El arte y el público

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Por: Redacción

Al pensar en el arte y el público, lo primero que se nos ocurre es que indudablemente en nuestros días existe, por un lado, una radical separación entre ellos. El público de una manera casi general rechaza el arte contemporáneo y, lo que es más, pretende negarle precisamente su condición de arte. Creo que todo el que ha visitado museos o exposiciones de arte moderno ha tenido oportunidad de escuchar o ha formulado por él mismo ante un cuadro de Picasso, por ejemplo, alguna de esas frases ingeniosas como: "él verá a su mujer así, pero la mía es diferente" que no sólo tienden a negar, en principio, la posibilidad de sinceridad del artista, sino que también revelan una especie de autodefensa ante sus creaciones. De la misma manera que ante algunos de los cuadros abstractos o de las creaciones de Klee se dice "éstos los hacen mejor mis hijos" o cualquier tontería por el estilo, que siempre implica una rápida defensa ante el supuesto engaño que el artista pretende realizar, porque esa posición de rechazo general podría resumirse con el típico "a mí no me hacen tonto", como si el artista tuviera algún interés en perder su tiempo tratando de engañar precisamente a un tonto. Recientemente, uno de nuestros cultos periodistas, como respuesta a un artículo mío, trató de definir, mediante una ilustra parábola, el arte abstracto como un engaña-tontos exclusivamente.

Su actitud estaba de acuerdo con sus capacidades y en cierto sentido resultaba natural; pero lo sorprendente en el artículo era, me parece, su sincera indignación moral, la indignación del hombre justo que siente que han intentado hacerlo víctima de un fraude.

Ante esta actitud, podría responderse que desde luego todo el arte de todos los tiempos es una ilusión, un artificio que el artista construye como respuesta a la realidad para revelarnos algo a través de él. Pero que indudablemente exige que estemos dispuestos a creer en él para poder realizar su cometido. Y si repasamos brevemente la historia de las relaciones del artista con el público, veremos en seguida que durante mucho tiempo se le ha considerado precisamente como una especie de mago, alguien por cuya boca hablaban los dioses y que se parecía a ellos por su capacidad para crear. Así, si por un lado tenemos derecho a exigirle al artista que nos convenza con sus obras, por otro es indudable que nosotros debemos estar dispuestos a dejarnos convencer.

Sin embargo, es innegable que con una gran parte del público este proceso no llega a realizarse actualmente, y el arte se ha separado del público, o a la inversam si preferimos ponernos desde el punto de vista del público.

En su Problemática del arte contemporáneo, Worringer atribuye este fenómeno al hecho de que el arte contemporáneo, como resultado de la obligación de ser fiel a sí mismo, se ha separado de las formas naturales, haciendo imposible la "proyección sentimental" sobre la cual equivocadamente, se basaba hasta ahora la apreciación del arte. El problema entonces es fundamentalmente un problema de educación. La pintura se ha encontrado de pronto ante el dilema de que el público le atribuye exigencias falsas, le exige que responda a atributos que no son verdaderamente los suyos, puesto que su papel nunca ha sido sólo el dee reproducir con la mayor fidelidad posible a la naturaleza, sino expresar las fuerzas espirituales que hieren la imaginación del creador. Entonces, todo el que crea en la verdad del arte contemporáneo tiene que colocarse forzosamente frente al público y darle la razón a aquél ante el rechazo de éste, con la esperanza de que algún día el arte llegue a ser comprendido por el peso de las mismas obras.

Extracto tomado del libro De la pintura, Antología de ensayos sobre arte y pintura (2013) con autorización de Ficticia Editorial.

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De la pintura, antología de ensayos sobre arte y pintura deseo

Ed: Ficticia Editorial (2013) ISBN: 978-607-521-037-7

Juan García Ponce

Ensayista (1932-2003)

Novelista, ensayista, traductor y crítico de arte originario de Mérida Yucatán. Entre sus principales obras se encuentran La aparición de lo invisible (1968), Las huellas de la voz (1982), Figura de paja (1964), La casa en la playa (1966), La presencia lejana (1968), La cabaña (1969), La invitación (1972), El nombre olvidado (1970) y El libro (1978).

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