Euforia que debía haber y no hay

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Por: Enrique Cárdenas Sánchez

En el último año hemos sido testigos de cambios trascendentales para el país; cambios indispensables para permitir el despegue de la economía. Las reformas más recientes —telecomunicaciones y energética (por no agregar la financiera, la fiscal y la educativa)— representan no sólo una profunda transformación de esos sectores, sino el rompimiento de mitos, fantasmas y poderes reales.

En el extranjero, dichos cambios se han más que celebrado; el gobierno ha puesto la tónica en ellos, puesto que, en gran parte, ahí ha apostado el desenlace de esta administración. Se trata verdaderamente de cambios profundos y con un enorme potencial de transformación; son para bien, a pesar de que ninguna de las reformas deja contentos a todos.

Pero a la luz de estas reformas "históricas", uno esperaría que hubiera un ambiente de euforia, de optimismo y que las inversiones del sector privado, nacional y extranjero, fluyeran para impulsar el crecimiento económico y la creación de empleo. Eso fue lo que se vivió tras la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, por ejemplo. Sin embargo, nada... de ese ambiente de bonanza, de expectativas positivas para el desempeño de la economía, no hay ni una luz.

Lo anterior con seguridad preocupa tanto al inquilino de Los Pinos como al partido en el gobierno; y aunque la respuesta de porque se respira todo menos euforia no la sé, sí ofrezco tres hipótesis.

Primero. Ver para creer: estamos ya tan acostumbrados a que las cuentas y promesas alegres de autoridades simplemente no se realicen, no ocurran, que ya no "nos la creemos" tan fácil. Hasta que no baje de hecho el precio de la electricidad o del gas, hasta que ya no haya problemas magisteriales en Oaxaca, hasta que no crezca sensiblemente el crédito, la gente no va a creer que realmente las cosas están mejor y que hay motivos para estar optimistas.

Segundo. Las reformas no han tocado temas muy sensibles que le recuerdan a la sociedad, una y otra vez, que el PRI, en muchos sentidos, sigue siendo el viejo PRI. La promesa del Presidente de una unidad anticorrupción independiente está atorada en el Congreso. Las historias de corrupción en todas las esferas de gobierno, en los tres órdenes (federal, estatal y municipal), se escuchan todos los días y sólo en algunos casos es perceptible que existe una acción para castigar a los responsables. Y cuando algunos peces gordos son castigados, como la maestra Elba Esther Gordillo, otros siguen en toda su gloria deambulando por las calles, como es el caso del senador Carlos Romero Deschamps, del sindicato de Pemex. Da la impresión que la justicia es selectiva (a unos sí y a otros no, según te portes…), que la impunidad se hace presente en prácticamente todos los casos (nuevamente, según "te moches"…). La autoridad nos intenta persuadir de que la violencia ha disminuido, al tiempo que Estados Unidos lanza alertas para que sus ciudadanos se abstengan de viajar a ciertos estados del país. Si las cosas han mejorado, no lo sabemos de cierto ni en qué grado.

Tercero. Falta de consistencia y equidad. Se percibe que varias de las reformas y de las políticas públicas no están coordinadas internamente, que no hay consistencia de objetivos y que por lo mismo no se sabe a ciencia cierta qué va a ocurrir. También se siente que "la cosa no ha sido pareja". Y así, mientras todo ocurre, los inversionistas prefieren esperar antes de tomar decisiones importantes de inversión y de creación de empleo.

Éstas son sólo tres hipótesis de por qué no se percibe el optimismo —y por ende la inversión— a pesar de que ahora sí, ya pasaron las reformas incluso sus consecuentes leyes secundarias. Puede haber otras razones y seguramente la falta de euforia se debe a la combinación de todas ellas. Pero si tengo que escoger, me quedo con la segunda: la gente aún percibe que los viejos problemas de fondo —como la corrupción y la impunidad, la impartición de justicia a la orden del mejor postor y tantos otros— reflejan que la ola reformadora ocurre sólo en algunos selectos casos, y no en otros. En ese sentido, reflejan que el viejo PRI sigue presente, con sus virtudes y sus defectos.

ecardenas@ceey.org.mx