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Las lunas de mi cielo

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El gato y la luna

Sucedió lo inexplicable. La Reina de Corazones se había enamorado del Gato de Cheshire. Nadie sabe cómo ni por qué. Cierto era que últimamente la cabeza del Gato aparecía mucho en las partidas de croquet de la Reina. Al principio, como es costumbre, ella gritaba que se la cortaran, pero claro, uno no puede cortar la cabeza de quien no tiene cuerpo. Luego, con el tiempo, la Reina pasó a ignorar al Gato, el cual, sin sentirse aludido, le hablaba de muchas leyendas e historias del País. Se diría que estos cuentos fueron los que, poco a poco, avivaron la curiosidad de la Soberana, hasta que acabó yendo al campo no para jugar al croquet, sino con la intención disimulada de escucharle.

Por supuesto, nadie osaba decir nada, susurrar nada, apenas pensar nada, porque todos creían firmemente que sus cabezas estaban bien ubicadas donde estaban. Ni siquiera el Rey, que durante aquella aventura llegó a echar de menos los chillidos de su esposa, se atrevió a mencionar nada. Era un secreto que en el País todos conocían, pero, por la cuenta que les traía, conocían bastante nada.

Y un aciago día, el Gato desapareció. Quizás se aburrió de estar con la Reina, o ya le había contando todas las historias que sabía, o, simplemente, tenía otras cosas que hacer. El caso es que no se le volvió a ver por el campo de croquet. Ni siquiera los soldados de la Reina, que peinaron el País durante más de dos semanas, pudieron dar información sobre su paradero. Justo allí donde se une el brazo con el resto del cuerpo, el verdugo sufrió de agujetas por mucho tiempo.

Finalmente, la Reina se dio cuenta de que el dolor de la pérdida no iba a mitigarse cortando cabezas. En un ataque de melancolía, decidió que si no podía tener al Gato, sí podría al menos mantener su recuerdo.

De todos es conocido que la sonrisa del Gato de Cheshire es como una luna tumbada, así que la Reina pensó que, si dividía la luna en pequeños trozos y los distribuía por el País, siempre podría rememorar al Gato. Se determinó que hacían falta seis pedazos de luna, repartidos por el reino, para que al menos uno de ellos pudiera ser visto en cualquier momento desde cualquier lugar. No importaba el tamaño de cada pedazo, pues se dice que la luna es como las estrellas de mar: un trozo de ella se convierte en pocos días en otra luna.

La Reina ordenó dividir el astro en seis pedazos y todos se prepararon para hacerlo. Esperaron a la noche, cuarto menguante, como la sonrisa del Gato, y colgaron una gran red entre los árboles del jardín de la Reina para recoger los trocitos de luna que fueran cayendo del cielo. Luego recorrerían el País, lanzando de nuevo los seis pedazos a la noche desde seis puntos diferentes del reino, para que de allí surgieran seis lunas distintas como seis sonrisas de Gato.

Sólo había un problema. El artilugio que usaban para disparar a la luna únicamente contenía dos cargas, cada una de ellas tan poderosa que dividiría el astro desde el extremo por el que entrara hasta el lado en el que saliera, como si del tajo de un cuchillo se tratara. El ingeniero jefe le daba vueltas a su cabeza, pues le tenía mucho cariño, para averiguar cómo, con sólo dos disparos, podía fragmentar la luna en seis trozos. Pintó una luna en el suelo, sabiendo que debía dividirla en seis trazando sólo dos líneas rectas sobre su superficie.

Se trazaron las coordenadas. Seis pedazos. El artilugio fue dispuesto para abrir fuego. Todos estaban preparados.

Pero justo en ese instante, cuando la Reina tenía el brazo levantado dispuesta a dar la orden, apareció otra luna en la rama de un árbol cercano. Flotaba, girando sobre sí misma, hasta que al final quedó acostada. Sobre ella surgió un bigote. Luego un pequeño hocico. Dos ojos y dos orejas puntiagudas. Finalmente apareció el Gato entero, que en aquel momento se lamía una pezuña. Preguntó a los presentes por qué iban a disparar sobre la luna.

La Reina hizo salir a todos del jardín y, quedándose a solas con el Gato, se lo explicó. Confesó que lo echaba de menos, que nunca había tenido un Gato que le contara cuentos y que, ahora que lo había tenido, le dolía saber que podía perderlo. Porque a la Reina, como a todas las Reinas, jamás nadie le contaba cuentos. Por eso iba a dividir la luna, para verla en todo momento, porque la luna le recordaba que ella también merecía vivir algunos sueños.

Fragmento del libro Las lunas de mi cielo (2012), publicado con autorización del autor.

Rosy Paláu

Escritora (Culiacán, 1956)

Diversos autores como: Aldous Xuxley, Alexandre Dumas, Alfred Tennyson, Amado Nervo, Ambroce Bierce, Ana Ma. Shua, H.G.Wells, Lope de Vega, Tomás Segovia, son reunidos aquí bajo un mismo tema, la luna, a cargo de la sinaloense, autora de Quizá el tiempo y Territorio Indeciso.

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