por experiencia propia, considera clave la nacionalidad de la mujer en la pareja.  La respuesta –la señora de Conrad era inglesa- le da acaso la razón.

Platicamos otro poco sobre aquellos escritores que, a pesar de residir por voluntad propia en el extranjero, se mantienen siempre apegados a la lengua y a la cultura en la que nacieron, no importa el número de años vividos fuera.

Mercedes trajo a colación a Julio Cortázar. Cortázar tenía su acento, observó, pero siguió siendo argentino. Buen ejemplo, pensé.

Pa’ uno es normal, afirmó. Hablaba en nombre de la pareja. Creo que hay gente que quiere. Mercedes llegaba a una conclusión, hay que quererlo, la identidad es también deseo y afán. No se iba una leve sonrisa de sus labios. Creo que hay gente que quiere, repitió.

“Sin Mercedes no habría llegado a escribir el libro [Cien años de soledad]. Ella se hizo cargo de la situación. Yo había comprado meses atrás un automóvil. Lo empeñé y le di a ella la plata calculando que nos alcanzaría para vivir unos seis meses. Pero yo duré año y medio escribiendo el libro. Cuando el dinero se acabó, ella no me dijo nada. Logró, no sé cómo, que el carnicero le fiara la carne; el panadero, el pan, y que el dueño del apartamento nos esperara nueve meses para pagarle el alquiler. Se ocupó de todo sin que yo lo supiera: inclusive de traerme cada cierto tiempo quinientas hojas de papel. Nunca faltaron aquellas quinientas hojas»

Gabriel García Márquez En El olor de la guayaba, 1982.

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