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Fantasmagorías de los goles

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A partir del mundial de 1966, la FIFA se propuso no perder el control de cada minucia relativa al fútbol, para lo que ha administrado hasta dos y tres veces a la semana una dosis de imbecilización barata, falta de ética y de moral, a las masas religiosas que transfirieron su dogmatismo, incluidos numerosos intelectuales, a los colores de una camiseta plagada de marcas comerciales para asegurar así un fuero y una impunidad proporcionales a su capacidad de generar fortunas inmensas de dinero —que no fue rala antes, tampoco—: integró un cónclave cerrado y conformó una mafia de estructura vertical y modos renovables en función de los avances tecnológicos, encabezada por los gángsters mencionados de nacionalidad brasileña y suiza.

Si alguien quiere comprender la contemporaneidad de la mafia que prosperó durante la prohibición de alcohol en Estados Unidos en los años 20, que revise la trayectoria del francés Jules Rimet y cómo y por qué nacieron los Mundiales.

En el germano occidental Mundial de 1974, gracias al inesperado y vertiginoso "fútbol total" holandés, los clubes y selecciones del mundo se hicieron de un pretexto tácito magnífico para comenzar a practicar faltas inéditas con el fin de detener oponentes. Johan Cruyff fue el último de los clásicos y quizá lo comprendió al negarse a asistir al Mundial de 1978, donde ya se anunciaban los cochupos mayores en el fútbol porvenir.

El rostro de Havelange, tan transparente, me hizo pensar que no era falsa la leyenda de que Hitler, Eva Brown y otros nazis se refugiaron en la Argentina de Juan Domingo Perón. ¿Fue mi imaginación desbocada o por qué designó como sede a un país incautado por más de una junta militar? A videla le urgía regalarle un campeonato mundial de fútbol a sus subyugados para que se mantuviesen embarrados en años recientes han visto la luz testimonios de jugadores peruanos y argentinos amenazados y comprados para asegurar que la selección clasificara a la final en la que hubieron de escupir el bofe para derrotar a una Holanda aún casi imbatible. No obstante, el campeonato no dio ni para cuatro años antes de que fuera necesario armar el numerito de las Falklands en el que fueron sacrificados muchos jóvenes argentinos. Fútbol y política como en Berlín en 1938: y pensar que perviven ánimos revanchistas...

En 1982, en España, Italia ajustició en un partido memorable a los alemanes gracias a la borgiana —no borgesiana, aunque el origen del nombre sea el mismo— voluntad de la FIFA, cuando Inglaterra quedó invicta, Brasil tenía una de sus mejores selecciones (con jugadores bien europeizados), Francia fue la pagana del arbitraje en la semifinal, Polonia agotó su gas setentero y Argentina ya se basaba en una selección renovada en una ronda que debía repartirse entre las potencias predominantes de siempre. Hubieron de transcurrir las copas de México bis, Italia y Estados Unidos para que Francia ganara en su territorio en 1998 y, luego, en tierra de nadie, España en 2010, tras taparle el fifo ojo al macho en Corea-Japón y Alemania (para Brasil e Italia, respectivamente). Transcurrieron años y las secuelas de la Segunda Guerra Mundial siguieron siendo palpables en el ocaso de la asociación casi nacionalsocialista del periodo havelangiano cuando éste confirió su sucesión en la persona de Joseph Blatter, suizo francés tan neutral como su país que reguarda fortunas sin investigar, tan armado de impunidad como las multinacionales farmacéuticas que medran de manera usurera con la noción de salud que esclaviza a media humanidad.

Es demasiado previsible, demasiado ofensivo, demasiado obvio y descarado que en 2014 veremos a los cariocas ponerse a mano con la historia del Maracanazo. No importará que las selecciones de Alemania, España, Holanda o Argentina sean mejores, a menos que suceda un milagroso acto de justicia como el de 1950; la de Brasil no es, por mucho, una gran selección. Dudo que siga el Mundial, pero estaré al pendiente. Nada me hará más feliz que ver perder, de nuevo, a las criaturas de una dictadura, esta vez económica. Se me antoja Argentina en la final, o al vez llegó la hora de que un equipo europeo gane en territorio americano para emparejar una historia que no es la del mundo. Es cierto que posiblemente ya no entienda nada del devenir del mundo pero también mi certeza de que no cabe interpretar la historia mediante una Copa Mundial de Fútbol. En lo que me reste de vida, no comprenderé (me resisto a hacerlo o siquiera intentarlo) a quienes se empeñan en hacerlo. Por eso hay tantos fanáticos de la selección brasileña que al menos hace 32 años no practica joga y menos bonito.

Extracto tomado del libro Tiempo de compensación, para leer en la banca (2014) con autorización de Ficticia Editorial.

Consíguelo: Ed: Ficticia Editorial (2014) ISBN: 978-607-521-044-5

Carlos Miranda

Escritor (CD. de México, 1962)

Ha publicado el cuentario Noches de paz (1972). Colabora en varias revistas y suplementos literaros, y ha sido editor de Casa del Tiempo, Tierra Adentro y Textual. Obtuvo una beca Rockefeller para traducir una antología de Robert Duncan. También ha traducido El fantasma de Canterville y La Importancia de Llamarse Ernesto de Oscar Wilde.

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