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"La curación por el espíritu"

NUEVOS LIBROS

Ea relación teórica o abstracta entre el cuerpo y el alma, adquiere en San Agustín un carácter concreto y práctico que se manifiesta, primero, en la definición del impacto que tiene la acción de ambos entre sí y, segundo, en sus métodos para evitar los efectos negativos, lo que en otro términos significa sanar espiritualmente al sujeto, liberándolo del pecado para hacerlo feliz. Sirva recordar para esto que, la atribución de facultades sanadoras a la fe, nació con el cristianismo, proveyéndolo de un matiz terapéutica no ajena a las tradiciones mágicas del mito. Célebre es aquélla frase lapidaria con la que Jesucristo, en calidad de "doctor de las gentes en la fe y la verdad", ordena al paralítico Lázaro "¡levántate y anda!", y, en otra parte del presente trabajo, se mencionó tanto la actitud poco indulgente de Agustín con Pedro porque "con sus hechizos... hizo" que lo adoraran, para desmentir que el apóstol hubiera aprendido "las artes mágicas" del "Divino Maestro"; la táctica del mal menor. Además, diversas tradiciones que engloban la gnóstica, han revalorado expresiones donde Jesús define toda una terapéutica diciendo: "si sacas lo que hay dentro de ti, lo que saques te salvará. Si no sacas lo que hay dentro de ti, lo que no saques te destruirá". En el marco de esta arraigada tradición se puede entender por qué algunos enfermos creyentes eleven su gratitud al cielo asegurando que Dios "obró por la mano" del médico que los curó; la causa de que haya gente que se refugia en la fe para aliviar sus conflictos emocionales, y que en los días que corren se haya vuelto familiar la presencia en las calles de jóvenes que buscan superar sus adicciones con los métodos que ofrecen centros de rehabilitación instalados ex profeso por sectas evangelistas y de Alcohólicos Anónimos, donde se mezclan técnicas terapéuticas bien identificadas con dosis de fe que toman el papel de instrumento sanador esencial, cuando en realidad solo provee de sentido a la frustrante vida que ofrece la decadente "civilización" actual, sobre todo a los jóvenes de energías y dotes distintivos, lo que en fin de cuentas y como se verá, no es tan intrascendente, pues la filosofía y la política podrían cumplir esa función, si los políticos no hubieran perdido la brújula, en aras de primar sus intereses de poder, que al contrario, son factor de confusión. En la óptica agustiniana sobre la relación cuerpo-alma, todos estos hechos consiguen una perspectiva lógica y racional. Descartando que el cuerpo sea solo un "depósito" del alma (idea que cimentó el gran movimiento socio-espitirual decimonónico acaudillado por la estadounidense Mary Baker-Eddy y afirmando al contrario que "está trabada con" él, Agustín sugiere que como ninguno de los dos está blindado contra su mutua acción, entonces juntos explican la dinámica de la enfermedad y la salud espiritual, razón por la cual el hedonismo epicúreo del cuerpo impacta al estoicismo espiritual de un alma que pese a su relevancia, no es la fuente única del pecado y la enfermedad. Esta unidad e interacción orgánica ("En faltanto la paz del cuerpo se impide también la paz del alma racional") obliga a precisar las condiciones bajo las cuales ambos se preservan o exponen a su acción corruptora-sanadora y a los efectos externos ("realidad"), lo que el obispo conjetura diciendo: "Duélese... el alma con el cuerpo... donde nace alguna sensación que duela... Duélese también sola, aunque esté en el cuerpo, cuando por alguna causa... invisible, está triste estando bueno el cuerpo (;) el cuerpo, ni muerto se duele, ni vivo sin el alma". Esta interacción significa que, pese a la relevancia de un alma que siendo "pecadora... hizo a la carne que fuese corruptible", no arrastra automáticamente al cuerpo a pecar, ni la corrupción de la carne conduce inexorablemente a la enfermedad pues: "aunque de la corrupción de la carne proceden algunos estímulos de los vicios y los mismos apetitos viciosos... no todos... deben", atribuírsele. Lo que existe es un conflicto que Agustín eleva a la categoría de "guerra", donde "la carne lucha contra el espíritu y el espíritu contra la carne", que no habría existido si en el Edén el instinto libidinal no hubiera vencido al libre albedrío, llevándolo a la desobediencia. Agustín ilustra su enfoque considerando los suicidios colectivos que, cual trofeo de guerra, siguieron a la violación masiva ejecutada por los bárbaros durante el saqueo de Roma, realizados por mujeres que a la manera de otros suicidas ilustres como Cicerón, pretendían expiar una culpa inexistente cometiendo un pecado real no preparándose para morir "cristianamente" mediante el arrepentimiento y la penitencia que justifican el perdón divino. Conforme a esta ética. es la voluntad consciente de pecar (o delinquir) la que hace al acto pecaminoso y no éste en sí mismo; acto que implica la perturbación del alma solo si el sujeto le da esa connotación al transgredir los cánones religiosos (o los patrones morales que regulan la convención social). En consecuencia, solo el arrepentimiento y la penitencia que acompaña al reconocimiento de la culpa sanan el alma y justifica el perdón. "Absurda" por tanto, la pretensión de alcanzar la "divina gracia" ofreciendo "limosnas dignas", pues de ese modo "un hombre poderoso... podría redimir... cada día... los homicidios y adulterios y... otros delitos graves".

Extracto tomado del libro San Agustín: Las crisis, la cultura y el pensamiento modernos (2013) con autorización del autor.

Consíguelo: San Agustín: Las crisis, la cultura y el pensamiento modernos

Ed: Editorial Porrúa (2013) ISBN: 978-607-09-1495-9

Arturo Zavala

Académico (Mexicali)

Es licenciado en Educación, con maestría en Historia Regional y maestro jubilado de la UAS; impartió las materia s de Metodología y Epistemología en la Escuela de Psicología. Ha publicado además los libros Cultura y Violencia en Sinaloa y Entre el muchacho alegre y las hojas de hierba (buena).

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