Día Internacional de las víctimas de desapariciones

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Por: Santiago Corcuera

En diciembre de 2010 la Asamblea General de la ONU, declaró el 30 de agosto, el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas y exhortó a los Estados Miembros, el sistema de las Naciones Unidas y otras organizaciones internacionales y regionales, así como a la sociedad civil, a que observen este Día.

Es importante destacar que las víctimas de desaparición forzada no solamente son las personas desparecidas, sino también sus seres queridos, sus familiares y amistades, y la misma comunidad a la que pertenecen esas personas, que se ven lesionadas por la desaparición. La Declaración de la ONU de 1992 para la protección de todas las personas contra las desapariciones forzadas señala, con toda razón, que "todo acto de desaparición forzada sustrae a la víctima de la protección de la ley y le causa graves sufrimientos, lo mismo que a su familia". En el mismo sentido, la Convención de la ONU en la materia, señala que "… se entenderá por "víctima" la persona desaparecida y toda persona física que haya sufrido un perjuicio directo como consecuencia de una desaparición forzada". La Ley General de Víctimas, por eso mismo, identifica diversas calidades de víctimas, como las víctimas directas, las indirectas y las potenciales. Pero además, señala que "[s]on víctimas los grupos, comunidades u organizaciones sociales que hubieran sido afectadas en sus derechos, intereses o bienes jurídicos colectivos como resultado de la comisión de un delito o la violación de derechos".

Desde hace más de diez años he dedicado parte de mi tiempo al trabajo en favor de víctimas de desaparición. En 2005, un periodista me preguntó en qué partes del mundo, en aquel entonces, se daban desapariciones con recurrencia. Contesté que, por desgracia, no había continente que se salvara de este azote. En Europa, con las desapariciones que se estaban presentando por el conflicto en Chechenia, en África en numerosos países, lo mismo que en Asia, y en América, en aquel entonces, por las que se presentaban en Colombia. Ni por asomo preví que las desapariciones fueran a regresar a mi país en torrentes tan espeluznantes. La decisión del presidente Calderón de emprender su guerra contra el crimen organizado, mediante un énfasis obsesivo en la acción policiaca (suplantada por las fuerzas armadas), hizo que muy pronto México fuera un país en el que ocurrían muchas desapariciones. Hoy se siguen dando, día a día, nuevos casos y México se ubica, para nuestra vergüenza, en los primeros sitios de casos contemporáneos de desapariciones. Muchas de las desapariciones en México son cometidas por agentes estatales y muchas otras por delincuentes con participación de agentes del estado, lo que las constituye en desapariciones forzadas propiamente dichas. Muchas otras desapariciones son cometidas por particulares que no reciben apoyo estatal, y que por eso no pueden catalogarse como desapariciones forzadas en estricto sentido. Pero el sufrimiento de los seres queridos de las personas desaparecidas es exactamente el mismo. La angustia de no saber en dónde está, qué le pasó, qué le estarán haciendo a su hija o hijo, hermana o amigo, es descomunal. Aunque yo tengo la inmensa fortuna de no tener un familiar desaparecido, puedo dar testimonio de ese dolor, pues no todo conocimiento es empírico. Conozco la zozobra y la ansiedad de muchas personas a las que tengo el privilegio de acompañar de un modo u otro, y con el tiempo, me contagio cada vez más de su desolación y su rabia.

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¡¿Cómo fue posible que se generara en nuestro México esta tragedia humanitaria de magnitudes descomunales?! ¡Decenas de miles de personas que se las llevaron vivas y no se sabe de ellas! ¡Centenas de miles de familiares y amigos que sufren incesantemente!

Ayer, 30 de agosto, escribí este texto en homenaje a las víctimas, con mi respeto y solidaridad.

Twitter: @CORCUERAS