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De los dones del arte

NUEVOS LIBROS

Bello es lo que calienta hasta dejarnos fríos

Aforismo #419

Definitivamente: lo que da el arte es noticia de la belleza. Pero«noticia» es palabra escurridiza por lo demasiado evidente. Los artistas no son reporteros que recaben y redacten información del reino de la belleza para disfrute de lectores expertos o inexpertos. No hay, en primer lugar, un reino de la belleza. No se llega allí para volver con un baúl de fotografías, mapas, souvenirs, historias, ejemplos, baratijas, muestras y memorias. La belleza no es un reino, ni siquiera un país. Con énfasis: no es un lugar. No conforma un mundo.

Esto es, al menos, lo que pienso, pero ¿cómo puedo asegurarlo? ¿Es necesario? Si lo fuese, tendría que comenzar ofreciendo definiciones. Y éstas, ¿qué son? Jaulas para pájaros. Portaobjetos. Trampas para roedores. Cajas de herramientas, en el mejor de los casos. ¿Y si la belleza remite a todo aquello que una definición no encuentra el poder de contener?

Bella es, para empezar, la posibilidad de que algo así tenga derecho a la existencia. Que algo no exista en virtud de se necesario: allí comienza el presagio de la belleza. Una respuesta posible a la pregunta final (o inicial) de la metafísica -¿por qué hay algo, y no mejor nada?- sería: porque su juego es bello. El juego del ser y de la nada, de algo que es -en su etimología- lo otro dentro de lo mismo. Aliquid. Esto está invadido por no nada más esto. Ya es algo. Sea, pero, ¿bello?

Es la respuesta de Yahvé a Job: tú me pides coherencia ética, yo te respondo desde el horizonte (estético, artístico) de un Creador. ¿Ha sido «ético» crear el mundo tal como ha sido creado? Pretenderlo sería tanto como exigir que todo cuanto existe exista para usufructo de una sola de sus figuras: a saber, el hombre. Crear el mundo con el fin de rendir justicia a una sola de sus creaturas habría sido posible, pero ¡vaya espanto de mundo!

Así que el arte rinde noticia de la belleza, que sin ser una parte o una zona o la totalidad del mundo nimba todas las cosas -todas, incluidas las terribles o decididamente feas- de un halo especial, de un aura, de una gracia. No dignifica esto que la belleza sea un añadido del hombre a ciertas cosas, ni que en sí mismas existan ciertas cosas bellas, objetivamente bellas. Es justamente el anuncio de que hay algo más -o algo menos- que sujetos y objetos, algo que no está sujeto del todo, que aún no se suelda al objeto, que permanece libre, flotante, irresuelto, expuesto y destronado.

Y lo mismo habría que decir respecto del objeto: la belleza nimba el inasible antes de sedimentar en objeto, en utensilio, en servicio doméstico, en fijeza, en franca disponibilidad. Bello es que un sujeto, antes de sujetarse, vuelva los ojos a la ausencia de mundo. ¿Cómo sería tal inversión posible?

La ausencia de mundo es la muerte, pero la muerte anterior y no posterior a la existencia. La muerte, podríamos remarcar, interior a la existencia. El surrealismo no se equivocó en este punto: la belleza desborda -y lo desborda por fuerza- el campo de la conciencia, o, mejor, de lo concebible. Como los marcos de muchas pinturas, son más bellos que aquello que enmarcan. El concepto es un contenedor, pero la belleza está en el fracaso de todos los conceptos, en el derramamiento y la desbandada de todos los objetos.

Puede ser, pero ¿qué estatuto ontológico le corresponde a esta anterioridad interior a la muerte? ¿Es que ella existe como existe el cielo, el mar, los astros y los colores de la tierra? ¿Qué significa que la muerte invada a los existentes sin ser propiamente nada y que, encima, les otorgue esa su gracia desolada? Significa, me parece, que no tenían obligación de ser. Pero ¡he aquí que son! Fugazmente, pletóricamente. No serían lo uno sin lo otro. La belleza se presiente cada vez que un sujeto siente que no tenía necesidad alguna de ser y, como contraparte, cada vez que un objeto retrocede hasta el grado cero de su objetividad.

Y, en este punto, en cambio, da la impresión de que el surrealismo erró el tiro. Su deseo no era retornar a la noche, como muy nítidamente percibió Ferdinand Alquié en su Filosofía del surrealismo, sino forzar a que «las fuerzas de la noche se manifiesten durante el día». Quizás, pero ¿de que modo reconocerlas? ¿Son, por ventura, fuerzas? ¿No designan, por el contrario, el abandono y -cuanto más- el recargarse de las fuerzas? No las fuerzas de la noche, sino el anochecer, el decaer, el interrumpirse de las fuerzas. Su final. Potencia de la impotencia, presencia del no poder más. ¿No es esto una imagen posible de la belleza? E lucevan le stelle...

Si el arte da noticia de la belleza -la gracia, la gratuidad, la fragilidad indemne de todas las cosas- es porque no hay otro modo de lograrlo. No nos da una «imagen» de la belleza; nos da un presagio, un pequeño temblor, una como incomodidad, un ínfimo aunque perdurable trastorno. ¿De dónde procede? De la incapacidad de poseer la belleza. Que la fuerza no lo pueda todo: he ahí el secreto.

El arte no da noticia de la belleza, pero ni la belleza es siempre lo que de ella se esperaría -la belleza es insólita, terrible, inapropiable- ni el dar noticia consiste propiamente en proporcionar alguna información fiable y verificable. ¿Servirá de algo, además de darnos a entender que no todo sirve para algo? ¿Da algo más que la sensación de que absolutamente todo cuanto existe es un regalo en la medida en que no tiene ninguna necesidad de existir? La belleza no está en ninguna parte -y se encuentra en todas- porque procede de la súbita, momentánea retirada del mundo, sus exigencias y sus ilusiones, sus sacrificios y sus recompensas.

¿Arte? Exceso que desiste.

Extracto tomado del libro De una belleza casi ominosa, retorno al arte del desierto (2013) con autorización del autor.

Sergio Espinosa Proa

Filosofo y crítico de arte

Antropólogo social y Doctor en Filosofía, ha ganado el Premio Nacional de Ensayo Abigael Bohórquez y autor de varios títulos, entre los que destacan: La fuga de lo inmediato, La idea de lo sagrado en el fin de la modernidad, Em busca do infáncia do pensamento, Ideás a contramáo da pedagogia, No hay nada escrito y más.

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