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Entre las sábanas

NUEVOS LIBROS

Era «invierno» en Santa Teresa, lo que significa que California se encontraba en todo su esplendor. El día era soleado, el paisaje verde y exuberante, y el océano se agitaba como una lavadora en un ciclo suave. Mientras la mayor parte del país soportaba lluvia, aguanieve, granizo y nieve, aquí jugábamos a balonvolea en la playa en camiseta y pantalón corto. O al menos eso es lo que hacían algunos. Yo me dirigía al bloque de apartamentos de Emily Culpepper, recitando para mis adentros la letanía de problemas en los que se había metido ella solita. No sólo habían matado a Gerald con su pequeña Derringer, sino que Emily había cogido la maldita pistola, borrando así (probablemente) cualquier huella antigua y sobreponiendo con claridad las suyas. Y entonces, en lugar de llamar inmediatamente a la poli, lo que al menos la habría hecho parecer una ciudadana responsable, ¡se había ido! La situación era tan comprometedora que me pregunté si Emily no estaría tendiéndome una trampa a fin de proporcionarse a si misma una especie de coartada rebuscada (aunque totalmente absurda). Quizá en realidad lo había matado ella y luego se había inventado esa historia tan extraña para explicar sus huellas en la escena del crimen. Se había comportado en todo momento de una forma tan estúpida que casi podía considerarse inteligente.

La dirección que me había dado se encontraba en una bocacalle bordeada de árboles, no lejos del centro de Santa Teresa. Había veinte apartamentos en total, diez en la planta baja y diez en la primera planta, formando un cuadrado. El edificio estaba construido en ese estilo colonial español tan predominante por estos pagos: tejado de tejas rojas, paredes de estuco encalado, arcos y un patio central con una fuente en medio. El apartamento de Emily era el número dos de la planta baja, justo al lado del de la encargada del edificio. Observé detenidamente la zona. No se veía ni un alma, por lo que saqué las llaves que Emily me había dado y abrí la puerta de entrada de su apartamento, sintiéndome algo culpable y muy tensa. No es divertido saber que vas a encontrarte un cadáver, y no estaba del todo segura de lo que me esperaba.

Con el corazón desbocado, noté que una gota de sudor me bajaba por la espalda. Emily me había descrito la distribución del apartamento, pero aun así tardé unos segundos en orientarme. La habitación en la que acababa de entrar era un salón comedor, con una cocina americana al fondo. La encimera de la cocina sobresalía a mi derecha. Todo estaba decorado en verdes y dorados, con muebles tapizados de aspecto cómodo. Había algunos juguetes esparcidos por la habitación, pero casi todo el apartamento parecía limpio y ordenado.

Crucé el salón. A la izquierda había un corto pasillo, con un baño visible al fondo y un dormitorio a cada lado. Emily me había explicado que su dormitorio estaba a la izquierda y el de Althea a la derecha. Los dos tenían la puerta cerrada. Recorrí el pasillo de puntillas y me detuve unos instantes frente al dormitorio de la niña. Coloqué un pañuelo de papel sobre el tirador para no borrar las huellas dactilares que pudieran haber dejado y a continuación abrí la puerta.

Atisbé desde el marco de la puerta, procurando n tocar nada. Un vistazo rápido reveló paredes de color rosa pálido, estantes con juguetes, peluches sobre el alféizar de la ventana y una cama infantil, con dosel y una colcha blanca llena de volantes.

Y ningún cadáver.

Di un paso atrás y me quedé mirando la puerta, desconcertada. ¿Sería aquélla la habitación?

Extracto tomado del libro Kinsey y yo (2014) con autorización de Tusquets Editores.

Consíguelo

Kinser y yo

Ed: Tusquets Editores (2014)

ISBN: 978-607-421-529-8

Sue Grafton

Escritora

(Kentucky, 1940)

Licenciada en literatura inglesa, ha trabajado en Hollywood como guionista de tv. En 1982 creo a la detective Kinsley Millhone, que la llevo a escribir el alfabeto del crimen, donde la detective resuelve casos desde la A de Adulterio hasta la V de Venganza. Varias novelas de la serie han obtenido premios tan importantes como el Mysterious Stranger Award, el Shamus Award, el Anthony Award, y, en 2004, el Premio Ross Macdonald.

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