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El marqués y nosotros

RATIO LEGIS

César Bonesana, marqués de Beccaria, nació en Milán, Italia, en el año de 1738. Su nombre aparece ligado a la civilidad jurídica y su lectura no debería ser extraña a nadie que se interese por la suerte del género humano. Nuestro filósofo fue el máximo representante del pensamiento penal ilustrado, esa cima de la humanidad que alzó a la Razón hasta el sitial más elevado y enarboló las causas justicieras por las que todavía bregamos, en muchos casos con penurias y extravíos. No hay prácticamente institución constitucional que no reconozca su simiente en el pensamiento de Las Luces; somos deudores eternos y morosos de esos hombres en los que redundaban valor y genio.

El talento de Beccaria se decantó todo en un solo libro. Este silencio posterior, apenas roto con unos escritos menores sobre economía, produjo que muchos dudaran de la autoría del famoso tratado "De los delitos y de las penas", aparecido justamente hace doscientos cincuenta años. Estamos ante uno de los textos imprescindibles de la biblioteca que he sugerido en estas páginas para quien desempeña tareas públicas, mayormente si se ejerce de parlamentario o juez. Encarecía tanto el trabajo legislativo, que afirmaba: "si hubiese de dictar nuevas leyes en algún ángulo del universo que estuviese abandonado, antes de autorizar esta costumbre me temblaría la mano y se me pondría delante de los ojos la posteridad toda". No puedo mostrarme más coincidente. Es así como deben tocarse las palabras de los códigos: con tiento y prudencia sumas, asiendo la pluma como si fuera el bisturí de un cirujano que se dispone a intervenir un ser querido y exquisito.

Todos los tejidos y fibras del sistema penal fueron materia de Beccaria, y el pequeño panfleto sigue siendo la mejor guía política para acercarse a sus dolencias. Como buen ilustrado, decía que las leyes debía ser pocas y sencillas, en lo que se escucha la resonancia de Tácito que advertía como la corrupción se multiplica con el número de leyes. "¿Queréis evitar delitos?", preguntaba el milanés: "Haced que las leyes sean claras y simples y que toda la fuerza de la nación este empeñada en defenderlas". Decía también, siguiendo en ello a Montesquieu, que "toda pena que no se deriva de la absoluta necesidad es tiránica", un axioma fundamental que preconiza la proporcionalidad de las sanciones con los delitos y que denuncia como ilegítima toda limitación de los derechos que carezca de fines protectores. Sobre ese mismo apunta: "Si se destina una pena igual a los delitos que ofenden desigualmente la sociedad, los hombres o encontrarán un estorbo muy fuerte para cometer el mayor, cuando hallen en él unida mayor ventaja".

Junto con Jeremías Bentham, Beccaria reivindicaba tempranamente la publicidad de los procesos penales como remedio al abuso y a la arbitrariedad. "Sean públicos los juicios y públicas las pruebas del delito, para que la opinión, que acaso es el solo cimiento de la sociedad, imponga un freno a la fuerza y las pasiones". Es de su genio que proviene el perfil político del principio de legalidad penal, la clave de bóveda del sistema de derechos, que proclama la supremacía de la ley (y de la Constitución, en tanto que ley suprema) y el inexcusable sometimiento de todos –del ciudadano, de las instituciones, de los servidores del Estado—a su imperio. ¡Cuán grande es todavía hoy la sombra de la figura del marqués! Tengan salud.