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La Comisión para la Inmortalización

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Por: Redacción

A finales del siglo 19 y principios del 20, la ciencia se convirtió en el vehículo con que se pretendía hacer frente a la muerte. Se apeló al poder del conocimiento para liberar a los humanos de su mortalidad. La ciencia se utilizó contra la ciencia y pasó a ser un canal para la magia.

La ciencia había revelado un mundo en el que los humanos no eran diferentes de otros animales a la hora de enfrentarse al olvido definitivo cuando morían y, a la larga, a la extinción como especie. Este era el mensaje del darwinismo, que ni siquiera el propio Darwin aceptaba por completo. Casi todo el mundo la consideraba una visión intolerable, y como la mayoría había abandonado la religión, se volcó en la ciencia para escapar del mundo que la ciencia había revelado.

En Gran Bretaña surgió un poderoso movimiento, bien relacionado, que pretendía encontrar pruebas científicas de que la personalidad humana sobrevivía a la muerte corporal. Los investigadores síquicos, apoyados por algunas figuras destacadas de la época, creían que la inmortalidad podía ser un hecho demostrable. Las sesiones que eran tan populares en esta época no eran meros juegos de salón victorianos inventados para distraerse en aburridas veladas. Formaban parte de una búsqueda ansiosa, a veces desesperada, del sentido de la

vida; búsqueda que atrajo al filósofo de Cambridge Henry Sidgwick, autor de un estudio de ética que todavía se lee hoy en día; a Alfred Russel Wallace, codescubridor, junto con Darwin, de la selección natural y converso al espiritualismo; y a Arthur Balfour, que en un tiempo fue primer ministro británico y presidente de la Sociedad para la Investigación Psíquica, que hacia el final de su vida se interesó por la correspondencia mediante escritura automática con una mujer fallecida mucho tiempo atrás, a la que muchos creían que él había amado.

Lo que impulsaba a los investigadores síquicos a buscar pruebas de que la personalidad humana sobrevivía a la muerte era la repulsión que les producía el materialismo científico. No obstante, a menudo su búsqueda tenía otros motivos más personales. Destacados investigadores síquicos, miembros de una élite que se protegía del escrutinio público, manteniéndose fiel a un código secreto, utilizaban sus investigaciones en el campo de lo paranormal para revelar, y luego ocultar de nuevo,

aspectos de su vida que o ellos o su ambiente no podrían o no querrían aceptar. En un caso, que no se hizo público hasta casi un siglo después, se vieron implicados en una conspiración secreta para concebir a un hijo mesiánico. Comunicándose con los muertos a través de la escritura automática, miles de páginas de texto compuestas con este método durante casi 30 años, estos investigadores síquicos creían que formaban parte de un experimento emprendido por científicos fallecidos que, trabajando desde el otro mundo, podrían traer la paz al mundo terrenal.

Mientras parte de la élite, la Inglesa se sentía atraída por la investigación física; en Rusia estaba surgiendo un movimiento antimuerte. Igual que en Inglaterra, la ciencia y lo oculto no se hallaban separados, sino mezclados en una corriente de pensamiento que pretendía crear un sustituto de la religión. Donde más claro estaba esto era entre los «constructores de Dios», una sección de la intelligentsia bolchevique que creía que los humanos algún día, tal vez pronto, podrían vencer a la muerte. Junto con Maksim Gorki, entre los «constructores de Dios» se encontraban Anatoli Lunacharski, exteósofo que fue nombrado comisario de Instrucción en el nuevo régimen soviético, y Leonid Krasin, discípulo del místico ruso Nikolái Fiódorov, que creía que mediante la tecnología se podía resucitar a los muertos. Krasin, que llegó a ser ministro soviético de Comercio, fue una figura clave en las decisiones que se tomaron respecto a la conservación de los restos mortales de Lenin por parte de lo que vino a llamarse célebremente «la Comisión para la Inmortalización».

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Los «constructores de Dios» rusos creían que se podía vencer a la muerte utilizando el poder de la ciencia. Los investigadores síquicos ingleses creían que la ciencia podía demostrar que la muerte era un paso a otra vida. En ambos casos, los límites entre la ciencia, la religión y la magia eran confusos o inexistentes.

Extracto tomado del libro La comisión para la inmortalización (2014) con autorización de Editorial Sexto Piso.

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La comisión para la inmortalización.

Ed: Editorial Sexto Piso (2014) ISBN: 978-84-15601-71-5

John Gray (Filósofo)

Ha sido profesor de políticas en la Universidad de Oxford y de pensamiento europeo en la London School of Economics. Entre sus obras destacadas se encuentran False Dawn: The Delusions of Global Capitalism, Misa Negra. Religión apocalípticay la muerte de la utopía, Perros de paja. Reflexiones sobre los humanos y otros animales.

Twitter: @Revista_Tonica

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