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El hombre higiénico

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Cuando la puerta del baño se abrió, Modesto emergió desde el fondo de un hongo de vapor, embozado en la bata de toalla. Parecía un pollo recién sacado del caldero. Entonces, sentado en la silla de su pequeño escritorio, hurgó en la bolsa del saco. Sacó la bolsita transparente donde había metido el escalpelo con las pequeñas carcomas del mural de Gabriel Flores. Tomó hilo y aguja de un cajón. Encajó la aguja en una esquina de la bolsita y la amarró con tres nudos. Rato después, el pequeño trofeo pendía colgado en el muro, junto a su arsenal de productos higiénicos. Enseguida buscó su libreta personal y escribió:

Hoy deseo reafirmar la declarotoria que hice el 26 de febrero en el Salón de Cabildo, ante las sabias palabras del mismísimos Juárez. Me voy a transformar en un hombre higiénico. Esta decisión no sólo es trascendente para mí, sino para la civilidad de esta inmunda ciudad. Lo primero será evitar cualquier cercanía con un cadáver. Nunca jamás asistiré a un cementerio, ni por asomo. Si alguna vez me veo en la necesidad imperiosa de ir a un hospital, indagaré a conciencia dónde diablos se encuentran los muertos, a fin de evitar cualquier contagio. Nadie se sorprenda si me tapo la boca en los velorios, porque si algo me da asco y miedo es el olor de un cuerpo en plena descomposición. Lo segundo será evitar a toda costa cualquier visión fecal, incluidas mis propias heces. Para ello desarrollaré una técnica de aseo que me impida mirar hacia abajo, cada vez que me limpie el ano. Llegará el día en que mi mente ya no recuerde cómo son los desechos humanos. Lo tercero será alejarse de cualquier enfermo, pues he descubierto que mi cuerpo tiene cualidades esponjosas; puede absorber toda clase de bacterias, algunas de ellas tan peligrosas que podrían ponerme al borde de la muerte. El cuarto punto consistirá en purificar el ambiente hasta el último rincón de esta maldita atmósfera. No bastan los perfumes. Esa técnica es complaciente y engañosa. Será necesario valerme de vinagre, alcohol, fumigantes y todo aquello que la química médica sea capaz de proveerme.

Pero además de estas anotaciones, Modesto asumió nuevas decisiones higiénicas, a fin de aumentar su resistencia a lo que él llamaba «infecciones flotantes». Esa noche estuvo musitando frases inconexas, casi hasta la madrugada. Cuando amaneció se vistió y salió de prisa al Mercado Corona. Un par de horas más tarde regresó con pequeños envoltorios de plástico. Inés le ofreció un recalentado de tamales con arroz, pero no hizo caso.

—Tengo algo importante que hacer arriba —el tono de su voz era cortante y precipitado, como si hubiera dejado una mujer desnuda a medio satisfacer. Subió pues. Abrió una bolsa verde chillante. Sacó un limón y lo partió por la mitad. Lo piqueteó con clavos de olor. Exprimió unas gotas frotándose el jugo entre las manos, sobre los brazos y el cuello. Después remojó un poco de ruda en alcohol formando una almohadilla con algodón. Lo mismo hizo con hojas de toronjil, mejorana, romero, azahar, orégano, basilisco, tomillo, laurel, cáscaras de naranja y membrillo. Fue colocando cada almohadilla en lugares estratégicos donde, según sus cálculos, sería más probable que se enquistaran bacterias de peste. «Nunca se sabe. Cualquier día de estos se desata una epidemia y todos empezamos a vomitar esputos negros en la calle».

Fragmento del libro El hombre higiénico (2013), publicado con autorización de Ediciones Arlequín.

Consíguelo

Editorial: Ediciones Arlequín

ISBN: 9786079046576

Año: 2013

Gerardo Gutiérrez Cham

Gerardo Gutiérrez Cham nació en Guadalajara, Jal., en 1964. Doctor en Filosofía y Letras con especialidad en Análisis del Discurso por la Universidad Autónoma de Madrid. Es autor de la novela Viaje a los olivos (2001) y Bajo la niebla de París (2010.) Con Snapshot ganó la mención honorífica del Premio Letras Nuevas 2012.

@Revista_Tonica