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HIPSTERIA!!!

NUEVOS LIBROS

Previo la mudanza al departamento de Rotterdam, Sal mandó pulir el piso y repintar de blanco las paredes. Acicaló las molduras originales del techo con color negro. Atornilló tablas de pino en forma de V que funcionarían como repisas para libros. Se propuso adornar el nuevo hogar con inusitados objetos, de preferencia reusados, reciclados o reparados, que inspiraran su creatividad y que provocaran la admiración de los visitantes. Acudió decenas de veces al mercado del Cenotillo hasta que dio con una consola de radio de los años sesenta, inservible como receptor pero útil como mueble. Ahí adquirió también la base de una cama que parecía sustraída ilegalmente de una hacienda abandonada. Estaba tan apolillada que el carpintero tuvo que tallar y clavar otra base en su interior para que actuara como soporte. En el tianguis del Azucarado adquirió dos Game Boys que adecuó como portarretratos para sus fotografías de la infancia. Se hizo de placas de autos, publicidad oxidada de refrescos o cigarros, carteles de campañas políticas de los años noventa, bolígrafos del Seguro Social, candelabros oxidados, una computadora Commodore Pet 2001 Series, un teléfono de disco, una máquina de coser Singer, un cartel original con hongos negros de la película Back to the future, el baúl usado por un marinero anahuaclense (fechado en 1954), un Atari 2600 y un lote de carcasas de computadoras iMac de colores, con las que fabricó una enorme lámpara con forma de robot.

Regateó en un bazar por las monografías y biografías de una antigua papelería quebrada. Las ilustraciones de sexualidad, alcoholismo, vandalismo y drogadicción le parecían tan patéticas que, a manera de sarcasmo, ordenó enmarcarlas y colgarlas en los muros del baño. Cualquier invitado de su generación diría frases como <<está increíble>>, <<que oso>> o <<qué cagado>> al ver las enseñanzas sobre delincuencia juvenil, que incluían la <<agitación estudiantil>> y representaban los <<vicios juveniles>> con dos adolescentes chimuelos que inhalaban thinner y lucían peor que muertos vivientes. <<¿la educación recibida por la gente de mi edad mediante semejantes barbaridades fue acaso la semilla que desató tantas frustraciones existenciales?>>, se preguntaba Thomson.

Consiguió cosas que para casi cualquier habitante del país significaban basura, pero que para él narraban una historia, eran el reflejo de un periodo, de una ideología con un coherente sentido de la estética. Reminiscencias que valía la pena conservar; evocaciones. A través de la disposición de objetos en su apartamento incitaba a la comparación de los tiempos actuales con el pasado. ¿La vida es hoy más intensa, más divertida, más sencilla o simplemente más bella?, ¿hasta qué punto dichos objetos influyeron e influyen en la interacción?, ¿cuánto ha mutado la relación sujeto-objeto ahora que todo es desechable, que caduca prácticamente desde el momento en que sale de la tienda? Esa clase de reflexiones despertaban los cachivaches en su dueño.

Con un grupo de japoneses dedicados a ubicar y restaurar muebles a lo largo del país adquirió un sofá Chesterfield y cuatro sillas (dos de tipo góndola, una Hitchcock y una Fauteuil). En la habitación que eligió como estudio colocó una mesa de caoba gruesa que seguramente perteneció a algún funcionario de la alta burocracia setentera. <<Me estoy convirtiendo en un gerontófilo. No, fetichista. Un gerontofetichista>>, pensó.

Las mesas de centro y del comedor no poseían peculiaridad alguna (se las trajo un amigo de la tienda sueca Ikea en un viaje que hizo a Austin, Texas), así que las cubrió con manteles de plástico que tenían impresas figuras de frutas indescifrables. Le pareció un atinado guiño kitsch. Su vajilla se compuso de tazas y platos con el logotipo de cadenas de restaurantes, robados por algún globalifóbico o anarquista. Los vasos alguna vez fungieron como veladoras o contenedores de mayonesa o mermelada. Las cucharas fueron en otra vida el souvenir que algún viajero obsequió a la familia, extremadamente pequeñas pero útiles desde la perspectiva de Thomson.

Las paredes aún lucían desnudas, por lo que el arrendatario acudió a la feria anual de arte de la ciudad, donde consiguió una litografía de elefantes creada por Pedro Freundelberger, el último surrealista vivo. Dos piezas más las compró vía internet a una galería de Los Ángeles: la primera era el dibujo de una avalancha (la tabla con ruedas y volante que los Reyes Magos regalaban a los niños), concebida por un artista hijo de migrantes anahuaclenses: la segunda era un paisaje cubista del Gran Cañon, con manchas de color expelidas por un cepillo de dientes remojado en acuarelas. <<Cada vez que vea esta obra recordaré que con el simple hecho de emanciparme superé al desierto>>, se dijo.

Cierta tarde, mientras atravesaba Rotterdam, encontró una lata de sopa Campbells completamente aplastada. Un camión le había pasado encima dejándola tan plana como una tortilla. Thomson no vio en ello una coincidencia sino la reinterpretación de una de las obras cumbre de Andy Warhol, por lo que consiguió un marco de madera con grecas y en una base pintada de blanco clavó el trozo de aluminio deforme. Aún se leía en la etiqueta: <<Lentejas>>.

Extracto tomado del libro Hipsteria (2014) con autorización de Editorial Planeta.

Consíguelo

Ed: Editorial Planeta (2014)

ISBN: 978-607-07-1998-1

Ricardo Garza Lau

Editor y Periodista

Trabajó en el Reforma y la revista de viajes Bleu & Blanc antes de coordinar la versión web de Gatopardo. Ha sido relator de talleres de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano y ha colaborado en publicaciones del Goethe Institut Mexiko. Es editor de la Home Page de MSN en México y la página de noticias de Microsoft.

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