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En media hora... la muerte

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En media hora... la muerte

Un día llegó dispuesta a hablar con su padre en relación al futuro de Alemania y de los judíos (en realidad deseaba saber la suerte de nuestra propia familia, ¿quién no tendría miedo?), Muschi se encontró con que el mayordomo había recibido instrucciones precisas de no interrumpir, bajo ninguna circunstancia, la reunión que se estaba llevando a cabo a puerta cerrada en la biblioteca. Herr Liebrecht sostenía una charla de café con Joseph Goebbels, cuyo ostentoso Mercedes Benz negro, escoltado por varios automóviles similares para impedir la identificación del alto funcionario nazi, se hallaba estacionado en la entrada de su residencia en Wallotstrasse, rodeada por un número indeterminado de ayudantes militares con uniformes negros de la SS.

A pesar de que el servicio doméstico le suplicaba a Lore, a quien conocían desde sus primeros días de vida, que no escuchara conversaciones ajenas y menos en la que intervenía un personaje tan temido como el propio Goebbels, ella permaneció con la oreja pegada a la puerta cuando el talentoso ministro nazi de Propaganda interrogaba a su padre entre broma y broma. Jamás habría pensado que Goebbels recurriera a la ironía, al humor negro, para alcanzar sus objetivos:

—Oye, Richard —preguntó el ministro de Propaganda, probablemente colocado de pie atrás del escritorio de mi bisabuelo—, ¿a quién le encargaste estos cuadros de Holbein que parecen auténticos...?

—Lo son, señor ministro, lo son, ¿cree usted que yo voy a tener copias...? —repuso Richard Liebrecht con una mezcla de coraje y de vergüenza. Al sentirse provocado e insultado salió a defender su pinacoteca, una pequeña colección de grandes pintores—: Este retrato es de Durero, aquel cuadro es de Liiebermann, el de la esquina es un Cranach, el de más allá es de El Bosco; aunque no lo crea, el del biombo es de Winterhalter; aquél es de Slevogt...

—Bueno, bueno, era una broma —repuso Goebbels después de haber obtenido toda la información necesaria.

—Los he comprado con muchos esfuerzos a lo largo de mi vida y hoy por hoy constituyen una fuente de orgullo. Jamás me desharía de ellos salvo en el caso de una urgencia o un desastre natural. Este patrimonio es de mis hijos, de mis nietos y de mis bisnietos, de todo aquel que lleve sangre Liebrecht en sus venas.

—Haces bien —repuso el ministro complaciente y risueño—, estos acervos son propiedad de una familia y luego de varias generaciones. Maldito sea el que atente en contra de tu colección o de cualquiera de tus descedientes —agregó escondiendo una sonrisa sardónica—; sólo te suplico que Goering nunca sepa lo que tienes ni lo invites a tu casa porque estas tentaciones lo enloquecen. Él siempre ha sostenido lo que decía Oscar Wilde:«Resisto todo menos la tentación...».

Mi bisabuelo ni siquiera hizo caso del comentario humorístico relativo a Wilde. Su comportamiento, a pesar de que él lo negara, escondía cierta ansiedad cuando estaba frente a ese hombre y en su propia casa,, y no era para menos... Para fortalecer aún más sus argumentos y convencer a Goebbels de la autenticidad de sus obras, le enseñó esculturas ubicadas adentro de la biblioteca y otras colocadas de forma estratégica en el jardín debidamente iluminadas, pero sin mostrarle ni hablarle siquiera de los cuadros de Zorn, su favorito, en la sala y en el comedor. Lore parecía petrificada escuchando la conversación. ¿Cómo su padre, con la inteligencia, el ingenio y la astucia que le había servido para escalar a las alturas en que se encontraba, no había sido capaz de descubrir la estrategia utilizada por Goebbels para extraerle información? Sólo había faltado que le preguntara en cuánto valuaría Sotheby's sus obras de arte... Las intenciones del ministro de Propaganda no podían ser más claras.

—En mi próxima vida seré zapatero —comentó el destacado nazi, envidiando esquivamente la fortuna en obras de arte que contemplaba. Era evidente que ya casi soñaba donde colocaría en su residencia los cuadros de mi bisabuelo cuando concluyera el proceso de «despiojamiento» de judíos de Alemania, como lo resumía Heinrich Himmler con tanta gracia. Cómo disfrutaba el sentido del humor, negro, por cierto, de quien encabezaba la Gestapo y a quien no le importaba reconocer que antes se dedicaba a la producción de pollos.

Fragmento del libro En media hora... la muerte (2014), publicado con autorización de Editorial Planeta.

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Consíguelo

Editorial: Editorial Planeta

ISBN: 978-607-07-2053-6

Año: Marzo 2014

Sobre el autor: Francisco Martin Moreno (Ciudad de México, 1946)

Columnista y autor de las novelas historicas mas provocadoras y exitosas de los ultimos años: México negro, Las cicatrices del viento, México mutilado, México sediento, Las grandes traiciones de México, México secreto, México acribillado, México ante dios y la trilogia erotica Arrebatos carnales.

@Revista_Tonica