El gatopardismo y la nueva grandeza mexicana

Por: Carlos Heredia Zubieta

Leo el mensaje presidencial con motivo de su Segundo Informe de Gobierno, y encuentro una desconexión entre el país que se ve desde las alturas del poder y el país que vivimos cotidianamente la inmensa mayoría de los mexicanos.

Las encuestas de opinión nos indican que el entusiasmo de Los Pinos por las reformas no se corresponde con el sentimiento y el estado de ánimo de las personas de a pie.

A mí este contraste entre la gloria presidencial y la melancolía ciudadana me parece un déjà vu del sexenio de Carlos Salinas de Gortari. En 1993-1994 yo vivía en Washington, y de a tiro por viaje escuchaba a los analistas de compañías transnacionales y de grandes bancos decirme a mí que Salinas era lo mejor que le podía haber pasado a México. No importaba que Salinas se hubiese robado la elección presidencial en 1988. Las privatizaciones de empresas públicas en beneficio de su grupo económico y político eran peccata minuta; él era un líder global y nosotros los mexicanos teníamos que ponernos a su altura.

El tiempo puso en su lugar a CSG, quien a veinte años de haber dejado la Presidencia de la República, no puede caminar tranquilamente por las calles en nuestro país.

El presidente Peña Nieto ganó la elección presidencial en 2012 y dibujó un programa cuyos propósitos yo comparto: un México en paz y el tránsito hacia una sociedad equitativa e incluyente. Lo primero es más un anhelo que una realidad en Acapulco, Culiacán, Juárez, la tierra caliente michoacana, Tampico, Tijuana y Valle de Bravo. Lo segundo es una asignatura pendiente en todo el país.

El gatopardismo se refiere a la famosa frase de Lampedusa: Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie. Cambiemos los órganos reguladores por entidades autónomas, aunque el centralismo y el poder cupular los conviertan en comparsa; cambiemos de contratistas en la obra pública, pero sin que cesen las prácticas patrimonialistas; cambiemos los nombres de los programas gubernamentales, aunque el modelo económico condene a la mitad de la población a la pobreza.

La creencia presidencial de que la corrupción es un problema fundamentalmente cultural implica que los mexicanos no tenemos remedio: a menos que cambie nuestro código genético, la ley se seguirá aplicando selectivamente, la corrupción seguirán sin ser sancionada, y los poderosos tendrán garantizada la impunidad.

Un botón de muestra más: la revista "Forbes" señala que tras la contaminación fluvial en Sonora -el peor desastre ecológico de la industria minera en la historia de México- el dueño de Grupo México no ha ofrecido ni siquiera una disculpa a los afectados. Ocho años después de la explosión en la mina de carbón de Pasta de Conchos, donde quedaron enterrados y fallecieron 65 trabajadores mineros, se aplica una multa de monto simbólico y todo vuelve a lo mismo.

Las élites de la economía y de la política sólo hablan entre sí. Reformas van y reformas vienen, y ellos celebran que sus privilegios queden a salvo o incluso se acrecienten. Con muy honrosas excepciones, se convalidan en su desconocimiento de lo que pasa entre los de abajo.

La promesa de una nueva grandeza mexicana es una versión tropicalizada de la perestroika (reforma económica) sin glasnost (transparencia). México está en movimiento, pero es rehén del gatopardismo: las reformas peñistas no implican una transformación en las estructuras de poder, ni un cambio en la relación entre los gobernantes y los gobernados.

El verdadero cambio político es que los mexicanos asumamos nuestras responsabilidades en el cumplimiento de la ley, y dejemos de ser súbditos para convertirnos en ciudadanos. Y ello también se dice más fácil de lo que se hace.

Twitter: @Carlos_Tampico